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1. Aunque ella en la vida había leído otra cosa que Selecciones del Readers Digest y las novelas edificantes de Pearl S. Buck o Vicki Baum, y, a partir de los años sesenta, cuando su marido empezó a darse aquellas siestas fenomenales, las historias policíacas de Agatha Christie, la célebre pregunta de Beaumarchais, que con siete palabras cuestiona el universo, le fue formulada a Maite Gil, en edad venerable, un sábado de principio de primavera estando lejos de casa.

Celebrar el cincuentenario de su promoción con un viaje de fin de semana fue idea de Patricia López de Haro durante el funeral por José Antonio Castellver (aquel hombre retórico, distinguido y antiguo, en las necrológicas y esquelas siguió siendo excelentísimo señor don, pero una semana después ni sus perjudicados le recordaban, como suele suceder), como un recurso para consolar a la pobre Gloria, viuda valiente que sonreía y se dejaba besar la vencida, moteada mano de largas uñas escarlata. Y el proyecto cuajó en el saloncito de los cuadros flamencos de Bibis de Castellblanch, a la semana siguiente, durante uno de aquellos tés que ya con tan poca frecuencia, ay, ofrecía la que fue primera anfitriona de la ciudad y que ahora, hecha una nerviosa matrona, agitaba sin cesar las manos y los pies, se mordía el labio inferior, parecía incapaz de fijar la mirada.

Gloria Castelar había asistido al té. Y estaban Patricia López de Haro, y Miriam Busquets, y Tati Poch y Tate Santiesteban… Y también Nuria Montoliu. ¡Las vueltas que da la vida! Nuria, que en el colegio estuvo acogida a la beneficencia de las monjas, se había convertido en un personaje de la jet set internacional; y lo admirable era que el éxito no se le había subido a la cabeza: seguía siendo la misma pálida esfinge de ojitos de lechuza, que se sentaba en la punta de los asientos porque no le cabía el cuerpo entre los reposamanos, y seguía contando chistes un poco subidos de tono que las escandalizaba y al mismo tiempo las hacía troncharse de risa, mientras ella, «la Montoliu», constatando los efectos de su humor con media sonrisa oblicua, se retiraba al fondo de sus blandas carnes.

Las amigas se habían reconocido con alegre sorpresa, elogiado los abrigos de pieles, intercambiado noticias sobre otras supervivientes, cuál había tenido suerte en la vida y cuál menos suerte, cuál se había casado bien y cuál menos bien. La primera explosión de risa la provocó Asunción Falgosa telefoneando para informarlas de que ponía «a disposición de la comunidad» un coche con plaza para cuatro o cinco «niñas» más:
« ¡Mi marido nos deja el Mercedes!».
—Pues mira qué bien, Asuntita —dijo Bibis Castellblanch.
Colgó, y secándose los ojos con su pañuelito, informó a la concurrencia:
—Atentas, niñas: dice Asunción Falgosa —atipló la voz—: «Mi marido nos deja el Mercedes».
La declaración fue acogida con una especie de motín cómico; Nuria Montoliu a punto estuvo de atragantarse con una pastita de mazapán.
—Esa muchacha es ideal —dijo.
—Ay —dijo Bibis de Castellblanch—, lo vamos a pasar muy bien.
Tete quiso saber qué había de cómico en el Mercedes de la Falgosa. Maite Gil se avino a explicar lo evidente:
—Se dice —dijo, con sonrisa soñadora— «me llevaré el coche grande», o «me llevaré el coche pequeño». Pero eso del Mercedes… La pobre siempre ha sido famosa.

En esos círculos, que alguien sea «famoso» implica que ocupa algún sitio a medio camino entre lo inefable, lo grotesco y lo trivial.
— ¡Niñas, niñas, repórtense! — Nuria Montoliu imitó la locución proverbial y la voz gangosa de la madre Milagros, difunta desde hacía veinte años.

