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Éramos pobres pero teníamos Francia. Tras el divorcio de mis padres, Michel trajo a mi madre un amor sencillo y diurno, y a mí me regaló Francia entera, unos abuelos franceses, otro idioma y otros veranos, verdes y fluviales. Todo lo que a uno le regalan en la adolescencia le pertenece para siempre, y yo me hice francés a los quince años, con la determinación inapelable de los quince años.

 En aquellos veranos no fumaba Marlboro, como hacía en España. Compraba Gauloises porque era lo que se fumaba en los libros de Julio Cortázar, que también era un francés electivo. A veces, compraba Gitannes, porque sonaba mejor. Me los fumaba en paseos solitarios, a escondidas, con el pretexto de explorar la ciudad por mi cuenta, lejos de la familia. Me fumaba Francia en caladas ansiosas, encantado de parecer y de sonar extranjero. Me fumaba su silencio de provincias de las seis de la tarde y sus contraventanas cerradas. Me fumaba todo el desembarco de Normandía, sus bandos gaullistas en las paredes de las mairies, sus avenidas Président Wilson, General Lécrerc y Légion Tcheque. Me fumaba sus Géant Casino, sus tiendas de BD y sus boulangeries.

 Éramos pobres pero teníamos los veranos en el camping de Durtal, donde mis nuevos abuelos habían anclado una caravana enorme, bajo cuyo toldo daban de comer a toda la familia comidas francesas de tres horas a la orilla del Loir. Allí, en un embarcadero de madera, leía a Proust, porque, si quería ser un escritor francés, debía leer a Proust, y lo leía en un paisaje muy parecido al de Combray, que estaba ciento y pico kilómetros río arriba, en dirección a París. Yo recorría sentado el camino de Swann y Francia entera era mía en aquellas tardes de Durtal. Michel me sorprendía leyendo a Proust y me contaba que él había ido a la escuela con un sobrino-nieto suyo. El primer día, al pasar lista, el profesor bromeó con su apellido. ¿No será usted familiar de Marcel Proust, verdad? El chico, muy serio, le dijo que sí, que era su tío-abuelo, y el profesor no quiso creerle. En aquella escuela perdida de provinces, él tenía sangre de gloria nacional en uno de sus pupitres. Aquello era más grave que una aparición mariana, pero el chico lo decía con una naturalidad de blasfemia. Para el alumno, ser pariente de Proust era lo normal, como si se pudiera ser pariente de Proust sin prosodia ni ceremonia, sin una sola frase subordinada, sin un triste adjetivo.

 Michel me contaba todo eso, pero yo no escuchaba. Tenía quince años, me estaba fumando Francia y aquello me parecía una frivolidad y una estupidez. Él habría ido a clase con el sobrino-nieto de Proust, pero yo entendía a Proust porque era de su estirpe. Yo sería un escritor francés, me ligaría a él con una liaison más fuerte y noble que la sangre, sería su pariente de letras, el sobrino-nieto letraherido. Sólo quería que mi padrastro (pues cuando me irritaba se convertía en eso, en mi padrastro) dejara de molestarme con sus anécdotas escolares para soñarme cien kilómetros río arriba, en el pueblo llamado Illiers-Combray. Lo tenía localizado en la guía Michelin del coche de Michel y me había enterado de que, hasta 1971, se llamó sólo Illiers. Pero, ese año, sus vecinos se rindieron y añadieron un guión seguido de su verdadero nombre, el que le puso Proust. La literatura ganó a la toponimia, y entonces me pareció algo hermoso y justiciero. Sentí mucho más amor por mi nuevo país.

Francia me dio otra historia y otro pasado. Cuando no estaban en Durtal, mis abuelos franceses vivían en una casita de Angers que ellos mismos habían construido en un barrio donde todo el mundo se había construido su casa. En la primera y la segunda planta reinaba la abuela, pero en el garaje y en la cave mandaba el abuelo Louis, con su desorden, su grasa y su poso de aperitivo anisado. Compraba vino a granel que él mismo embotellaba y etiquetaba. Una parte de la cave era la bodega en sí, con hileras de botellas tumbadas de todos los castillos del viejo Anjou, cuyas añadas se distinguían antes por el grosor de la capa de polvo que por la numeración de la etiqueta. La otra mitad del subterráneo eran estanterías con papelotes. Miles de recortes de periódico y documentos. Casi todos de la guerra y de los años cincuenta. Una hemeroteca socialista y resistente, el legado político del sindicalista Louis.

