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Tras la guarida, de Rafael García Maldonado (Coín, Málaga, 1981) relata cómo el primer alcalde franquista de un pueblo andaluz oculta y cuida en una cabaña de un bosque a Javier Avinareta, el último alcalde republicano de la localidad. Como la incertidumbre es casi insoportable, y las personas tienen que llenar el tiempo con historias, los vecinos se preguntan por el paradero de este alcalde, y llenan este vacío con especulaciones acerca de su destino: algunos barruntan que huyó a Inglaterra, otros rumorean que murió durante su fuga…

 

A lo que asistimos en esta novela es al paulatino desvelamiento de la verdad de lo acontecido, que sólo se le revela al narrador y, por analogía, al lector cómplice. Y no simplemente porque esté basada en hechos reales, eso es lo de menos. Como nos enseñara Aristóteles en la Poética, se trata de indagar en lo que podría haber sucedido conforme a lo verosímil y lo necesario. A través de un coro polifónico de voces el lector descubre qué fue de este alcalde republicano; por qué lo cuidaba Martín, el alcalde franquista; en suma, qué fue de ellos y de otras personas en estos tiempos de guerra mediante los testimonios de Pedro, Manuela, Tomás, Doctor Rey…

 

Es sabido que el coro polifónico de voces es una técnica narrativa que conocemos a partir de algunos de los grandes innovadores de la literatura del pasado siglo, como James Joyce, Virginia Woolf o William Faulkner. De todos ellos con quien más emparentado está el estilo de Rafael García Maldonado es con el autor de Mientras agonizo, al que no en vano se alude en forma de homenaje en la página 101, si bien es un homenaje más profundo la estructura de la novela. Como Faulkner primero, y luego García Márquez, Juan Carlos Onetti o Juan Benet (sobre el que el autor de Tras la guarida escribe ahora una novela biográfica), García Maldonado ambienta la acción de esta novela en Majer, su territorio mítico.

 

Pero que el relato esté tejido a través de múltiples voces no es sólo una técnica narrativa, es también una forma de señalar que los seres humanos no podemos aspirar a conocer la realidad sino por medio de perspectivas, y nunca de modo completo. Al mismo tiempo este coro polifónico de voces es una forma de corregir e intentar salir de la visión subjetiva de los personajes protagonistas, como si entre todos pudiéramos saberlo todo, como si estas múltiples voces hubieran sustituido al narrador omnisciente propio de la novela decimonónica. No es cierto que entre todos lo sabremos todo, pero desde luego sumando perspectivas hay más probabilidad de abrazar la verdad de lo acontecido. En este sentido el perspectivismo de Tras la guarida está más próximo al perspectivismo de Ortega y Gasset que al de Nietzsche, puesto que hay en esta obra de Rafael García Maldonado una voluntad de construir y descifrar lo que les sucedió a unos personajes y, con ello, por el reflejo de la lectura, a la condición humana.

 

Hacia el final, en la página 169, se emplea la metáfora de la existencia como un puzzle. Ese puzzle, ¿no es el que el lector ha de ir componiendo con las piezas que le ofrece el narrador? ¿No consiste el trabajo del novelista, de manera semejante al del historiador, en reconstruir el orden de los acontecimientos a la par que dota de cierto sentido a las acciones, finalidad de la que probablemente carecían en la inercia del transcurso de las mismas?

 

Igual que uno de los protagonistas observa al otro “buscando con desesperación algo entre sus miles de periódicos antiguos y papeles, buscando tal vez el sentido que ha tenido hasta ahora su existencia” (p. 43), el narrador busca a través del relato polifónico cuál es el sentido de la existencia de estos personajes y, por extensión, el sentido de nuestras existencias. A la pregunta “¿quién es alguien?”, como indicaba Paul Ricoeur, solo podemos responder narrando la historia de su vida.

 

Rafael García Maldonado se vale de algunos recursos para captar y mantener la atención del lector: en primer lugar, ambienta la acción durante la guerra civil, sin duda el acontecimiento más crucial de nuestra historia reciente, el que más nos ha dividido y nos sigue dividiendo. En segundo lugar, trata sobre personajes con ideologías diferentes y hasta opuestas, si bien durante la guerra y su lógica excluyente cualquier pretexto era válido para convertirnos en “enemigos”. Y, en tercer lugar, narra la historia de un amor prohibido, un amor entre dos hombres, un amor imposible de consumar y, quizá, precisamente por ello, el más posible de todos los amores. “Sólo los amores frustrados perduran”, decía Rilke.

 

¿Era este un asunto inmoral en medio de la guerra, incluso al margen de ella? Sí, pudiera ser. Pero lo que consigue la literatura y el arte es hacernos comprender que hay cuestiones que están más allá del bien y del mal, de tal manera que, aunque sea en forma de justicia poética, logre redimir bajo la luz de la comprensión un pasado encorsetado por la moral de una época.

 

Por ello, como señalara Milan Kundera, la novela no tiene moral; la única moral de la novela es el conocimiento. Inmoral es aquella novela que no logra descifrar una parcela de la existencia humana. ¿Cuál es la parcela de existencia humana que ilumina Tras la guarida? A falta de otros conceptos, yo lo denominaría la sensación desgarradora de irrealidad de los que viven bajo la ausencia de la mirada amada. En otros términos, la sensación continua, que produce efectos de realidad y efectos en la realidad, de que lo que vivimos es irreal si no lo presencia o no lo percibe el ser amado.

 

Luis Cernuda lo expresó de forma memorable en un conocido poema que algunos críticos consideran el primer texto lírico en el que un poeta español declara abiertamente su homosexualidad. Recordemos el epifonema de “Si el hombre pudiera decir…”, recogido en Los placeres prohibidos (1931):

 

“Tú justificas mi existencia:

  Si no te conozco, no he vivido;

  Si muerto sin conocerte, no muero, porque no he vivido.”

 

Veamos algunas muestras diseminadas a lo largo de la novela de eso que he denominado la sensación desgarradora de irrealidad que aquel que no vive bajo la mirada de lo amado. La página 28, que recoge un testimonio de 1988, se abre con esta reveladora línea: “Vine hasta aquí porque desconozco si aún sigo con vida”. Se entiende, a pesar de no reconstruir el contexto: no sabe si sigue con vida porque no comparte el tiempo con la persona amada, porque no vive bajo su mirada.

 

Un poco más adelante, en la página 48, encontramos otra muestra: “No puedo quitarme esas palabras de la cabeza ni son válidas mis razones para convencer a nadie de que no tenía otra salida si quería seguir viviendo, si es que esto, en lo que ahora estoy, puede llamarse vida”. Las muestras podrían multiplicarse, ya que tengo para mí que toda la novela se encuentra atravesada por este sentimiento, que a su vez comunica con un tema fundamental de la literatura universal: lo que fue y no fue y pudo ser la vida.

 

He citado antes, y no por casualidad, a Luis Cernuda. Aparece mencionado en la página 136, pero sobre todo aparece por medio de recursos intertextuales dos títulos suyos cuyo significado está íntimamente relacionado con los aspectos que despliega la trama de Tras la guarida: “habitar el olvido” (p. 87) y “la realidad y el deseo” (p. 86). La novela contiene en general no pocos de estos guiños cómplices, como la fecha en la que se concluyó la escritura, que coincide con el día del nacimiento de Oscar Wilde; o la expresiva y acertada foto que se ha escogido en la portada.


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