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UNA  DE  LAS  AUSENCIAS  MÁS  INJUSTAS  en mis Cien mejores poesías de la lengua castellana es, sin lugar a dudas, la de Luis Rosales (1910-1992). Me lo recriminaban la otra tarde unos buenos amigos en la cervecería Santa Bárbara. Yo les dije que no sabía muy bien por qué razón, pero el caso fue que el gran poeta granadino se me descolgó de la  lista  final,  y que lo sentía de veras. Mis interlocutores no eran otros que Elena Cánovas, Félix Piñero y Ángel Guache, de manera que sus reproches no podían caer en saco roto. Félix se puso a recitar de memoria un soneto de Rosales, precisamente el que sirve de «zaguán» -así lo llama el poeta- a La casa encendida. Ésa es la pieza que ahora ofrezco, con ánimo de hacerme perdonar y con mucho, mucho cariño, porque tuve el honor de coincidir no pocas veces con Luis Rosales cuando éste no se había  mudado  aún al otro lado del espejo, y  en todas ellas pude disfrutar de su ingenio, de su hombría de bien y de su simpatía. Transcribo el soneto del ejemplar de La casa encendida que perteneció a don Santiago Magariños (número 16.810 de su biblioteca), con dedicatoria autógrafa del maestro. La referencia bibliográfica completa es la siguiente: Luis Rosales, La casa encendida, con dibujos de José Caballero, Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1949 (colección «La Encina y el Mar», número 4), página 19.

 

TEMBLOR JUNTO A LA MEMORIA

Si el corazón perdiera su cimiento
y vibraran la tierra y  la madera
del bosque de la sangre, y se pusiera
tu propia carne en leve movimiento

total, como un alud que avanza lento
borrando en cada paso una frontera,
y fuese una luz fija la ceguera
y entre el mirar y el ver quedara el viento,

y formasen  los muertos que más amas
un bosque ciego  bajo el  mar  desnudo
-el bosque de l.a muerte en que deshoja

un sol, ya hacia otra tarde, su oro mudo­
y volase un enjambre entre las ramas
donde puso el temblor  la primer hoja …


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