 Porque aquel anciano de sordera vespertina y sonrisa madrugadora había sido un héroe nacional. Ferroviario nacido en Burdeos (y sus raíces bordelesas eran también motivo de admiración, como si procediese de un sur salvaje y republicano y no se hubiera adaptado al noble y civilizado país del Loira), le tocó mover trenes por la Francia ocupada. Era joven, socialista y de Burdeos, así que la Resistencia le reclutó enseguida. Deseaba dejarse reclutar. Boicoteaba vías, inutilizaba locomotoras, ayudaba a colarse a los resistentes que colocaban las bombas o les pasaba hojas de ruta con los horarios y las estaciones de convoyes que se podían asaltar o descarrilar. Allí, en aquellos papelotes, junto a sus vinos de Anjou legitimistas, se exhibía su orgullo republicano.

 Mi abuelo francés se recreaba en su pasado porque estaba muy orgulloso de él y sabía que el país se sentía también orgulloso. Vivía en el lado bonito de los libros de texto. Cuando sus nietos estudiaban historia en clase, le estudiaban a él, le admiraban a él. Era algo insólito para mí, que bajaba a la cave mareado por el empacho de rillettes y frases de Proust. El pasado como orgullo. El pasado como explicación. Yo venía del silencio español, de la vergüenza y del déjalo estar. Me abrumaba tanta palabra. Estaba acostumbrado a encontrar a mi abuelo carnal en los márgenes de los libros de texto, en la parte medio dicha de las conversaciones y en las frases interrumpidas con carraspeos. Creía que todos los abuelos rumiaban el mismo silencio culpable y avergonzado, pero en Francia, aunque la hierba era más verde, jugosa y abundante, más propia de cuadrúpedos mansos, los abuelos se pintaban heráldicos y carnívoros. No parecían rumiantes silenciosos, sino leones en sobremesa, satisfechos con su caza.

 Todos en Francia eran parientes de Proust. Todos convertían su pasado en literatura libérrima y magnífica, con frases que no pedían disculpas ni callaban nada. Como Proust, los abuelos franceses querían decirse enteros. Como Proust, tenían un país dispuesto a escucharles y darles la razón. Menos mal que tenía Francia. Menos mal que tenía Durtal y el Loir y la cave del abuelo Louis. Me gustaba más mi pasado francés que mi pasado español, pero hoy sé que sólo caminaba hacia mi pasado español dando un rodeo. Por eso, esta historia empieza en Francia, a mis quince años, aunque arranca de verdad en España a mis diecisiete, el día que oí hablar, como si lo hiciera por primera vez, a mi abuelo real, que parecía tan de mentira al lado de mi abuelo francés. Tan poco abuelo, apenas una presencia sorda y quieta. Supe que mi abuelo era raro al mismo tiempo que me apropié de Francia, en la cave de aquel otro abuelo mucho más plausible, hecho de sonrisas y pellizcos en la mejilla. Fue en Francia, tan pobre y tan fumador clandestino, tan cursi y tan altivo, donde descubrí lo extraña y silenciosa que era mi estirpe.

 Cuando parecía que ya había dicho las pocas palabras que quiso decir, a sus ochenta y dos años, con los riñones secos, encamado durante meses y a la espera de una muerte impuntual y desganada, José Molina habló. Él, tan sobrio, alcanzó la gloria literaria en doce palabras justas. Ante sus hijos, nietos y hermana, ante toda la familia que abrazaba en media luna la cama mortuoria, apartó a su mujer y le dijo con una voz que guardaba fríos de otros siglos: Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos. Era una frase extraña, de orden perfecto y arte mayor. Un hexadecasílabo de cantar de gesta, anterior al castellano. De todas las combinaciones posibles de palabras, escogió la más rotunda, como si llevara años ensayándola, probando variantes, buscando el efecto más demoledor. Es la mejor frase que he escrito en un libro. De ti no quiero ni que me cierres los ojos. Después de aquello, sólo cabía morirse con los ojos bien abiertos.

