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Aunque hablar de «edición definitiva» en el caso de un clásico es siempre arriesgado y prematuro, esta nueva edición de los Ensayos de Montaigne publicada por Galaxia Gutenberg merece ser celebrada, cuando menos, como un acontecimiento editorial de primer orden. Suele decirse que cada época (o incluso cada generación) tiene la obligación de volver a traducir las obras clásicas, para reinterpretarlas desde su lenguaje, desde su mundo, y devolverles el pálpito de la vida al contacto con los lectores del presente. Por eso los clásicos nunca se terminan de traducir ni de editar. Siempre se renuevan y dan más. No se agotan.

Por lo pronto, estamos ante la primera edición bilingüe que se ha publicado en el ámbito hispánico, lo que ya por sí solo añade un valor diferencial importante; el texto francés que se muestra enfrentado en las páginas impares corresponde a la versión establecida por el especialista galo André Tournon. Además, la traducción del poeta y filólogo Javier Yagüe Bosch se disfruta, en mi opinión, con una intensidad que hasta ahora no era posible experimentar al leer a Montaigne en castellano. De las versiones existentes en nuestro idioma, esta es la que más se aproxima al que debería ser el ideal en este caso: que se puedan leer los Ensayos de Montaigne no tanto como un texto escrito (precisamente esta obra, que inauguró un nuevo género literario: el ensayo moderno), sino como una conversación que el autor mantiene con sus lectores de forma relajada y placentera, o más exactamente, como el soliloquio ameno y variado de un amigo erudito en el transcurso de una prolongada sobremesa.

La traducción de Javier Bosch, forjada a lo largo de una década de cuidadosa labor (la tarea le fue encargada por el editor y catedrático de Literatura Comparada Claudio Guillén, que murió en 2007), parece responder a dos criterios fundamentales: la claridad —esto es, la inteligibilidad— y la cercanía al lector actual. Sin menoscabo del rigor y la exactitud, que son innegociables en cualquier traducción, Yagüe ha tenido en cuenta la necesidad de atrapar literariamente al lector de hoy y ha hecho un esfuerzo constante de comprensión para hacer accesibles todos los pasajes de la obra, incluidos aquellos que pueden resultar más complejos o confusos en el original, reparando hasta en el más mínimo detalle (pero sin perderse en arcaísmos, florituras o rebuscamientos). El imperativo de «nunca traducir sin entender», aunque parezca demasiado obvio o evidente, no siempre es cumplido a rajatabla por los traductores. En este caso sí.

En la polémica sobre cuál debe ser considerado el texto canónico de los Ensayos (debate que ha mantenido entretenidos a varios estudiosos franceses en las últimas décadas), André Tournon ha tomado partido de manera terminante por el denominado «ejemplar de Burdeos», que corresponde a la edición de 1588 anotada a mano por el propio Montaigne con vistas a su edición definitiva (los investigadores descubrieron este ejemplar en una biblioteca a mediados del siglo XIX), y ha relegado como una segunda imagen complementaria la llamada «edición póstuma», publicada en 1595 al cuidado de la ahijada de Montaigne, Marie de Gournay, que durante varios siglos ha sido considerada la edición canónica. Por ejemplo, la edición más reciente que se ha publicado en español, la de Acantilado de 2007, con traducción, introducción y notas de Jordi Bayod Brau, se hizo siguiendo la edición de Marie de Gournay.

A pesar de que el estilo de Montaigne ha pasado a la historia de la literatura como modelo de claridad, naturalidad y sencillez (se suele decir que el autor francés carecía, precisamente, de «voluntad de estilo»), Javier Yagüe advierte de las dificultades que presenta su escritura a la hora de ser traducida: la lengua antigua y el sentido dudoso de muchos vocablos, giros y estructuras; el hilo entrecortado y sinuoso del pensamiento, abierto en multitud de ramificaciones y excursos; el aspecto material del lenguaje… En muchas ocasiones, la prosa de los Ensayos avanza mediante requiebros, sinuosidades y digresiones, lo que complica su trasvase a otro idioma. Además, se producen constantes cambios de ritmo y de tono, pues Montaigne compagina el detalle chusco con la reflexión sutil, las doctrinas del pasado con la experiencia personal, etc.

Por último, hay que destacar las anotaciones que, con pulcra exactitud y moderada exhaustividad, arropan y enriquecen el presente volumen: se anotan las citas literales, manteniendo en las poesías clásicas la forma del verso con métrica regular castellana; se citan también las fuentes no nombradas u «ocultas» (es decir, los préstamos y ecos de autores clásicos, así como los ejemplos extraídos de florilegios o de libros de historia que Montaigne utiliza); otras notas recogen datos geográficos, históricos y biográficos; asimismo, se establecen sugestivas conexiones entre distintos pasajes de los Ensayos. Estas notas son especialmente útiles en una obra como esta, que fue construida por Montaigne reuniendo materiales de muchos autores y obras clásicas, como una especie de centón (o collage, según diríamos ahora, más posmodernamente).

El 28 de febrero de 1571, el día en que cumplía 38 años de edad, Michel de Montaigne decidió retirarse en la soledad de su castillo para consagrarse a la escritura de sus Ensayos. Ahora, gracias a esta nueva edición, podemos hacerle una visita en su torre y escucharle hablar a través de la lectura, pues como dijo Ralph Waldo Emerson de esta obra fundacional del género ensayístico: «No conozco libro que parezca menos escrito. Es el lenguaje de la conversación trasladado a un libro. Cortad esas palabras y sangrarán: son vasculares, están vivas». Volver a disfrutar, por ejemplo, de las páginas dedicadas por Montaigne a la amistad, con su emocionado recuerdo a Étienne de La Boétie (el autor de La servidumbre voluntaria), es siempre una renovada maravilla.

Ernesto Baltar


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Doctor en Filosofía por la Universidad Complutense de Madrid y profesor en la Universidad Rey Juan Carlos.