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pe_img1.jpgRbert Schuman, personaje poco conocido en España, fue uno de los principales arquitectos del actual proyecto de integración europea, una construcción política a cuyo cobijo los europeos de ayer reencontraron la paz y la prosperidad que los europeos de hoy disfrutamos quizá algo inconscientemente.


La paz llegó a Europa tras una amarga lucha, un drama existencial en tres actos. El primero, que podríamos titular «La liberación de Europa», se desarrolló en un escenario de sangre y horror; en este acto, Gran Bretaña, liderada por el coraje de Sir Winston Churchill, rescató a los europeos del abismo nazi. En el segundo, «La convalecencia de Europa», la ayuda del pueblo norteamericano, encauzada a través del Plan Marshall, permitió a los europeos recuperarse de la miseria material causada por la guerra y escapar así del peligro comunista.


Pero defender Europa no significaba, sin embargo, construirla, el bienestar no era suficiente para hacer cicatrizar la profunda herida espiritual causada por el odio entre europeos. Para enderezar la historia europea era preciso un tercer acto, «La construcción de Europa», que comenzó el 9 de mayo de 1950 con un breve discurso del entonces ministro de Exteriores de Francia, Robert Schuman.


La paz alcanzada al alto precio de una guerra fratricida sólo se consolidaría mediante la acción responsable, solidaria y creativa de todos los europeos. Sin falsos entusiasmos o suspicaces desconfianzas era preciso ir más allá de la contemplación teórica de la libertad. La libertad recuperada tendría que emplearse constructivamente, su disfrute exigía su ejercicio responsable, un reto que sólo asustaría, como solía decir Schuman, a aquellos que hubieran perdido la costumbre de utilizarla.


Poco a poco, paso a paso, con el objetivo de conjurar el peligro de la guerra y alcanzar un mayor nivel de dignidad material y espiritual, los europeos, mediante pequeños esfuerzos creadores deberían ser capaces de llevar a cabo tareas en común, proponiéndose fines a los que se comprometerían solidariamente.


Sin imponer sus políticas, Robert Schuman marcaba el camino. Heredero de la auténtica tradición política de Europa que se deleita en la construcción de la res publica sobre los cimientos de la libertad levantó una nueva comunidad europea apoyándose en el consentimiento razonable de todos y no en la mera fuerza de las mayorías. Sabía bien que el realismo democrático exige, para no caer en la pasividad o en el cinismo, una diligente esperanza, y supo proponer, una y otra vez, con flexible disciplina y con voluntad de servicio, nuevas metas. La democracia era para Schuman una creación continua que se sabe siempre perfectible, la mejor de las formas políticas si se contempla desde el optimismo antropológico que fundamenta la cultura europea.


Pero para llevar a cabo la colosal tarea de reconstruir la convivencia, un hombre solo no es bastante, por excepcional que sea. Schuman contó con el apoyo de un gran equipo humano. Esto le distinguió de otros líderes de la historia de Europa que fracasaron simplemente por estar demasiado solos.


La unidad de Europa no hubiera sido posible sin el apoyo del canciller alemán, Konrad Adenauer, sin la compañía de De Gasperi, o sin el trabajo infatigable del equipo reunido por Jean Monnet en el número 18 de la rue Martignac. El trabajo conjunto de estos políticos superó los límites del pensamiento teórico, les fue otorgado el don de la construcción, de la recreación de la realidad. Bajo su liderazgo los pueblos de Europa recrearon una comunidad, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, seguida poco después por la Comunidad Europea de la Energía Atómica y la Comunidad Económica Europea. La grandeza de estas construcciones debe medirse por sus resultados, gracias a ellas los europeos disfrutamos de la paz más duradera desde los lejanos tiempos de las guerras de religión.


Quizá los pasajes heroicos de la guerra o los dramas y tensiones de la posguerra oculten el trabajo, a veces gris, de estos políticos. La exquisita prudencia y la deliciosa sencillez del relato de Schuman revelarán al lector atento la grandeza de su obra y el secreto de su solidez. La primera piedra de la nueva Europa no estaba hecha de aquel frágil compuesto formado por el equilibrio de poderes, producto del rencor o el miedo, a lo más, de la efímera firmeza del olvido, Europa fue reconstruida con el consistente material de una profunda reforma moral.


Al sereno ritmo de sus recuerdos profundizaremos en el hondo espíritu de un proyecto político, palpando el denso material del que están fabricados los sueños de los europeos. Descubriremos el alma de Europa, su nobleza espiritual, fundamento de su conciencia común. Contemplaremos el corazón espiritual de la fortaleza europea, donde el enemigo suele plantear sus ataques más incisivos, unas veces al amparo del silencio y la oscuridad de la noche, otras, confundiendo nuestros sentidos con falsos tambores de guerra, distrayendo nuestras fuerzas hacia falsas emboscadas.


La voz templada de Schuman señala lo importante, orientando en las pequeñas y no tan pequeñas escaramuzas en las que Europa sigue jugándose su verdadera existencia, muy distinta a la de una Europa económica, reducida a las preocupaciones materiales. Una concepción mezquina que, por otro lado, será incapaz de resistir el asalto de los fanatismos de todo tipo.


La publicación por primera vez en castellano de estas memorias por el Instituto Universitario de Estudios Europeos de la Universidad CEU San Pablo, en colaboración con Ediciones Encuentro, quizá pueda servir de ayuda a aquellos que tengan que asumir el liderazgo político del actual momento constitucional de la Unión Europea. Al mismo tiempo, al acercarnos a una época de la historia que nos pertenece como europeos pero en la que los españoles no fuimos protagonistas nos ayudará a fundamentar nuestro reconocido sentimiento europeísta, ya que se quiere más lo que mejor se conoce.


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