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La vida de la República fue más larga de lo que acostumbramos a pensar; olvidamos con frecuencia que existió un régimen republicano en el exilio, presidido oficialmente por Juan Negrín hasta 1945. Y su presidente ha sido uno de los personajes más desconocidos y atacados de todos los que, de una u otra manera, protagonizaron la República. Pablo Azcárate, embajador en el Reino Unido cuando estalló el conflicto civil, fue no sólo consejero de Negrín en política internacional, sino amigo y confidente. Por ello, En defensa de la República es el mejor documento para conocer los primeros años de la República fuera de España y para comprender de cerca su historia interna y sus decisiones políticas.

El preámbulo de Ángel Viñas resulta indispensable para sacar partido de la lectura de la obra, sobre todo para los no especialistas, es decir, para aquellos que conocen poco a Negrín y que apenas tenían noticia de Azcárate. Éste intentó explicar los problemas por los que atravesó un poderoso y fracturado complejo institucional sin territorio y sin que cejaran las querellas internas, como experimentó el propio Negrín, que aparece como protagonista en estas páginas.

Azcárate busca superar algunas interpretaciones erróneas. Cierto es que Negrín se mostró partidario de la resistencia frente a los nacionales y se opuso a un apaciguador como Azaña, en un momento en que el bando republicano estaba ya menguado, pero lo hizo esperando la salvación en el contexto de la II Guerra Mundial. Por otro lado, ya vencido el proyecto republicano, fue fácil buscar culpables y errores, y Negrín estaba por entonces en primera línea de responsabilidad.

Azcárate nos relata el drama de los refugiados republicanos, que en ocasiones fueron represaliados como consecuencia de una contienda ideológica de la que eran los chivos expiatorios. En Francia, por ejemplo, explica que muchos fueron dirigidos a campos de concentración; la mayoría fueron separados de sus familias. Pero a partir de 1940 se gestionó la evacuación de los refugiados del territorio francés a Sudamérica, gracias a los fondos que partían del Gobierno republicano.

Azcárate trata de mostrar cómo Negrín siempre tuvo conciencia de su responsabilidad en este sentido, y que organizó y desarrolló ayuda humanitaria para los refugiados, preocupándose por su suerte tanto en Europa como en América. Por otro lado, Negrín se encargó de institucionalizar los contactos diplomáticos necesarios que facilitarían la entrada de los republicanos en algunos países.

Negrín cayó tras la reunión de las Cortes republicanas en México, en 1945, a cuya convocatoria se oponía. Son elocuentes las palabras con las que Azcárate expone la caída del político canario: «Fue el factor —explica— que más contribuyó a frustrar la posibilidad de que al término de la segunda contienda mundial se restableciera en España un régimen político normal basado en los principios de libertad, democracia y progreso social». Problemas internos dentro del PSOE, un enjuiciamiento crítico excesivo —se le consideraba culpable de la deriva de la guerra—, fueron algunos de los factores que empañaron su memoria. Aunque Azcárate fue amigo de Negrín, estas memorias suyas son indispensables para conocer la situación de los exiliados, sus penurias y la organización institucional de la República fuera del territorio nacional.


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