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La transición política a la democracia es un campo de estudio que ha conocido en los últimos años un importante desarrollo y que, por su naturaleza, está llamado a convertirse en terreno de colaboración entre distintas ramas de las ciencias sociales, especialmente la ciencia política y la historia. Las virtudes siempre predicadas de la interdisciplinariedad se hacen tanto más evidentes en un terreno en el que el peso del pasado y, por tanto, la necesidad de su comprensión, se da la mano con el desarrollo de intensas y complejas dinámicas, que constituyen uno de los campos privilegiados de la ciencia política.

En este contexto resulta gratificante la lectura del libro de Paloma Aguilar, por lo que tiene de novedoso desde el punto de vista teórico y metodológico, así como por el éxito con que supera la difícil prueba de construir un puente tan necesario entre ambas disciplinas. El objeto teórico del libro es el análisis del modo en que la memoria de una crisis, el fracaso de la II República y la Guerra Civil española, contribuye a la solución de otra, la crisis del franquismo y la consiguiente transición a la democracia. Ello supone, sobre todo, abrir una línea de estudio original con respecto a lo que han sido los estudios del proceso de cambio político en España; para ello se recurre a dos instrumentos teóricos fundamentales: la asunción de una posición ecléctica entre las dos grandes corrientes que han abordado el estudio de la memoria colectiva, a saber, los presentistas y los taxidermistas históricos (posición que, frente a la anterior, cuestiona la capacidad de reescribir el pasado y a la que se asocian no tanto autores que defienden la inmutabilidad del pasado cuantoaquéllos que afirman que la memoria colectiva de una sociedad impone límites a su reconstrucción desde el presente), y la utilización del concepto de aprendizaje político, entendido como un proceso en virtud del cual “lo que funcionó en el pasado tiende a retomarse y lo que fracasó a evitarse” (pág.50), en el que “las lecciones del pasado son conformado ras de predisposiciones futuras a la hora de actuar en una u otra dirección” (pág.51). Desde esta perspectiva, la autora dedica el grueso de su investigación a descubrir qué mecanismos activaron en el caso español la memoria colectiva de la guerra, posibilitaron olvidos y recuerdos selectivos y contribuyeron a la peculiar interacción histórica entre ambos procesos.Dicha tarea requiere la combinación de fuentes muy diversas, que obligan a un grado de creatividad en la combinación de metodologías que constituye uno de los rasgos más destacables del libro.

La construcción social del “nunca más”

Para fundamentar su argumento principal, la autora ha dividido el libro en dos partes: en primer lugar, se analiza lo que bien podría llamarse la construcción social del nunca más, esto es, el proceso de evolución de la memoria de la guerra durante el franquismo, así como las razones que explican la particular configuración que ésta toma al final de la dictadura para, a continuación, estudiar el papel que tuvo en la transición a la democracia.

Por lo que se refiere a la construcción social diel nunca más, la autora centra su atención en la tensión que a lo largo de la evolución del franquismo se produce entre las dos formas de legitimidad en las que el régimen trató de fundamentar su dominación y, sobre todo, en cómo dicha evolución/tensión provoca cambios en el tratamiento del recuerdo de la guerra y se refleja en los mecanismos vigentes de socializaciónpolítica. En la evolución de la combinación, crecientemente contradictoria, entre la legitimidad de origen (derivada de la guerra) y la legitimidad de ejercicio (derivada del modo en que se afrontan los problemas del país), está la explicación de la configuración de una determiriada memoria histórica, la guerra como locura colectiva, llamada a desempeñar un papel fundamental en el proceso de cambio político.

En busca de pruebas que demuestren y expliquen este proceso, la autora rastrea prácticamente todos los ámbitos de actuación del régimen (o alrededor del régimen) de los que se pueda extraer alguna información.Desde el punto de vista de la socialización política, se analiza la evolución de los contenidos del NODO (de la guerra como acto heroico a la guerra como tragedia necesaria para conseguir la paz), los contenidos de la narración histórica, en la que se observa cómo tanto en los libros escolares (especialmente gracias a la editorial Doncel) como en la narraciónhistoriográfica propiamente dicha, se produce una evolución clara en los modos de referirse a la guerra; de la “cruzada contra las hordas marxistas” se pasa a finales de los años cincuenta y, sobre todo, en los sesenta a hablar de “guerra de España”, a desarrollar discursos que cimienten la necesaria convivencia social, sin llegar casi nunca a admitir la denominación de Guerra Civil. Al tiempo se estudia comparativamente la evolución del contenido y tono de las celebraciones del 18 de julio y 1 de abril, así como la diferencia de los contextos de construcción y significación histórica de dos monumentos pensados para consagrar la legitimidad de origen para la Historia, el Valle de los Caídos y el Arco de la Victoria de Madrid.

Desde una perspectiva semejante, se analizan también las diferencias entre los diferentes teóricos de la legitimidad del régimen (de FranciscoJavier Conde, pasando por Fernández de la Mora a Manuel Fraga), la evolución de las políticas hacia los vencidos (en especial las purgas, la legislación de indultos y la desigual atención a los mutilados de guerra), la actitud de la prensa franquista ante determinados acontecimientos internacionales como el llamado “contubernio” de Munich, situaciones en las que como ocurrió con Julián Grimau (el muerto de los 25 años de Paz), la incompatibilidad entre ambas legitimidades y la fragilidad del discursode la paz, la armonía y la convivencia social se hacían especialmente evidentes. El resultado de todo esto es, para la autora, la asunción por parte de la mayoría de la población de la convivencia como un bien que debeser conservado, de la guerra como un proceso de locura colectiva que bajo ningún concepto podía repetirse, de que la legitimidad de origen,construida en torno a la victoria militar, la humillación del vencido y la división entre españoles, carecía de sentido. La legitimidad de ejercicio,por contra, no bastaba para sostener el caduco aparato del franquismo y constituía para muchos de los miembros más aperturistas del régimen el principal argumento para la liberalización política.

