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La anciana conversación mantenida entre Menón y Sócrates acerca de si la virtud es o no enseñable, esto es, si cabe educar esa cosa que llamamos carácter, recorre rumorosa la historia toda de la educación occidental y de sus diferentes respuestas han emanado distintos enfoques de la función educativa escolar y universitaria. Baste contemplar las ruinas de nuestra escuela y el rebajamiento de nuestra juventud para intuir que el ideal socrático hace mucho tiempo que dejó de considerarse vigente en el solar patrio, como si quedara arrumbado en el polvoriento desván de la escéptica Europa.

Pero a lo que parece, Estados Unidos —ese extraño país que todavía se siente interpelado por las grandes cuestiones clásicas— está haciendo del diálogo platónico un verdadero asunto de estado desde 1992 cuando la ASCD (The Association for Supervisión Curriculum and Development) determinó en la Conferencia de Racine dar prioridad urgente al tema de la «educación del carácter». Así las cosas, poco después, en el año 2000, la mentada «educación del carácter» fue elegida como la materia más importante a la que atender en la enseñanza primaria y secundaria, mientras que todos los senadores y congresistas consultados la designaban como el reto principal de Norteamérica.

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Sólo se entiende tal desasosiego imperioso si recordamos el deterioro educativo que afecta a los jóvenes americanos y que Allan Bloom había denunciado melancólicamente años atrás en su imprescindible The Cíosing of the American Mind (1987). Baste un botón de muestra extraído del libro que nos ocupa para entender la hondura de la crisis educativa:

Más de la mitad de los jóvenes de cierta zona residencial de Boston declaran que no les parece mal robar un CD ni quedarse con el dinero que se encuentran en un monedero.

El 50% de los varones mayores de las High School mantienen relaciones sexuales habituales, teniendo hasta el momento cuatro o más parejas, y el número de abortos encabezan las estadísticas del mundo industrializado.

El número de asesinatos cometidos por jóvenes es en EE.UU. siete veces más alto que en Canadá y cuarenta veces superior al de Japón.

Pues bien, sabedora del estado de la cuestión como profesora de sociología y psicología social, María Hernández-Sampelayo tomó la feliz determinación de trasladarse oportunamente a Estados Unidos para realizar un trabajo de investigación en la Universidad de St. Francis (Illinois) sobre este movimiento denominado educación del carácter, además de visitar dos colegios punteros donde realizan prácticas los futuros profesores americanos. Y a la vuelta de su fructífero viaje nos regala este libro, tan oportuno, escrito con el rigor y la sencillez propios del mundo anglosajón, combinando sabiamente la exposición teórica con casos prácticos de experiencias reales, dividido en tres apartados.

La primera y más extensa parte constituye el corpus teórico del libro donde se nos cuenta la génesis y desarrollo del movimiento de la educación del carácter en los Estados Unidos, destacando los roles que juegan los padres y profesores, su asunción por el conjunto de la comunidad educativa y la explicación detallada del paradigmático Programa «Core Virtues». Para ilustrar la viabilidad de los postulados estudiados, la autora nos ofrece en la parte segunda un análisis práctico de cultura moral e intelectual de una escuela mejicana. Finalmente, el libro se cierra con una muestra a modo de apéndice de los resultados conseguidos por la propia profesora Hernández-Sampelayo y sus alumnos acerca de la educación del carácter en algunas escuelas infantiles de la Comunidad de Madrid.

A ningún lector español se le escapará la acuciante oportunidad que tiene esta obra para nuestra realidad circundante: sin una educación del carácter no cabe en puridad una educación para la ciudadanía merecedora de este venerable concepto, a no ser que entendamos por ciudadanía una forma nueva de esclavitud en contra de los postulados ilustrados que hicieron del «citoyen-citizen» el paradigma moderno de la dignidad humana.

Y a propósito de la eterna e inconclusa disputa entre Sócrates y Menón, María Hernández-Sampelayo parece decantarse por la posibilidad de que la virtud sí sea cosa enseñable, como se desprende de la escondida dedicatoria in memoriam a su padre que, a diferencia del Anito del Menón platónico, bien fue en este caso maestro de virtud, del buen carácter en suma.


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