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Dedicado al amor, a la vida nocturna y al dolce far niente, Ovidio tenía una facilidad tal para versificar que, en mitad del bullicio y la jarana más enfebrecida, era capaz de ir dando cauce a sus dísticos elegíacos y a sus hexámetros. Dejó una vasta obra amatoria, unos Fasti importantísimos desde el punto de vista etnográfico y antropológico (no en vano los editó con amplio comentario el maestro Frazer) y unas elegías muy bellas compuestas en su destierro a orillas del Mar Negro, pero su obra capital son sin duda los quince libros de las Metamorfosis, que terminó de escribir poco antes de perder el favor de Augusto. Ningún otro libro de la Antigüedad Clásica se leyó tanto e influyó de manera tan decisiva en el imaginario del Occidente medieval y renacentista como las Metamorfosis, un tratado a la postre de mitología general, pues las transformaciones de que trata son frecuentísimas en los mitos grecorromanos. Cuando yo estudiaba Preuniversitario, la única edición bilingüe de las Metamorfosis que circulaba por las bibliotecas y librerías españolas era la de Ruiz de Elvira de Alma Mater, que por entonces solo llegaba al libro X, repartiéndose lo publicado en dos volúmenes (el tercero y último salió mucho más tarde, cuando ya estaba yo oficiando de secretario de la colección). Aún recuerdo la sensación irrepetible que experimenté al acercarme por primera vez a las páginas pares de esa edición, donde figuraba el texto latino. El verso virgiliano puede ser más conmovedor, más entrañable, pero el hexámetro de Ovidio en las Metamorfosis suena al oído como debió sonar al de Pitágoras la armonía de las esferas, como debió sonar al de Alighieri el coro de los ángeles en el Paradiso de su Commedia. Leyendo las Metamorfosis se sume uno en un abismo de mitos que, sin tratar de explicar nada que no sea la propia magia del himno sacro que despliegan, tienden puentes sembrados de metáforas a la elucidación del misterio humano. Son infinidad las leyendas narradas por Ovidio en su opus magnum, pero ninguna tan hermosa como la que se encuentra en el libro III y nos cuenta la historia de Narciso. Los amores de ese joven (cuyo nombre ha dado después tanto juego en las arenas movedizas de la psicología clínica) con la ninfa Eco se narran en una especie de nouvelle en verso que resulta tan prístina e inefable como las palabras del chamán en la reunión cabe el fuego del clan originario. Tendría que venir Victor Hugo para acumular adjetivos, como ya hizo en su William Shakespeare, que pudieran aproximarnos a la grandeza expresiva y a la musicalidad incomparable con que Ovidio va enhebrando mito tras mito en los quince libros de su poema más genial.


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