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Sería difícil encasillar los Pensamientos en un género concreto. Se ha incluido a Pascal entre los moralistas franceses, así que debemos concluir que pueden ser leídos como un tratado moral. Pero esta clásica recopilación de reflexiones es mucho más que eso: filosofía teórica, filosofía de la religión, teología… No conviene olvidar que los Pensamientos pertenecen a un proyecto inconcluso y muy querido de Pascal, que pretendía defender la fe cristiana… pero defendiéndola también de la sistematicidad; de ahí que las intuiciones acaben desperdigadas, pero también por ello que resuenen con más fuerza, una fuerza que nos enciende la afectividad. Muchos han querido ver en las máximas de este libro la forma de ser de un hombre genial —matemático, empresario, inventor—, una radiografía de sus resortes intelectuales y sentimentales, en los que se revela su yo más íntimo.

Lo bueno de estos Pensamientos es que se pueden leer al antojo: o seguidos —pero pausadamente— o a saltos. Su lectura, en un sentido mucho más profundo que en otras ocasiones, no termina nunca. El caudal de los Pensamientos no es posible resumirlo; dicen mucho en su más profunda sencillez. Una de las razones de su inconmensurabilidad es la capacidad de Pascal por hablar al corazón del hombre, reivindicando en un contexto no siempre cómodo —pugnas religiosas, jansenismo y jesuitismo, filias y fobias filosóficas— las razones del corazón. Y adelantándose algún tiempo al cúmulo de lo emocional, hoy tan mentado como incomprendido, es consciente de que el corazón, como la razón, puede educarse y sabe que si no se orientan sus ímpetus acaba en la atrofia más absoluta: «Del mismo modo que se estropea la inteligencia, se estropea el corazón», señala.

Apelar al corazón no es más que una forma de recuperar esa otra parte del hombre relegada en la edad dorada de la Razón. «Es preciso convencer al hombre entero, cuerpo y alma», explica, sin olvidar que también en la esfera religiosa se ha despreciado la relevancia de lo afectivo. ¿No es demasiado actual, demasiado contemporáneo, Pascal al proponer la defensa de una fe amable? En efecto, nos advierte también del peligro de racionalizar tanto la creencia hasta el punto de hacer de la fe una virtud teologal superflua. Es Pascal, pues, el pensador de la fe, el filósofo que se resiste a las pruebas metafísicas que trataban de demostrar la existencia de Dios, consciente del sentido profundo de la creencia y de necesidad humana de creer. Dios también habla al corazón del hombre. Dios del amor y del consuelo como alternativa al Dios de los filósofos. Frente a las cinco vías y al apriorismo anselmiano, la famosa apuesta de Pascal subraya el sentido vivencial y existencial de la fe, el riesgo de la existencia mucho antes de que lo hiciera Kierkegaard y el existencialismo cristiano.

De todas las sentencias, de todas las reflexiones —tan brillantes en su forma y en su fondo—, la que me parece que condensa todo su pensamiento es la que caracteriza al hombre como un junco que piensa. Es el resumen de la grandeza y de la debilidad de la vida humana. Merece toda una vida para pensarla.


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