Como volvieron a ponerse los pesados abrigos, prometiéndose cosas, todas tenían los ojos brillantes. Y aquella noche, cuando uno de los chicos Castellblanch, mordisqueando distraído una galletita de mazapán, le preguntó a Bibis si no se aburriría, en aquella expedición de ancianas con las que, a fin de cuentas, apenas se había tratado en cuarenta años, ella, moviendo compulsivamente las manos sobre los brazos del sillón de cretona, y sobre la alfombra los pies, calzados con los cómodos zapatos de medio tacón que se ponía para estar por casa, soltó otra risa feliz que hizo reaparecer los hoyuelos de su adorable juventud:
—Pero Guillermo, no seas bobo, ¿cómo quieres que me aburra si antes de salir, sólo de planearlo, ya me estoy tronchando?
Y Maite Gil le contaba a su marido que aquello deberían repetirlo cada año.
—Calma, Maitita, calma. Que yo me quedo solo.
—Si quieres, no voy.
—No, vé, vé.
—Alejandro —se impacientó Maite—, si tú quieres que me quede, me quedo.
—En modo alguno, en modo alguno. Supongo que ya me las apañaré. Y avanzaré en mis memorias.

Alejandro se tomaba como tarea trascendente la redacción de esas memorias que sus hijas le habían exhortado a escribir supuestamente para que las interesantes anécdotas de la familia no se perdieran en el olvido, pero en realidad como un ardid para que, por lo menos durante las dos horas que el jubilado les dedicaba cada tarde, dejase respirar a Maite.

Durante esas dos horas, no se oía por la casa el irritado flautín cascado de su voz, «Maitita, mis calcetines », «Maitita, mi camisa amarilla», Maite, ven… Maite ¿dónde estás? ¡Hace diez minutos que te llamo! La labor en el escritorio, bajo el tapiz heráldico, estaba demostrando ser ingente: todo lo que no tenía interés alguno merecía ser meticulosamente apuntado, entre sorbito y sorbito de verde Chartreuse. El pulcro manuscrito engordaba año tras año y andaba ya por las mil páginas. Los episodios narrados se distribuían en capítulos alternos: en los pares, Alejandro describía los acontecimientos del marco histórico de su vida; y en los impares, los sucesos de su vida privada.

Sin apartarse nunca de un tono apasionado, entusiasta, a su entender el único conforme al carácter sacramental de la escritura, pasaba de glosar las hazañas bélicas y la gran política del mundo a celebrar conmovido los éxitos de su mando en la empresa, la familia y el vecindario.

Así concluía un capítulo del que había quedado tan satisfecho que se lo leyó con voz tronante a Merceditas:
—«…avanzan imparables sobre  las ardientes dunas del desierto los panzer de Rommel, el Zorro del Desierto, hacia la estratégica ciudad sahariana, donde le aguarda Montgomery, dispuesto a defender, hasta la última gota de su sangre británica,
Tobruk».

Sin solución de continuidad, la siguiente página comenzaba así:
—«Para nuestra familia, agraciada por Dios con tantos hijos, el piso en Rosales, 50, se había quedado pequeño, y el 3 de febrero de 1942 nos mudamos al piso luminoso y señorial que actualmente ocupo con mi esposa en la calle Doctor Sinvesa, 28».

2 • Maite se sentía orgullosa y feliz, porque seis «niñas» le habían pedido viajar en su coche (el coche grande). No menos contenta iba al volante de su Mercedes Asunción Falgosa, acompañada por Paz de Ceballos, una niña desustanciada que nunca se había tomado la molestia de sacarse el carnet de conducir, la muy tonta, y por Tete Santiesteban.

Hicieron alto en un merendero de Despeñaperros que les había recomendado el marido de Asunción Falgosa, para almorzar bajo una parra, sobre una mesa de pringosos tablones que en Barcelona  les hubiera parecido inaceptable; devoraron alegremente el cochinillo grasiento y la lechuga que flotaba ahogada en un lecho de agua y aceite. (A Maite Gil, como siempre, sólo le apetecía una tortillita francesa, pero por no destacar se avino al cochinillo). Durante la sobremesa bromearon sobre la forma de conducir de Bibis de Castellblanch, que al tomar las curvas inclina el torso sobre el volante en la misma dirección que gira el volante, como si en vez del Saab con dirección asistida domase un potro desbocado en el Hípico.
— ¡Qué buena idea ha sido venir!
— ¡Me siento cincuenta años más joven!
— ¿Os acordáis de cuando…?
— ¡Niñas, repórtense!