 ¿Cuántas décadas de rencor caben en esas dieciséis sílabas? ¿Cuánta amargura, cebada invierno tras invierno, hace falta para destilarlas? Para libar un licor de esa densidad literaria se necesitan varias novelas rusas. Se requiere un silencio de altísima calidad, hervido durante años, para conseguir esas dieciséis gotas de odio refinadísimo, escanciadas justo antes de morir en la misma cara de la mujer con la que se ha pasado la vida. Yo tenía diecisiete años cuando las escuché, y durante un tiempo creí que sólo yo las había sentido. La familia no les dio gran importancia. Era la aspereza definitiva de un hombre áspero, el golpe final. Pero yo tenía diecisiete años y toda la literatura del mundo. Aunque esas palabras no iban contra mí, en mí se quedaron.

 No era mi primera mirada a la muerte. En mi familia hay mucha costumbre de morirse, y desde muy niño he visto los efectos que los funerales tienen en los vivos. Mi tía Bibi, esa mujer amable y andariega que me llevaba a robar monedas de yacimientos romanos, murió atropellada por un tren. Y mi tío Jane, policía risueño y chistoso con una colección de armas antiguas que me fascinaba, fue arrollado por una pancreatitis asesina que le dejó cadáver en pocas semanas. Yo era un niño cuando murieron, y ambos fueron tíos solteros y entregados al sobrinazgo, personas que no pasaban desapercibidas en los afectos de un chaval. Cuando José Molina le dijo a su mujer que de ella no quería ni que le cerrase los ojos, yo ya sabía todo lo que había que saber sobre la muerte, pero no había visto morir a nadie. Tampoco había oído nunca un odio tan hexadecasílabo y perfecto. En ninguna de las novelas que leía con mi pasión de escribidor juvenil encontré nada parecido. Toda mi literatura se expande a partir de ese instante primordial. La última sentencia de mi abuelo fue también mi primera frase.

 A finales de los setenta, José Molina tenía todos los libros importantes que se habían publicado sobre la guerra civil. Las referencias bibliográficas más sólidas, los pilares de la historiografía, hoy caducos, aunque se replican citados en notas al pie de página y en todas las bibliografías con el prestigio infantil de lo clásico. Mi abuelo, desahuciado de la vida escolar desde los quince años, acumuló en la década de los setenta una biblioteca guerracivilista digna de un profesor universitario. Los que estuvimos en la batalla del Ebro, de Fernando Estrada Vidal, lleva aún una etiqueta del departamento de librería del Corte Inglés. El título está impreso en letras rojas sobre una foto en silueta de un soldado. Deduzco una tarde laboral aburrida de un mes aburrido. Entre semana, sin muchos clientes. José Molina pasearía por otras plantas del Corte Inglés de Preciados. O vendría de tomarse un descanso y de reprimir las ganas de aflojar el nudo de la corbata. Aquellas letras en rojo debieron de ser un latigazo en la retina. Los que estuvimos en la batalla del Ebro. Qué anzuelo tan agudo para un pez tan manso. Los que estuvimos en la batalla del Ebro, los que compartimos un secreto. Tú, José Molina Bueno. Tú, que estuviste allí conmigo. ¿Cuánta de esta gente estuvo en la batalla del Ebro? ¿Cuántos de estos señores que vienen a que les cojan los bajos del pantalón estuvieron en la batalla del Ebro? ¿Cuántos de tus jefes han seguido andando con las alpargatas de un muerto, porque las suyas estaban deshechas? ¿Cuántos de estos jóvenes cursis han abierto una lata de sardinas con la bayoneta? Nosotros estuvimos en la batalla del Ebro, decían las letras rojas, en un grito que sonaba a susurro de narcotraficante. Tú y yo estuvimos en Gandesa, en Corbera, en el corazón del fuego, bajo la bóveda de obuses. Tú, José, sabes de qué hablo. Nadie más aquí sabe qué fue la bóveda de obuses ni lo que se enterró a los pies del Coll del Coso. Nadie aquí ha visto tantas tripas abiertas. ¿Sabe el caballero del bisoñé al que le tiraba la sisa de la chaqueta a qué huelen los sesos de un chaval de quince años? ¿Sabe esa señora que acaba de devolver la camisa azul marino de su esposo cómo se camina cuando llevas tanta mierda en el uniforme que ya no distingues la tuya de la de los demás? ¿Se le ha quedado al joven de las corbatas chillonas el máuser atascado en la cuarta bala mientras el enemigo lanzaba bombas de barrilete?

 


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