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Un documento breve, aparecido en 1875 en forma epistolar, y dirigido “a Su Gracia el Duque de Norfolk”, bajo la firma del sacerdote y teólogo inglés John Henry Newman, suscita, muchos arios después, el mismo interés que despertó en la Inglaterra victoriana en el último cuarto del siglo XIX.

La clave de esa actualidad tal vez estribe en que Newman se muestra como eterno buscador y defensor de la verdad frente a la intolerancia, de la libertad frente a los que hablan mucho de ella, pero no están dispuestos a concederla a los que no piensan como ellos. Una lucha en defensa de la verdad y la libertad, que continúa en nuestros días, cuando nos encontramos a las puertas del siglo XXI.

La Carta al Duque de Norfolk del que sería después elegido cardenal de la Iglesia Católica, J.H. Newman, fue publicada como respuesta a un agresivo folleto del político británico William Gladstone, figura destacada en los gobiernos de la reina Victoria, que había demostrado en numerosas ocasiones su animosidad contra los católicos. Newman consideró necesario salir a la palestra a combatir en defensa de sus más profundas convicciones religiosas. Lo hizo con enorme talento, mesura, comprensión hacia el oponente y hasta con una bien calculada dosis de ironía y flema británicas.

No sabemos por qué extraños motivos esta carta, modélica en muchos aspectos, y citada con frecuencia en numerosos documentos recientes del Magisterio de la Iglesia, no había sido traducida al español. Al disponer ahora de esta cuidada traducción a cargo de Víctor García Ruiz y José Morales, es más fácil considerar alguna de las razones por las que el texto de la carta no estuviera disponible en nuestro idioma. La dificultad estriba en el inglés de Newman, muy bien elaborado y denso de contenido, que habrá exigido sin duda a los traductores un trabajo paciente, y minucioso que ha resultado sobresaliente.

La Introducción sitúa al autor y a sus escritos en su contexto histórico, y resulta de lectura indispensable para interpretar los términos de la polémica suscitada. Se incluye, para completar el pensamiento de Newman reflejado en la carta, un capítulo de otra de sus obras, Sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, también de gran interés en relación con los temas tratados.

A pesar de la brevedad del libro, los comentarios que suscitan los textos de Newman podrían llenar varios voluminosos tomos. Tal vez debido a la enorme capacidad de síntesis que define el método expositivo del teólogo británico. Por lo que se refiere al contenido de la carta, en términos generales, Newman rechaza con gran fuerza la acusación de Mr. Gladstone relativa a la falta de patriotismo que injustamente atribuye a los católicos ingleses.

Según tales acusaciones, los católicos, por su fidelidad a la Iglesia romana y a su cabeza visible, el Papa, se verían incapacitados para ser fieles a las normas, decisiones y deberes exigibles a todos los súbditos de la Corona- británica. Alude Mr. Gladstone con especial virulencia al contenido del Syllabus y a la infalibilidad del Papa, definida en el Concilio Vaticano I, clausurado en 1870 durante la invasión de los Estados Vaticanos.

Ante esas “lealtades encontradas”, que el político Gladstone atribuye a los católicos, Newman reacciona con valentía y rotundidad. Con una lógica serena, irrebatible, demuestra la falacia de tales acusaciones y prueba con argumentos teóricos y prácticos su falsedad. En todo momento, se mantiene fiel a la verdad, dispuesto a reconocer errores y exageraciones que hayan podido cometer los católicos, pero siempre salva la santidad de la Iglesia, a la que reconoce como única heredera de la fundada por Jesucristo y encarnada por el Sumo Pontífice en la Cátedra de Roma.

En aquellos tiempos tan comprometidos, una vez sentadas las bases doctrinales en las que fundamenta su fe, Newman habla de justicia y tolerancia y la reclama para los católicos que, como él mismo, se reconocen tan fieles cumplidores de sus deberes patrióticos, de ciudadanos ingleses, como de sus deberes hacia la Iglesia romana, puesto que no son de suyo incompatibles.

Es evidente que Newman asume con gallardía la defensa de los derechos de los católicos, olvidados, cuando no allanados, por las autoridades políticas y religiosas. Su voz se alza, segura, comprensiva con la posición de la Iglesia Anglicana, pero sin dejar el menor resquicio sobre su condición de Iglesia separada de la única verdadera.

Verdad, libertad, comprensión, tolerancia y respeto a los derechos de los que no piensan igual, son los valores que Newman maneja con admirable precisión y soltura de estilo, dando lugar a páginas brillantes, de actualidad permanente. La Carta al Duque de Norfolk es una pieza magistral del género epistolar que se vuelve oratoria fluida en sus conclusiones finales.

Ejemplo de solidez en el contenido, atento el autor a no renunciar a las propias convicciones, respetando al mismo tiempo las ajenas. Hablando así, con palabras y hechos, del verdadero sentido del amor y la caridad cristianas que, tantas veces, se olvidan al dictado de las pasiones.


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