La memoria durante la Transición

La segunda parte del libro estudia cómo operó esta memoria durante la Transición, partiendo de un supuesto previo: es la percepción de que la situación que se vive en España entre 1975 y 1978 es semejante a la vivida durante la II República la que activa políticamente la memoria colectiva de la guerra, independientemente de que hubiese o no razones que avalasen esta percepción (pág. 359).

El impacto de determinados atentados terroristas, o el miedo a la reacción del Ejército a la legalización del PCE o a la apertura del proceso autonómico, influyó directamente sobre la percepción de la situación, restringió las posibles salidas y condicionó las opciones tanto de los principales actores como del conjunto de la población. En palabras de la autora, sí se puede afirmar que “tanto esta estrategia de tránsito político, como la excesiva cautela con que se condujeron los actores, derivó de una percepción del contexto más negativa de lo que ésta, en realidad,era, y esta distorsión se debía, en buena medida, al recuerdo de la experiencia fallida de la II República y a su asociación mental con el presente” (pág. 213).

Para demostrar esta afirmación, Paloma Aguilar recupera numerosos ejemplos acerca del modo en que la memoria histórica del fracaso de la República y de la Guerra Civil afectó a la percepción de factores estructurales, condicionó las actitudes políticas y, sobre todo, los debates parlamentarios acerca de un diseño institucional (papel de la Corona, sistema electoral…) que parece construirse por oposición a las consecuencias negativas achacadas por académicos y políticos a la configuración institucional de la II República. De igual modo se interpretan los giros en las políticas y el tratamiento simbólico hacia los vencidos (la amnistía, la reconversión del Desfile de la Victoria, el Monumento a los Caídos, la investigación sobre Guernica…), el papel de la prensa, a la que la autora ve como un factor de conciliación y de consenso en algunos momentosclave de la Transición (frente a la prensa militante radical de la II República), así como la evolución discursiva y estratégica de los distintos partidos políticos. En definitiva, el consenso, entendido por aquéllos que elevaron esta palabra a la categoría de símbolo de la Transición y de la Constitución de 1978, no era sino el fruto del deseo de alejarse de una determinada manera de hacer política, el producto de una determinadamemoria histórica construida en torno a una experiencia traumática y al modo en que su recuerdo trató de ser instrumentalizado a lo largo de cuarenta años de dictadura. La argumentación del libro se cierra así perfectamente, situando la memoria histórica y el aprendizaje político en el centro de la escena de la explicación.

Intercambio entre ciencia política e historia

Cuando termina de leer este libro, el lector se ha beneficiado de un trabajo original en el planteamiento, equilibrado en la combinación entre rigor académico y claridad expositiva y, sobre todo, aperturista en lo que se refiere al enriquecimiento mutuo entre la ciencia política y la historia. A pesar de que, desde la perspectiva de ambas disciplinas, algunosaspectos pueden (y deben) resultar discutibles en el sentido científico del término (por ejemplo, los niveles de agregación territorial del concepto,la necesidad de una mayor profundización analítica en la recepción social del cambiante mensaje que sobre la guerra el franquismo envía a la sociedad, o la integración de su hipótesis central en modelos más comprehensivos de los procesos de transición), este libro constituye un instructivo ejemplo práctico de lo fértil que puede resultar dicho intercambio.

En este sentido, aporta un “rotundo mentís” muy bien trabado desde el punto de vista teórico y metodológico a las recientes, y a mi juicio,anacrónicas consideraciones “metodológicas” que Javier Tusell ha realizado sobre las transiciones a la democracia (Tusell J., “La Transición política: un planteamiento metodológico y algunas cuestiones decisivas”, en Tusell J. & Soto A. (eds.), Historia de la Transición, Madrid, AlianzaEditorial, 1996, págs. 109-137).

El libro que acabamos de comentar está escrito desde la ciencia política y, sin embargo, no solo “toma en cuenta el factor tiempo”, sino que tiene en él, sobre todo en la primera parte, su esqueleto fundamental. Se trata del estudio de la memoria como elemento vertebrador de la relación entre dos tiempos históricos distintos, y para ello se adopta una perspectiva que es nítidamente procesual. Además, cualquiera que lo lea con ecuanimidad apreciará que su resultado no es en absoluto fragmentario, poco exhaustivo o superficial; de hecho, aborda el estudio de un fenómeno donde se produce la “síntesis” de los procesos históricos, del mecanismo por el cual el legado agregado de la historia condiciona las acciones del presente. Se trata, pues, de un libro que, como otros muchos (véase el magnífico trabajo de Charles Ragin, The Comparative Method, Berkeley, UCLA Press, 1987, como contrapunto a las inquietantes afirmaciones que sobre dicha cuestión hace Tusell, págs. 109-113), demuestra que las oposiciones maniqueas entre una perspectiva estática,superficial, modelizante, teoricista e incapaz de comprender la verdadera naturaleza de los procesos sociales, propia de la ciencia política, y una perspectiva desnortada en el tratamiento de los datos, caprichosa en la formulación de las preguntas, ateórica, erudita, cuasi-literaria e incapacitada para el análisis, propia de la historia, son felizmente cosa del pasado, o de reflexiones ancladas en él al calor de una confortable trinchera de la que no se quiere o, simplemente, no se puede salir.


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