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Quién o qué es Shakespeare? Puede parecer fácil hablar sobre Shakespeare cuando hay tanto escrito sobre su obra, cuando es un autor tan estudiado, tan representado y leído, quizá el más estudiado y traducido en todo el mundo (y digo quizá porque tales superlativos ciertamente se aplican a la Biblia), pero con toda seguridad el más escenificado y leído en todas las latitudes e idiomas. Sin embargo, no deja de ser un desafío intentar definir una figura de tal magnitud y justificar tal canonización a las alturas del arte. ¿A qué viene tanta loanza? Es fácil sospechar que la mitificación shakespeariana es fruto de un concienzudo y eficaz plan de marketing.

Shakespeare es, ciertamente, objeto de consumo (pongamos como ejemplo las gomas de borrar y lápices con la efigie del “cisne del Avon” que se venden en los puestos turísticos) y materia prima de la industria editorial (todo un filón inagotable para llenar papel impreso y bits electrónicos con su obra y con lo dicho sobre su obra). Podemos decir que si hoy Shakespeare vende, si miles de turistas invaden su villa natal (ticket para función vespertina incluído), se debe a su aureola de mito y a ese mecanismo que lleva al género humano a hacer largas colas para ver lo que han conseguido presentarle como un mítico transatlántico y su mítico hundimiento. Pero si Shakespeare vende, es porque el mito se sustenta en algo a todas luces admirable e imposible de hundirse mientras el hombre sea hombre y, por tanto, nunca defrauda ni al lector ocasional, ni al aficionado espectador (aunque ahora pienso en aquel amigo que se decepcionó con Hamlet después de ver la versión de Zeffirelli -el Hamlet de Mel Gibson, como me decía él-). Ese algo admirable lo podemos llamar genio, grandeza, milagro (divinidad ya se la adjudicaron a la Commedia de Dante), y aunque puedan sonar a palabras trilladas, a retórica de marketing, el de Shakespeare es de los pocos, poquísimos, casos en los que no son exageración, en los que el “mito” se corresponde con la realidad. ¿Y por qué es tan grande? Los estudiosos saben explicarlo como confluencia de varios dones y cualidades artísticas, y les podrán decir que sus obras demuestran agudeza de ingenio, fuerza poética, maestría con las palabras y las imágenes, intuición; que esta rareza técnica está al servicio de temas y situaciones plena y profundamente humanos (impulsos, conflictos, deseos, emociones…); y que, además, todas estas mezclas se presentan admirablemente en una forma artística tan mágica, tan viva y tan humana como es el teatro; poner sobre un escenario ante seres humanos a unos seres humanos que fingen ser personas para hacer de seres humanos y hablar bellamente, estremecedoramente, sobre ello. Sí, los estudiosos tienen razón. No sé dónde escribí que quizá el secreto de la magia de Shakespeare residía en que no hay nada en Shakespeare que no sepamos nosotros mismos: sus personajes y sus obras nos confirman que desde la mirada que confiere el teatro, los sentimientos inconfesables que nos turban son viejos como la farsa misma, que todo es un juego, una provocación, una “comedia de errores”, donde todo es posible. Ahora explicaría además su grandeza diciendo simplemente que es el mayor fabulador, el mayor genio en juntar palabras que llenan un escenario, en sintaxis dramática. No es un escritor, aunque lo sea; no es poeta, aunque lo sea (innecesario es recordar sus sonetos o “El Fénix y la tórtola’). Es un poeta dramático, que no es lo mismo. Es poesía, arte de la palabra, y teatro, arte del espejo de lo humano. Con sus sonetos, Shakespeare era famoso y venerado en su época, al igual que Lope. Pero su obra dramática es tan grande que es inconmensurable. Todos los grandes dramaturgos saben hacer teatro (Lope, Marlowe, Calderón, Moliere), pero ninguno ha conseguido la forma de alta artesanía escénica. Con sólo lo escrito hasta la mitad de su carrera dramática -pongamos un término medio en Hamlet, escrita entre 1600 y 1601-, Shakespeare habría dado suficientes muestras de genialidad: cómo reescribir, como hiciera su maestro Marlowe, la crónica de un rey medieval en tragedia personal con versos sonoros en Ricardo III (maravillosa lección retórica en la que un asesino consigue seducir a la mujer de su víctima); el espectáculo de ingenio en Trabajos de amor perdidos; cómo convertir una historia popular de amantes que pertenecen a familias enemigas en una de las mejores tragedias en Romeo y Julieta:, el lirismo y la fantasía de Sueño de una noche de verano; el equilibrio entre lo trágico y lo cómico y la indefinición entre el malvado o la víctima en Shylock y El Mercader de Venecia; la bondad profunda de Falstaff; Julio César; los deliciosos juegos de ambigüedad en Como gustéis, y Noche de Reyes; o la manera inimaginable de transformar una historia de venganza al estilo senequista (en la que muere hasta el apuntador en la última escena), en el drama dialéctico del hombre cuando quiere saber el porqué de lo que hace o debe hacer, en Hamlet. Con todas ellas tendríamos a un gran autor, y a una gran obra tratando cuestiones imperecederamente humanas: la relación entre realidad y apariencia, entre lo privado y lo público, el amor en sus diversas expresiones, el odio, la perfidia, el tiempo, la venganza y el resentimiento, la falta de conocimiento y dominio de sí mismo. Pero aún quedan Lear, Othe­lo, Macbeth, Antonio y Cleopatra, Coriolano, tremendas obras en las que ahondaría como nadie en las paradojas de la imperfección humana, y en la necesidad de aceptarla, o El cuento de invierno, La tempestad, enternecedoras historias que rebosan esperanza en el hombre cuando actúan la reconciliación y el paso del tiempo para permitir que la renovación generacional supere los errores de los padres. Y no sólo esto, no, no sólo es filosofía; es expresar todo esto en sintaxis y decorados de palabras de la manera prodigiosa en la que está expresado (por eso recordamos hoya los jóvenes amantes que Shakespeare moldeó en Romeo y Julieta y no a los Mateo Bandello, Luigi da Porro o Lope de Vega). No me extraña que el polémico Harold Bloom afirme que Shakespeare está en el centro del canon literario occidental, e incluso que Shakespeare es el canon. No sé si yo llegaría a esos extremos, pero a mí no me resulta exagerado afirmar que Shakespeare es el teatro.


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