Compartir:

Vaya por delante reconocerle a AlejandroMuñoz Alonso (AMA a partir de ahora) el mérito de señalarnos el gran hueco que en la cultura y el conocimiento históricos de los españoles «no ocupa» una de las grandes civilizaciones de la humanidad, la civilización rusa. De las 75 obras que entran en la bibliografía de este libro, sólo cuatro tienen nombre español, y de las cuatro sólo una tiene la consistencia de obra mayor (una biografía de la emperatriz Catalina la Grande); las otras tres son poco más que notas a pie de página.

Ha sido así hasta que AMA se lanzó a llenar ese hueco con La Rusia de los zares. En realidad, como él nos dice en su prólogo, las 467 páginas del libro editado por Espasa Forum son una cuarta parte de su obra original: cinco millones de caracteres, escritos a lo largo de diez años de estudios, alternados con frecuentes visitas a la Rusia postsoviética. Eran los años de la disolución del último imperio ruso, el soviético. Y el libro sale ahora, en la «era Putin», en la que se podrían estar dando ya los signos de algo que AMA prevé: «la historia rusa nos muestra cómo en otras ocasiones de su pasado ese gran país supo encontrar fuerzas y recursos para reconstituir el Estado y aun el imperio».

El lector se preguntará qué criterios siguió el autor para seleccionar las partes de su obra que podían ser publicadas ahora. Aunque AMA sólo nos dice lo que dejó fuera (teorías sobre el expansionismo ruso, la cultura y el pensamiento político, la intelligentsia, etc.), lo que dejó «dentro» para que el lector lo lea son las tramas política, religiosa y diplomática que fueron conformando Rusia, sus principados, los sucesivos estados imperiales y su inmenso imperio.

[[wysiwyg_imageupload:729:height=300,width=161]]

De todos esos contextos, el que quizás goce de un trato más minucioso sea el diplomático, el de las relaciones exteriores e internacionales de los diversos zares y gobiernos, si es que en un sistema que fue autocrático hasta exhalar el último suspiro, puede hablarse de gobiernos en un sentido constitucional. Bajo esa perspectiva políticodiplomática, AMA nos hace concebir la historia de Rusia, a pesar de toda su «extrañeidad», como parte de la historia europea. Pero no sólo porque Rusia sea  Europa desde que Pedro el Grande la metiera en el sistema de estados europeos, sino porque la formación de la Rusia imperial no podría ser concebida sin la proyección constante de Europa central y occidental sobre Rusia, en términos de ideas, técnicas y, sobre todo, alianzas matrimoniales, que hicieron de la corte imperial un mercado para las transacciones diplomáticas de las potencias que en cada momento fueron grandes. La madre de Iván IV el Terrible era lituana católica, y a través de ella entró en Moscú la tradición de los matrimonios alemanes. Alemanes fueron Catalina la Grande y el esposo de Ana Petrovna, hija de Pedro el Grande, cuyo hijo a su vez casó con otra princesa alemana, hasta llegar al matrimonio del último zar, Nicolás II, con la alemana Alix de HesseDarmstadt.

Simétricamente puede decirse lo mismo de la proyección de Rusia sobre Europa, con las repetidas entradas de los ejércitos rusos en Berlín, sus «paseos» por París y Roma, por no hablar de Praga y Varsovia, su juego con las potencias occidentales para echar a Turquía de Europa, y el empleo de su poder militar para sentenciar el rango que algunos reinos con aspiraciones imperiales (Polonia, Suecia) acabarían por ocupar como potencias secundarias, en el sistema europeo. Y sobre todo, el antagonismo mantenido, como dos placas tectónicas en choque, con el Imperio de los Habsburgos austríacos. Paradójicamente, un tratado entre el emperador Maximiliano I y el príncipe Iván III es la ocasión para que el autócrata ruso pueda autodenominarse César, Zar, y legitimar así el uso del águila de dos cabezas; una mirando al poder temporal, la otra al espiritual. Aunque este último aspecto, el de los zares como cabezas de la iglesia ortodoxa, debe ser uno de los que AMA dejó fuera de esta edición, no se le escapa sin embargo el cultivo deliberado, por parte de los zares, de la idea de Moscú como la «tercera Roma» desde el momento en que Constantinopla cae en poder de los turcos.

