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our_kids_by_robert_putnam_-.jpgEn el imaginario colectivo de las sociedades occidentales contemporáneas, el concepto de desigualdad se remonta principalmente a los años de la Revolución francesa y su onda expansiva, cuando se contemplan esos años desde la óptica del enfrentamiento por la ampliación de los derechos sociales y políticos (y, cómo no, económicos) de las sociedades europeas, frente a los privilegios estamentales o de estatus en función del origen; enfrentamiento que conducirá, muy lentamente, al principio del fin de las sociedades cortesanas o de corte.

Tras Waterloo (este año 2015 conmemoramos su bicentenario) la extensión planetaria de la «pax britannica», con su impulso globalizador, pareció adormecer la preocupación por las desigualdades, hasta que Engels y Marx, también desde Londres, la resucitaron ideológicamente (aunque no fueron los únicos), a medida que estas desigualdades volvían a recrudecerse, con las sucesivas fases de lo que conocemos como revolución industrial o industrialización.

En la historia de nuestro mundo actual, la cuestión de la desigualdad —más económica y social que política— se plantea y replantea cíclicamente, a la par que se han venido reproduciendo (y acelerando) las distintas y sucesivas oleadas globalizadoras.

Es más, si nos fijamos detenidamente, del mismo modo que se producen los ciclos económicos de alza o descenso mundiales —con una incidencia evidente en el auge o desinterés por dicha cuestión— es precisamente en los momentos históricos en que se combinan o yuxtaponen un cambio de ciclo, en descenso, con un nuevo proceso de globalización, cuando esta cuestión se vuelve aún más candente… De tal manera que, si bien en el momento actual la percepción es de una grave crisis social y de intensas desigualdades —al menos en el mundo occidental— la globalización ha vuelto a intensificarse desde el año 2012 (como señala el Índice de Conectividad Global DHL 2014, elaborado por los profesores del IESE Pankaj Ghemawat y Steven A. Altman).

De hecho, el referente inmediato, como antecedente, que muchos analistas sociales —y sobre todo periodistas o comunicadores— han utilizado para explicar la larga crisis actual («The Great Recession») ha sido y es la llamada Crisis del 29 («The Great Depression»). Pero, a la par, muy pocos entre ellos han recordado que esa crisis vino precedida por una oleada globalizadora sin precedentes, con la suma consecutiva de grandes avances tecnológicos, al tiempo que se producían singulares avances en otras áreas como la gestión bancaria o la comercial, y nacía la sociedad del ocio, de los primeros deportes de masas, etc.; fundamentalmente, eso sí, en el mundo occidental de aquellos años.

Es plenamente cierto que la primera guerra mundial —la primera gran guerra industrial y total de la historia— lo había desbaratado casi todo; en particular por la combinación casi diabólica de una gran destrucción y una duración desconocida e inesperada… Y que el caos subsiguiente, sobre todo en Europa y en sus correspondientes territorios coloniales, pareció ensombrecer aquellos logros, con el auge subsiguiente e imparable de los nacionalismos autoritarios y totalitarios en y desde Europa.

Más cerca de nosotros, con las llamadas crisis del petróleo de los años setenta, en una nueva fase económica en descenso, los avances sin precedentes, de la década anterior sobre todo, parecieron, a su vez, oscurecerse; y tanto en Europa, como sobre todo desde los Estados Unidos, se replicaba nuevamente la cuestión de las desigualdades, ahora con un repunte decididamente político, en el marco de las llamadas luchas por los derechos civiles de las minorías (raciales) en territorio estadounidense. Y es ahora con el agotamiento del impulso unionista en Europa —con sus evidentes logros igualitarios— y una nueva crisis cíclica desde 2008, procedente de los Estados Unidos, cuando se replantea —¿por enésima vez?— la cuestión de las desigualdades.

RECENTRAR LA DESIGUALDAD

En este relato de (muy simplificadas) argumentaciones, la reciente publicación del nuevo libro del gran sociólogo de Harvard Robert D. Putnam no solo reasume las discusiones anteriores, sino que abre una nueva perspectiva, más allá de quienes solo plantean medidas puramente económicas y/o de decidida responsabilidad gubernamental.

Este último sería el caso, por ejemplo, del reciente libro de otro reputado analista de la desigualdad, sir Anthony Atkinson (Nuffield College, Oxford), titulado Inequality. What Can Be Done? (Harvard U. P., May 2015) —libro que merecería, sin duda, una recensión aparte—.

En realidad, el libro de Putnam parece demostrar que, si bien cierto grado de desigualdad puede pertenecer a la propia naturaleza del quehacer humano, la mayor parte de las soluciones que se han aportado hasta nuestros días reflejan, a la par que una cierta nostalgia de momentos mejores (vividos por el propio autor), una cierta saturación; y sin lugar a dudas una extenso panorama de desesperanza. Hasta tal punto que Jill Lepore, la revisora de la obra de Putnam para The New Yorker, llega a afirmar sobre sus aportaciones: «All of these ideas are admirable, many are excellent, none are new, and, at least at the federal level, few are achievable. The american political imagination has become as narrow as the gap between rich and poor is wide» (Annals of Society, March 16, 2015 Issue, p. 9).

No obstante, el libro de Putnam es muy aprovechable, tanto en cuanto (fórmulas de mejora o corrección de la movilidad social y económica aparte) plantea algunas novedades de fondo y no solo en lo que se debería hacer para superar, al menos en los Estados Unidos, las crecientes desigualdades y facilitar de nuevo el ascenso social, cuyos intensos ritmos y extensas posibilidades han constituido siempre las verdaderas claves del auténtico sueño americano.

Para Putnam, la clave del arco de todo esto se encuentra en el cómo se debería hacer; de ahí que su interés se focalice en los logros o fracasos educativos de la república americana, desde los años cincuenta del pasado siglo, como genuino ámbito de actuación, para la reactivación de su peculiar ascensor social. Y todo ello, en una original combinación de presentación de casos personales y de análisis de tablas y grandes datos, con un número considerable de notas finales, tan completas como orientativas.

Así es cómo el libro se concentra, en realidad, en lo que está o viene sucediendo en los primeros años de la vida de un americano indeterminado, pero fuertemente condicionado —podríamos afirmar— por el papel que familia, escuela y vecindario (digamos, mejor, relaciones comunitarias) han desempeñado y desempeñan en su desarrollo y crecimiento (o no), tanto personal como social.

En este sentido, los trágicos sucesos en Baltimore (Maryland), en los meses de abril y mayo de este año, pueden parecer una reedición de lo acontecido en el pasado, pero en realidad son el fruto de una desigualdad, no solo racial, que las élites gobernantes norteamericanas parecen haber olvidado… Tal vez porque carezcan (¿únicamente en los Estados Unidos?) de la característica esencial que debe demostrar todo verdadero liderazgo: que un líder se puede describir por la confianza que puede aportar, y también por la esperanza que es capaz de generar; pero sobre todo, se demuestra por la capacidad de explicar la realidad y, en particular, de definirla acertadamente. Tal vez sobren —también en los Estados Unidos— demasiados líderes de cartón piedra…

Por otro lado, la obra de Putnam pone en evidencia que estamos, además, ante una ruptura profunda de los lazos intergeneracionales que, en el caso norteamericano, venían reforzados —donde no llegaban precisamente ni la familia ni la escuela— por los lazos comunitarios del asociacionismo, de ese especial comunitarismo, tan norteamericano, que ha sabido nutrir, al menos hasta las décadas precedentes, una cadena de favores que había venido beneficiando siempre a los «american kids», cualquiera que hubiese sido su procedencia o antecedentes; siempre que mostraran la actitud suficiente (tenacity, señala Putnam) para afrontar, con cierto arrojo, los retos de un futuro decididamente más incierto entonces que el de las actuales sociedades del bienestar —también (como no) la norteamericana—.

Por último, cabe señalar que el libro de Putnam sugiere un cambio profundo de actitud ante la vida y sobre todo en la vida escolar, sin el que todo lo que venga detrás sería como pretender poner parches a un globo que se deshincha por varios agujeros a la vez… Por un lado, se requiere reorientar el desarrollo del perfil de los profesores y, por otro, redefinir las prioridades educativas de los alumnos, desde su mismo jardín de infancia —añadiría tal vez el propio Putnam—.

Como ha señalado recientemente, a su paso por España, el profesor británico Richard Gerver: «La enseñanza tiene que ser vista como la ocupación vital y extraordinaria que realmente es. Necesitamos desarrollar el perfil de los profesores, así como el respeto a estos […]. Los grandes profesores siempre han actuado inspirando a los chicos, manteniendo altas las expectativas y confiando en los estudiantes. Una vez que estén inspirados, ¡aprenderán! El profesor más débil es aquel que necesita amenazar y castigar» /Congreso «Innovar es crecer»: http://innovarescrecer.com/

¿Sobra teoría pedagógica y falta reactivar competencias básicas e imprescindibles (ahora también desde nuestro nuevo mundo digital) para retomar o reforzar la formación del carácter de niños y adolescentes, tanto en Europa como en los Estados Unidos? De hecho —me lo van a permitir nuestros lectores y ya, sí, para terminar— si en la cita última del profesor Gerver sustituyéramos las palabras «grandes profesores» por «grandes padres», «estudiantes» por «hijos» y «profesor» por «padre», ¿no nos encontraríamos en la necesidad de admitir que, en la realidad educativa que deben explicar, tanto nuestros líderes como aquellos que somos liderados, la educación de our kids (de facto en cualquier sociedad organizada) es más bien cosa de cuatro (madre, padre, hijo y profesor) que de dos (profesor y alumno)?

Daniel Rivadulla Barrientos


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