Se estremecieron los flanes en sus platitos cuando Nuria cantó bajito, divinamente, el aria «L’amour» de Carmen. Luego las amigas se burlaron un poco de la beata de Inma
Sunyol, que preguntaba, un poco ansiosa, si mañana, sábado, se celebraría la Santa Misa en la ciudad.
—Es que he hecho —explicó— una Promesa.
—Mujer, no seas pánfila, hay 48 iglesias —respingó Nuria Montoliu—, no te las acabarás.

Otras chicas quisieron seguir bromeando a costa de la piedad de Aurora, pero Maite Gil conocía el origen de aquella promesa (durante la guerra Aurora había prometido a Jesús que si los rojos no fusilaban a su padre, ella iría a misa cada día durante el resto de su vida; lo fusilaron. Imma perdió la fe, pero cumplió la promesa para ir recordándole a Dios qué equivocado, qué injusto había sido), y cortó de cuajo las bromas:
—Pues mira, Imma, a mí también me apetece asistir mañana a misa. Si te parece bien iremos juntas.

Y como Maite Gil había sido la más guapa, y se había casado con el mejor partido del grupo, y a lo largo de las décadas se había comportado como una esfinge, sin confiar nunca a nadie un disgusto, un problema o un conflicto, ahora ocupaba el centro de un área de dignidad y buena suerte del que todas querían permanecer cerca, o por lo menos no ser excluidas. Las bromas cesaron de golpe. Sólo Tete Santiesteban… —todas recordaban la mañana en un rincón del patio del colegio en que Tete Santiesteban les dijo que cuando su papá creía que se había quedado solo en casa bailaba desnudo a la música del fonógrafo, todas habían pasado horas en blanco en la cama viendo al padre de Tete bailando desnudo en la oscuridad de sus dormitorios, y al brillante disco negro girando…— Tete Santiesteban, a la que se le había puesto cara de bulldog, dijo irónica:
— Reginae Híspamete locuta, causa finita est.
— ¡Eh! ¿Os acordáis de cuando…?

Rieron y disfrutaron hasta que Asunción Falgosa advirtió:
—Nos van a dar las tantas si no espabilamos. Y yo «odio» conducir de noche.

Todas «odiaban» conducir de noche.

Llegaron sin prisas a la alta ciudad amurallada cuando el crepúsculo teñía de morado las torres del Alcázar. Después de descargar las maletas, algunas de las niñas todavía cenaron en un amplio comedor de fábrica conventual, de ventanales góticos que daban sobre la llanura, pero la mayoría estaban exhaustas y se retiraron a sus habitaciones, no sin antes pedir a un maître muy amable y cortés, de ojos melancólicos, que les subieran tazas de té o vasos de leche con galletitas.

3 • Era la primera noche en muchísimos años en que Maite Gil se acostaba sola. Extrañó la excesiva calefacción, la cama, la compañía de sus amigas, que la habían aturdido. A medianoche se levantó y fue al cuarto de baño, a por un vaso de agua que le ayudase a tragar cierta píldora verde y blanca, remedio infalible cuando se sentía nerviosa o angustiada.

A las dos prendió la luz de la mesita de noche, tomó otra píldora, miró una película de la televisión. La trama era estúpida y los protagonistas, una pareja de jóvenes malhablados, disparaban pistolas y fornicaban sin tregua. Maite apagó el televisor hastiada, y, agarrándose con fuerza a la almohada, intentó forzar el sueño. En una revuelta, vio en el marco de la ventana en ojiva el cielo negro, por donde cruzó una estrella fugaz.
La píldora empezó a actuar: la envolvió una sensación de alivio. De ligereza. Pensó en Gloria Castellver, que tan desmejorada parecía la pobre y a pesar de todo durante el viaje había intentado bromear dos o tres veces como si no viniera de serle amputada la mitad de su vida. Gloria no sabía —Maite se llevaría a la tumba aquel secreto tan delicado— que antes de conocerla José Antonio había cortejado a Maite, le había «cantado la palinodia» en el Hípico y sólo después de «recibir las calabazas» se había vuelto hacia Gloria.
—Era encantador —pensó—.
Yo creo que Gloria ya no levanta cabeza.

¿Le afectaría a ella tanto la muerte de Alejandro? No, se dijo incorporándose, empujada por el muelle de la revelación. «Ay, ahora sí que no voy a dormir ni de broma».

