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La obra poética de fray Luis de León cuenta con el mérito, entre muchos otros, de haber elevado a la lengua castellana de mediados del siglo XVI a la altura poética que alcanzaron en el periodo clásico las lenguas griega y latina. El propio fray Luis, consciente de la importancia de esta empresa lingüística, lo expresa en el proemio al manuscrito de sus poesías (de en torno a 1580) que nunca publicó en vida, no teniendo siquiera la intención de hacerlo: «Que nuestra lengua recibe bien todo lo que se le encomienda, y que no es dura ni pobre, como algunos dicen, sino de cera y abundante para los que la saben tratar».

Alzarse como un clásico dentro del siglo de oro de nuestra literatura y, ciertamente, con una producción poética exigua que se reduce fundamentalmente a 22 odas, dos quintillas y cinco sonetos, dice mucho de las cualidades excepcionales de este hombre del Renacimiento español que persiguió con denuedo en su poesía las virtudes de la sencillez y la naturalidad. En este sentido, se puede decir que su estilo, tanto en prosa como en verso, se inserta de lleno dentro de la corriente del ideal cortesano propugnado por Juan de Valdés que aconsejaba «huir la afectación».

Goza de la rara habilidad, en pleno frenesí de la asimilación de las formas italianizantes, de acercar los moldes expresivos del castellano a la estructura de la poesía latina. Y aquí radica precisamente su máxima originalidad, la de saber compaginar con un estilo indiscutiblemente propio la tradición clásica (a través principalmente de Horacio y Virgilio) con las fuentes de inspiración cristiana (sobre todo la Biblia). Las claves temáticas de su poesía original y de sus traducciones se resuelven en una serie de motivos que ya son clásicos gracias al tratamiento que fray Luis hizo de ellos o que adaptó de los moldes latinos: el anhelo de «la vida retirada»; la búsqueda de la «escondida senda»; la contemplación de «noche serena»; la conquista de «la armonía»; la relectura del «beatus ille»… Todas ellas responden a las tres etapas que Dámaso Alonso destacó dentro de su poesía: la primera, la más religiosa, la segunda, de desgarro autobiográfico, vinculada a su vivencia en la cárcel, y la tercera, la más atenta a la serenidad y al anhelo místico.

La poesía de fray Luis de León en su aparente sencillez apela a unos universales de un profundo calado «humanista» como son la perfección, la naturalidad, la armonía, la dulzura o la claridad, que se entreveran en su poesía, siempre con un transfondo cristiano, en una perfecta correspondencia entre «lo que se dice» y «la manera como se dice» y que convierten a nuestro poeta en un clásico por antonomasia.


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