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La esperada novela de nuestro Premio Nobel visita ya los escaparates de las librerías y se introduce en las bibliotecas privadas de innumerables españoles. Que el gran Camilo José Cela publique algo no sólo es noticia para los medios de comunicación, sino también, y es lo más importante, para la historia de la literatura escrita en castellano. Desde que diera a la luz pública, en 1942, La familia de Pascual Duarte, Cela se instaló en la loggia mayor de la prosa española contemporánea y allí sigue desde entonces, terne en la cumbre de nuestra lengua, inasequible al desaliento creativo y al más mínimo atisbo de descenso en su altísimo itinerario. Jalonan su impresionante carrera novelas como Pabellón de reposo (1943), La colmena (1951), San Camilo 1936 (1969) o Cristo versus Arizona (1988), de inolvidable permanencia en el salón del trono de nuestra memoria.

Cela es un escritor excepcional, pero también una persona extraordinaria. Lo ha sido todo en esta vida y, sin embargo, guarda en el fondo de su alma tanta alegre incredulidad y tanto delicado escepticismo que no puede tomarse su merecido éxito en serio, porque sabe que estamos hechos de la misma materia frágil y quebradiza que los sueños. Para insistir en esa identificación, santificada por el mago Próspero en The Tempest, Cela ha urdido Madera de boj, su última novela. Recordemos que el boj produce una madera muy dura y densa, que simboliza la capacidad de resistencia de las gentes que viven en la Costa de la Muerte, allá por donde el cabo Finisterre le dice adiós a Europa, muy cerca de Iria Flavia, la tierra natal de don Camilo. No servirá dicha madera para construir vigas de hogares, pero no cabe duda de que resulta muy difícil —según el propio Cela— «que se pudra o se resquebraje». De ese modo, los melancólicos subtítulos que acompañan a los cuatro capítulos de que consta la novela, ni más ni menos que «Cuando dejamos de jugar al rugby», «Cuando dejamos de jugar al tenis», «Cuando dejamos de pescar con artes prohibidas» y «Cuando dejamos de jugar al cricket», encuentran en el boj una contrapartida metafórica para seguir luchando y conservar intactas las ilusiones.

En cada página de Madera de boj se rinde culto a la Poesía con mayúscula, ésa que no dialoga con el vacío ni se nutre de absurdas confesiones individuales; ésa que, en cambio, bebe de la fuente colectiva y desarrolla un lienzo en el que todos caben, al modo en que los viejos bardos tejían sus cantares de gesta para santificar a la tribu de donde procedían sus héroes, dando simbólica cabida en las hileras de sus versos a todos sus connacionales. La Costa de la Muerte gallega ha encontrado su bardo en Cela, que le transmite en Madera de boj el Volksgeist que perdió o que, acaso, no tuvo nunca, un Volksgeist del que puede sentirse justamente orgullosa la Galicia finisterrana por obra y gracia de la pluma de uno de sus hijos más ilustres.

Enriquecen y amplían el ya de por sí riquísimo castellano del maestro una larga serie de expresiones en gallego —incluidas jergas locales, como la hablada en la zona— y en ese pintoresco inglés que sirve a los marineros de distintas nacionalidades para comunicarse entre sí. Todo ello hace trabajar al lector, que ha de esforzarse en el desciframiento del libro, y es precisamente ese esfuerzo lo que, al final, le hará disfrutar más de la lectura de una novela literalmente acribillada de loci memorabiles.


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