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Máquinas como yo, última novela de Ian McEwan (Aldershot, Reino Unido, 1948), aborda el tema de la inteligencia artificial y, más concretamente, la fabricación de androides. Se trata de una distopía ambientada en el Londres de los años ochenta en la que los acontecimientos no discurren tal y como fueron realmente, ya que según estas páginas Inglaterra perdió la Guerra de las Malvinas y los británicos contemplaron el final de Margaret Thatcher.

Máquinas como yo (Anagrama), 360 págs.

Además, el científico Alain Turing, descifrador de los códigos de la Segunda Guerra Mundial, no se suicidó sino que está muy activo y ha logrado importantes logros tecnológicos como fabricar unos prototipos sintéticos a los que denomina Adán o Eva, según su sexo. Es una época de grandes avances mientras en las calles londinenses crecen la agitación social y las protestas contra la guerra. En esta atmósfera McEwan sitúa esta perturbadora historia.

McEwan construye una ingeniosa trama en la que plantea la responsabilidad y la culpa, así como la posibilidad de que un androide o máquina actúe contra el hombre

El protagonista es Charlie Friends, un abogado treintañero y casi arruinado que se gana la vida pujando en la Bolsa, vive en un pequeño apartamento y su único aliciente es la relación sentimental con su vecina, una estudiante llamada Miranda. También le apasiona la tecnología punta y decide concederse su gran capricho: comprar uno de los androides que fabrica Turing, en el que gasta gran parte de la herencia de su madre, aunque en realidad no sabe bien si lo quiere a modo de juguete o como persona de compañía.

La máquina, una vez cargada, se puede configurar de forma que Charlie y Miranda, según el manual de instrucciones, escogen los rasgos que más les gustan. Inicialmente, Adán solo es capaz de realizar tareas manuales, pero poco a poco va adquiriendo autonomía y comienza a mostrar grandes dotes intelectuales, incluso compone multitud de haikus que dedica a Miranda de quien se ha enamorado. Charlie contempla horrorizado lo inevitable pues nunca pensó que su máquina fuera capaz de amar. Comienza entonces un complejo triángulo amoroso, situación peliaguda que sobrelleva con resignación mientras contempla cómo el sentimiento por parte del androide hacia su amante se manifiesta cada vez más efusivamente.

Adán continúa ganando terreno y le dice a su dueño que Miranda le ha mentido acerca de un oscuro secreto del pasado, tema que más adelante se explicita como un turbio asunto relacionado con una violación sufrida por ella y que tuvo consecuencias judiciales. Charlie vive sumergido en un clima de desconfianza y sobresalto, dominado por un ser que él ha comprado y cuya actuación se le escapa de las manos. Esto siente: «Miedo, falta de confianza en mí mismo, furia». Y su pensamiento acerca de la bondad de las máquinas comienza a quebrarse: «Los teóricos predijeron una inteligencia artificial refinada, guiada por principios bien conocidos; inteligencia con un aprendizaje de consulta de miles, de millones de dilemas morales. Tal inteligencia podría enseñarnos cómo ser, y cómo ser buenos. Los humanos éramos éticamente defectuosos: incoherentes, emocionalmente lábiles, proclives a la parcialidad, a los errores de cognición».

Adán, además de ayudar en las tareas domésticas es un genio para las finanzas y ha conseguido una fortuna de forma que Charlie comienza a gastar desenfrenadamente e, ilusionado por mejorar su estatus económico, proyecta mudarse de casa. Pero el dominio del androide sobre la pareja es cada vez mayor, sus dotes mentales han progresado y si es capaz de amar y enriquecerse quizá también sea capaz de traicionar.

Y la venganza llegará de una forma tan poco sutil y tan dura que descoloca totalmente a su dueño«Se suponía que Adán era superior a mí moralmente. Nunca encontraría a nadie mejor. Si hubiera sido mi amigo, habría sido culpable de un desliz cruel y terrible. El problema es que yo lo había comprado; era un pertenencia costosa y no estaba claro cuáles eran sus obligaciones para conmigo, más allá de una vagamente asumida disponibilidad para serme útil». Quien parecía que podía ser su compañero o incluso su esclavo se había convertido en su amo. La angustia es tan fuerte que decide destruir a su querido y a la vez odiado androide, tarea que le acarreará serios problemas, entre ellos una agria discusión con Turing, gran defensor de sus creaciones: «Usted no solo destruyó la cabeza de su juguete como un niño mimado… trató de destruir una vida. Su Adán era un ser sintiente. Tenía un yo… ¿cree usted que somos los únicos con un don especial?».

McEwan construye una ingeniosa trama en la que plantea un elenco de cuestiones éticas de diferente signo: la responsabilidad y la culpa, la débil frontera entre el amor y el desengaño, los secretos de pareja que dañan una relación, así como la posibilidad de que un androide o máquina actúe contra el hombre. Tecnología versus humanidad. La novela, inquietante de principio a fin y ácida en ocasiones, ofrece una reflexión acerca de cómo la utopía caprichosa de un inocente personaje concluye en una auténtica pesadilla.

ZOZOBRA SOBRE LAS POSIBIBILIDADES DE LA TECNOLOGÍA

El autor, que nunca ha eludido en su literatura cuestiones de alto nivel imaginativo o extremadamente espinosas, explora ahora las ventajas y limitaciones de la inteligencia artificial desde una óptica que se adelanta a un futuro incierto y presenta a unos androides que son capaces de amar, trabajar, tomar decisiones e incluso hacer todo eso mejor que el hombre. Hay unas palabras de Turing que resultan ilustrativas respecto a esta cuestión: «Millones de seres mueren de enfermedades que podemos curar. Millones de seres viven en la pobreza cuando existen medios para abolirla. Degradamos la biosfera cuando sabemos que es nuestra única casa, nos amenazamos con armas nucleares cuando sabemos adónde podrían llevarnos tales amenazas. Amamos las cosas vivas pero permitimos la extinción masiva de especies. Y todo lo demás: genocidios, torturas, esclavitudes, asesinatos de género, abusos de menores, tiroteos en escuelas, violaciones y otras muchas atrocidades diarias. Vivimos en estos tormentos y no nos asombramos cuando aun así encontramos la felicidad e incluso el amor. Las mentes artificiales no saben defenderse con tanto éxito».

Máquinas como yo resulta interesante por los temas planteados aunque queden simplemente esbozados y siembra la zozobra acerca de las posibilidades de la tecnología mientras pone el acento en las carencias del hombre. Todo descrito ágilmente, con la pluma afilada de McEwan que en este caso resulta extremadamente versátil y exhibe una voz casi siempre provocadora, en muchas ocasiones humorística y que en algunos casos roza lo siniestro. Esta sería, quizá, la gran pregunta: ¿la máquina a favor del hombre o contra él?


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