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[[wysiwyg_imageupload:2954:height=209,width=150]]EL DESENCANTO EN CANTO

Para entender y disfrutar del todo este último poemario, tan breve, de Fernando Ortiz (Sevilla, 1947), hay que echar largamente la vista atrás. De entre los poetas de la llamada «Segunda generación del 70», esa que echó un freno de sensatez a los excesos de sus coetáneos novísimos, sin menor culturalismo, pero más vivido y menos estentóreo, Ortiz es de los mejor equipados teóricamente y de los que mayor influencia estaban llamados a ejercer entre las generaciones siguientes.

En él se anudaban algunas influencias esenciales, como la de la poesía inglesa, T. S. Eliot y W. H. Auden, y la recuperación de poetas andaluces, como los integrantes del grupo Cántico, además de la reivindicación de Aquilino Duque, entre otros. La claridad expositiva, unida a una actitud amigable y receptiva, permitió que Fernando Ortiz hiciera de puente generacional y que despejase el camino a muchos de los poetas más significativos de los ochenta y los noventa.

Tantas influencias dejaron una huella, antes que nada, en su poesía, lógicamente. Por un lado estaba su apuesta por el tono conversacional, del que el título del libro que nos ocupa es una nueva defensa; y por otro, el trato íntimo de estudioso con tantos grandes, que le haría tomarse con humildad su propia obra creativa. Y sobre todo ello, su apuesta por la elegía. Por eso, los poemas de Fernando Ortiz nunca levantan la voz y poco a poco se van ciñendo a temáticas cada vez más circunstanciales. Ese aire de apagamiento que se ve en Plática ya estaba en sus orígenes: su primer libro se llamó Primera despedida (1978) y otros títulos suyos son igual de significativos, específicamente los últimos: Moneditas (1996), Posdata (1999), Miradas alúltimo espejo (2011) y Después del siglo XX (2012).

Todas estas características comparecen quintaesenciadas en Plática. El libro se abre enseguida con dos homenajes, uno a Fray Luis de León y otro a Manuel Machado, que reivindican al poeta a contrapelo, contra mundum, por un lado, y al poeta de la gracia y la anécdota, por otro. Tras esos dos poemas, un soneto donde declara: «Aunque bien sé que nunca fui un genio», y a continuación un homenaje implícito a Rafael Alberti, que viene a recordarnos la sempiterna defensa de Ortiz de la tradición andaluza. Nada más empezar, por tanto, nos marca las coordenadas de Plática.

A partir de ahí, pasa a declarar su desencanto, disfrazado de indiferencia o de un leve interés irónico por temas menores, aunque el desencanto también se presenta sin disfraces, como en «Caducidad de mi reino»: «Pensé que era mi reino la Poesía. / Y, si la dominaba, con desprecio / podría tratar sin duda al vulgo necio / desestimando así su tontería. // Pasan los años y la demasía. / El joven, al caer de alto trapecio, / aprende por sí mismo el justo precio / que ha de pagar por tanta altanería. // […]» No es la única declaración de desolaciones. Expone heridas, enfermedades, desengaños. «He sido más necio que preclaro» […]

«Llegó el momento de pagar factura» […] «Que no es juego, coño. / Sino un mecanismo / que destroza todo. / Se llama alcoholismo». […] «Por qué la vida se acaba / y uno se va de la vida / sin enterarse de nada» […] «El que se entera de algo, / aunque sea la mitad, / mejor no haberse enterado» […] «Y la desolación era patente», etc.

Pero frente a este panorama devastado, a veces visto con humor, pero negro (véase «Poeta en la tercera edad»), Fernando Ortiz no se doblega: se amarra al mástil de sus sirenas, que son las poesías. Había escrito que su reino era la poesía, y que ella ha sido su amor constante. Lo resume todo a la perfección «El soneto que ves»:

 

Era un poeta al que le dio un infarto

que le dejó partido el corazón.

¿No explica esto su preocupación

y que empezara a estar del todo harto?

 

Del corazón quedóle solo un cuarto.

Y el hombre fue perdiendo la afición

y el gusto por la loca diversión.

Supersticioso, al fin, dijo: «lagarto».

 

Pero como la vida es como es,

un grave carcinoma pulmonar

empeoró el asunto años después.

 

Le quedan, a lo sumo, dos o tres.

¿Y qué hace el insensato? Pues cantar

y escribir el soneto que ahora ves.

 

Plática es, pues, la milagrosa transformación de un desencanto vital y de unas encrucijadas complicadas en un canto porque sí, a pesar de todo, fiel a la vocación de siempre, la poesía, vieja amiga. Milagrosa transformación, pero no inexplicable. Junto a la fidelidad personal a una trayectoria que traía hasta aquí, están los versos de quien sabe lo que se trae entre manos («Si en Venecia hay canal, aquí Caleta», escribe en el soneto «Cádiz» con excelente retórica) y la emoción de un corazón que se estremece como siempre: «Sonríes en un bar que ya no existe». _


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Enrique García-Máiquez (Murcia, 1969). Estudió Derecho en la Universidad Navarra y lo enseña en un instituto de secundaria de Puerto Real. Ha publicado cuatro libros de poesía, el último es “Con el tiempo” (2010), tres dietarios (el más reciente, “Un largo etcétera”, 2017), dos colecciones de sus columnas periodísticas (la última, “Un paso atrás”, 2012), un libro de aforismos, “Palomas y serpientes” (2016) y un brevísimo cuadernillo de haikus, “Alguien distinto” (2005). Tiene en prensa “El burro flautista”, nueva colección de columnas periodísticas. Ha traducido a Mario Quintana, a G. K. Chesterton, en prosa y en verso, y el “Tomás Moro”, de William Shakespeare, nada menos, y de otros. Codirigió la revista literaria “Nadie parecía” y escribe crítica de poesía en diversas revistas especializadas. Mantiene el blog “Rayos y truenos”.