A las siete ya se había bañado y despachado una taza de té, y se encontraba en el vestíbulo, sintiéndose muy fatigada. Imma Sunyol, envuelta en su visón, apareció sonriéndole a través del soberbio encaje de la mantilla que ya se había colocado sobre la azulada cabellera.

El sol apenas despuntaba cuando las dos ancianas entraron en la iglesia de la Vera Cruz.

La iglesia estaba vacía salvo por una docena de beatas vestidas de negro apelotonadas al fondo de la nave, junto al altar. Maite se sentía a disgusto entre las grandes estatuas suspendidas de las columnas, gigantescos evangelistas y profetas armados con báculos dorados e imbuidos de la impertinente vanidad del barroco que aplastaban con desgana serpientes, moros, diablos cornudos y dragones.

Imma Sunyol se adelantó hacia el altar a pedir cuentas al dios en el que no creía, y Maite hizo algo insólito, inimaginable en circunstancias normales: se demoró ante una capilla como si fuese una turista cualquiera, luego pasó a otra más cerca de la puerta, y de pronto se halló fuera de la iglesia.

Un tramo de la muralla cierra la  plaza de la iglesia de la Vera Cruz. Apoyada en una almena Maite Gil estuvo contemplando la salida del sol sobre el océano de la espigas. El viento racheado hacía flamear el pañuelo que llevaba anudado a la cabeza y mecía a un mirlo negro que, incapaz de elevarse hasta las almenas, buscaba refugio en la pared de piedra. Un grupo de turistas irrumpió en la plaza y la cruzó hasta colocarse a la espalda de Maite. Vestían ligeros anoraks en los que lucían estampadas las palabras «Viajes Benidorm».

—La ciudad —dijo el guía—, fue un asentamiento íbero desde el año 700 antes de Cristo, y los romanos la conquistaron en el año 80 antes de Cristo. En el siglo VIII la capturaron los moros, y en 1079 Alfonso VI la recuperó…

Los hechos antiguos que pregonaba ella ya los conocía porque años atrás había estado allí con su marido, y habían escuchado a un guía parecido al de «Viajes Benidorm». El runrún del discurso se enredaba con el soliloquio interior de Maite, que sin querer recordaba episodios desagradables de su vida con Alejandro. Una renuncia, una promesa incumplida, una lenta decepción, un desengaño, la primera vez que se permitió llorar delante de ella, la segunda vez… y a partir de entonces pareció tomarle el gusto y Maite había dejado de contar.

—Entonces la ciudad vivió una época de esplendor, que se prolongaría hasta la plaga de peste de finales del siglo XVI. Pero tras dos siglos de decadencia el invento del ferrocarril impulsó…

Es curioso, pensó Maite, tengo la mente como sus Memorias, se me mezcla todo…

—Ahora fíjense, enfrente de ustedes, esa imponente mole el Alcázar, que durante dos siglos fue palacio y residencia de los Reyes. El edificio original fue destruido por un incendio en 1862 y ha sido restaurado respetando la planta y estructura original…

Entonces —el mirlo había desaparecido de vista— le sobrevino a Maite Gil la pregunta:
— ¿Por qué estas cosas y no otras?

¿Por qué estas cosas y no otras?

Cuando Aurora Sunyol salió del templo y no se encontró a su amiga esperándola, creyó que habría regresado por su cuenta al Parador.

Pero allí tampoco estaba. Algunas de las viajeras protestaron porque el retraso de Maite les hacía «perder el ritmo». Otra recordó que ya en el colegio «la reina de España» se hacía esperar, se retrasaba siempre. Por la noche estaban todas muy preocupadas. ¿Qué le habría pasado? Las niñas —lo mejor de la sociedad, la flor de cada casa— se sentían abandonadas, desvalidas, perdidas.

Pero pensándolo bien, no es verosímil que una señora así deje su vida y comience otra, o se la quite. Las señoras así no cambian de rumbo, a no ser a consecuencia de una depresión larga, profunda y dolorosa. Digamos mejor que Aurora Sunyol salió del templo, tomo del brazo a su abstraída amiga, y juntas, hablando de sus cositas, fueron a reunirse con las demás para proseguir la jornada.


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