Relacionada estrechamente con los sucesivos marcos diplomáticos se halla la descripción que AMA nos hace de algo que ambiguamente podríamos llamar la «estrategia nacional» de Rusia y su componente militar, el ejército y la marina rusas. Señala el autor «el papel incitador de las reformas que supuso la guerra», pero la descripción que hace del poder militar arroja la imagen de una organización relativamente atrasada, de poco desarrollo técnico, con pobres y escasas fortificaciones, artillería y naves de guerra, débil institucionalización de la profesión de armas, dependencia del extranjero en cuanto a armamento y mandos superiores; un ejército que sufre muchísimas derrotas…, pero que, cuando los recursos militares de las grandes potencias se han agotado en interminables victorias, permiten a Rusia prevalecer militarmente con su potencia demográfica en la vastedad de los espacios que se extienden al nordeste, sur y este de Moscú, contra lituanos, polacos, suecos, fineses, tártaros, cosacos, turcos, janatos de Asia Central y el Cáucaso, chinos y, eventualmente, sobre franceses. Hasta que, por primera vez, su superioridad demográfica no le valió sobre otra potencia demográficamente potente, como Japón, que disponía además de la superioridad técnica.

Presta el autor, también, especial atención a los aspectos institucionales de la gobernación de Rusia. Dada la simplicidad esencial del principio autocrático, la descripción que AMA hace de las alternativas políticas de Rusia debe ceñirse principalmente a los momentos sucesorios, los más inciertos, los más peligrosos tanto para la familia imperial como para boyardos, príncipes, ministros y regimientos de la guardia imperial. Cinco golpes de estado en quince años, después de Pedro el  Grande, indica AMA. Cada sucesión supone derramamiento de sangre. Los propios zares son asesinados; también sus herederos (el zarevich Alexis es probablemente asesinado por su propio padre, Pedro I). Una probable asesina como Catalina II (su esposo Pedro III murió violentamente) se hace con el trono imperial. Y se gana, además, el sobrenombre de Grande. Su hijo, Pablo I, también muere asesinado. [[wysiwyg_imageupload:728:height=100,width=150]]

Y con todo, el país progresa con Pedro el Grande y sobre todo con Catalina II. Progresa administrativa y materialmente, no socialmente: la mayor parte de la población, los campesinos, siguen atados a la servidumbre, y la totalidad de la tierra en manos de los nobles.

Nuestro autor toma buen cuidado de desagregar los componentes y líneas directrices de la política de cada uno de los zares: a éstos corresponde mantener el rumbo institucional, centrado en el mantenimiento de la autocracia, y a sus ministros las «mejoras» en los márgenes que permitan al sistema funcionar con alguna base de apoyo. Los reinados de los zares del siglo XIX están signados, de un lado, por un mayor grado de estabilidad institucional, pero de otro, por intensos y contradictorios esfuerzos de progreso socioeconómico y reacción. Así, los de Alejandro I, liberalizador al principio y reaccionario a la postre, el absolutista y represivo de Nicolás I, y el reformista (abolición de la servidumbre) de Alejandro II, y la paradójica reacción contra él de los «revolucionarios» (le asesinan). Se produce también un florecimiento intelectual y literario, y una inquietud de los espíritus que dan a la cultura rusa de esta época su tono trágico y grandioso. Pero la Rusia institucional y la real no pueden sino chocar. Con Alejandro III y Nicolás II, decididamente inclinados a la autocracia, Rusia inicia el camino a los infiernos, sin que por ello dejara de progresar material y territorialmente gracias a la obra política y diplomática de grandes ministros como Nikolai Bunge, Witte, Stolipin y otros. Todo acaba cuando Nicolás II, bajo la presión de la revolución, abdica en favor de su hermano Miguel, quien, a su vez, abdica el 4 de marzo de 1917, cuando en San Petersburgo se instala el gobierno revolucionario burgués de Kerenski, que caería poco después ante otro gobierno revolucionario, el cual no tardaría en devolver a Rusia a la autocracia. Una autocracia más brutal y cruel que lo que nunca Rusia había conocido.

Valoremos justamente el trabajo de AMA. El autor se apoya en una larga lista de autores acreditados como especialistas en Rusia. Desde este punto de vista, el valor de su libro no descansa tanto en una investigación primaria de las fuentes como en su poderosa capacidad de sistematización y análisis, que le permite contarse entre los buenos especialistas europeos en Rusia, sus zares e imperios, y probablemente el primero de los españoles. Sería una pérdida de nuestra historiografía que el resto de los originales de Muñoz Alonso no salieran pronto a la luz.

 ANTONIO SÁNCHEZGIJÓN


Compartir: