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 Todo en la vida tiene un comienzo y un fin, y esta sección de “Poetas de Línea Clara” saluda hoy por decimoséptima y última vez a sus hipotéticos lectores. A lo largo de tres años —1995, 1996 y 1997- se ha asomado a las páginas de la NUEVA REVISTA de Antonio Fontán un marbete tomado del mundo de los comics, “línea clara”, que me ha servido para decirle a la gente, sobre todo a la gente que no lee poesía, que el hecho de que un libro esté partido en versos y no en líneas a caja no significa que ese libro vaya a ser un tostón ni una secuencia de palabras cursis y/o carentes de sentido. La poesía es, ante todo, comunicación con el lector, puente de transmisión entre seres humanos, vivencia compartida, trazo firme y color compacto, no esa nube difusa y presuntamente cognoscitiva que nos venden los tipos raros que llevan en la frente una pegatina con el rótulo de “poeta”. A lo largo de diecisiete entregas mi mensaje ha sido siempre el mismo: leer poesía ayuda a vivir, no siempre ha de ser fuente de perplejidad o de tedio.


Me gusta clausurar esta sección con un poema de uno de mis más viejos —y él es joven— maestros, un poema que, como todo el libro al que pertenece, está en la base de la estética que ha informado la poesía española de las tres últimas décadas. El maestro se llama Pere Gimferrer y nació en Barcelona en 1945; el libro, La muerte en Beverly Hills (1968); el poema no lleva título y comienza con el verso “En las cabinas telefónicas”. Cuando Gimferrer publicó ese libro, aún escribía en castellano y había obtenido ya el Premio Nacional de Poesía con Arde el mar (1966). Luego se pasó al catalán, convirtiéndose en una de las cumbres de la literatura catalana, en verso y en prosa, del siglo XX. No sé si Pere suscribiría ad litteram mis desmañadas teorías poéticas, pero sí tengo la certeza absoluta de que detrás de todo lo que pienso y escribo está, de un modo u otro, su magisterio. Ya queda solo levantar la copa y formular un triple deseo: ¡Larga vida al maestro Gimferrer! ¡Larga vida a NUEVA REVISTA! ¡Larga vida a la “línea clara”!


En las cabinas telefónicas
hay misteriosas inscripciones dibujadas con lápiz de labios.
Son las últimas palabras de las dulces muchachas rubias
que con el escote ensangrentado se refugian allí para morir.
Última noche bajo el pálido neón, último día bajo el sol alucinante,
calles recién regadas con magnolias, faros amarillentos de los coches
patrulla en el amanecer.
Te esperaré a la una y media, cuando salgas del cine —y a esa hora
está muerta en el Depósito aquella cuyo cuerpo era un ramo de
orquídeas.
Herida en los tiroteos nocturnos, acorralada en las esquinas por los
reflectores, abofeteada en los night-clubs,
mi verdadero y dulce amor llora en mis brazos.
Una última claridad, la más delgada y nítida,
parece deslizarse desde los locales cerrados,
esta luz que detiene a los transeúntes
y les habla suavemente de la infancia.
Músicas de otro tiempo, canción al compás de cuyas viejas notas conocimos
una noche a Ava Gardner,
muchacha envuelta en un impermeable claro que besamos una vez en el
ascensor, a oscuras entre dos pisos, y tenía los ojos muy azules, y
hablaba siempre en voz muy baja —se llamaba Nelly.
Cierra los ojos y escucha el canto de las sirenas en la noche plateada de
anuncios luminosos.
La noche tiene cálidas avenidas azules.
Sombras abrazan sombras en piscinas y bares.
En el oscuro cielo combatían los astros
cuando murió de amor,
y era como si oliera muy despacio un perfume.


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