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En marzo de 1909, ante el parlamento del Reich, el canciller Bernhard von Bülow afirmó que “la mayoría de conflictos que el mundo ha visto en las últimas diez décadas no los ha provocado la ambición principesca ni la conspiración ministerial, sino la agitación apasionada de la opinión pública que, a través de la prensa y el parlamento, se ha extendido al ejecutivo.” ¿Cuánto hay de verdad en esta afirmación?, se pregunta el historiador Christopher Clark en Sonámbulos (Galaxia Gutenberg), su fascinante indagación acerca de los orígenes de la I Guerra Mundial.

 

El giro populista de la sociedad de masas, canalizado por la presión de los grupos nacionalistas y la pujanza de los medios de comunicación resultaba preocupante desde hacía tiempo. “Si perdemos la confianza de la opinión pública –advirtió el zar Alejandro III-, todo estará perdido”. El patrioterismo más zafio se unía a la xenofobia, la volubilidad o las posturas belicistas. Ningún político en el poder deseaba enfrentarse a una campaña hostil, mientras los gobiernos intentaban encauzar la línea editorial de los periódicos de acuerdo con sus peculiares intereses. “A comienzos de 1905 – escribe Clark -, los rusos repartían unas 8.000 libras al mes a la prensa parisina con la esperanza de estimular el apoyo de los ciudadanos a un cuantioso préstamo francés. El gobierno de Francia subvencionaba a los  periódicos profranceses en Italia (y en España durante la conferencia de Algeciras), y durante la Guerra ruso-japonesa y las de los Balcanes los rusos sobornaban a los periodistas franceses con grandes sumas.”

 

El clásico veredicto de Qohelet – “nada nuevo hay bajo el sol” – emparenta con el pensamiento maquiavélico de que el príncipe, antes de decretar sus leyes, debe engatusar primero al pueblo para alinear con él sus intereses. Un estudioso como George L. Mosse ha reflexionado con lucidez acerca de los procesos de nacionalización de las masas que condujeron a dos contiendas mundiales y a la destrucción de Europa. Quizás la Gran Guerra del 14 se debió a una especie de baile de sonámbulos, donde lo imprevisible sucedió a pesar de la política o quizás a causa de una política asediada por intereses contrapuestos, emociones exacerbadas y desavenencias insolubles. En esto se asemeja a cualquier otra época.

 

Frente a la admirable sencillez de los relatos que explican la II Guerra Mundial – Churchill contra Hitler, la civilización parlamentaria de Occidente contra el Mal absoluto -, la I Guerra Mundial se sumerge en una nebulosa letal de difícil hermenéutica. “Nunca seré capaz de comprender cómo ocurrió”, afirmó Rebecca West, entre otros motivos porque cualquier narrativa que pretenda culpabilizar a un único actor – Alemania, Rusia o la Península Balcánica, por poner ejemplos recurrentes – pierde de vista la polisemia de este conflicto. Sus sangrantes consecuencias marcan el breve siglo XX – de 1914 a 1989 – con la destrucción de tres imperios – el austrohúngaro, el zarista y el otomano -, la caída del Reich y la llegada del totalitarismo soviético. Su lectura, cien años después, nos permite calibrar la asombrosa modernidad de una conflagración que se desencadenó mucho más por una cultura política común a las potencias de entonces que por la sencilla retórica de buenos muy bueno y malos muy malos que tanto place a los acomodados espectadores de hoy. Ante los hechos objetivos que afectaban a los equilibrios de poder, los gobiernos tomaban sus decisiones a ciegas conforme a una larga ristra de prejuicios, miedos, esencialismos varios y mistificaciones. Entonces, igual que ahora, el porvenir se trazaba a salto de mata, con la ceguera característica del que desconoce el límite real de sus fuerzas y las consecuencias últimas de sus actos.

 

Para Christopher Clark, la Gran Guerra es el exponente definitivo de cómo las decisiones adoptadas por unos lideres bienintencionados puede conducir al Armagedón. En este sentido, la lección de 1914 no ha perdido vigencia. Ninguna época carece de su dosis de frivolidad ni de su rastro de populismo demagógico. Moderarlo y modularlo constituye el deber máximo de las instituciones democráticas y de la cultura parlamentaria, frente a las potencialidades negativas del radicalismo o la interesada intoxicación de las masas. La Historia – me temo – ignora cualquier otro compromiso.


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