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La historia de León Felipe es, como su poesía, un símbolo de lo extraordinario y de lo cotidiano a un tiempo, la de un hombre de la tierra castellana y de su sencillez, pero que vuela sobre ese polvo y ese viento hasta esculpir poemas infinitos. Su historia es la de un país, o mejor dicho, la de dos, sus dos patrias, ambas queridas y ambas dolorosas.

León Felipe es el hombre que pierde una patria para encontrar otra, que pierde una vida para inventar otra, que pierde un patrimonio, unas ilusiones, un pasado y un sueño para encontrar otro más allá del océano. Toda una generación, la de los exiliados de la República, los tras-terrados, los derrotados por el fascismo y la intolerancia, tuvo que inventar su nueva patria en el país que les acogió, en el México republicano del general Lázaro Cárdenas, que abrió los brazos a obreros, a sindicalistas, a maestros, a artistas y a intelectuales como el ilustre zamorano.

Decía Federico García Lorca tras sus viajes americanos que «el español que no ha estado en América no sabe qué es España». Y Valle-Inclán profetizaba antes de que el país se desmembrara que «España no está aquí, está en América. En México está la esencia más pura de España». Lamentablemente a ambos les dio la razón la sangría de la guerra civil española y el posterior destierro y exilio de toda una generación. España se empobreció con una visión monolítica y sesgada, estrecha ideológicamente, y México se enriqueció con su generosa acogida al poner su tierra al servicio de toda esa simiente intelectual, artística y republicana que lloraba su patria y deseaba inventarla de nuevo allende los mares. Ellos supieron, León Felipe, y Bergamín, y Domenechina, y Max Aub, y tantos y tantos otros, inventar una España mejor allí, sin estridencias ni folclorismos, y esa España nueva y mejor se llamó y se llama México. Por eso León Felipe es poeta español y mexicano, por eso y porque llegó allí antes de la guerra de la mano del gran poeta e intelectual Alfonso Reyes, quien tuvo que sufrir el exilio en sentido contrario y que acogió a generaciones de republicanos. Y porque allí dejó una herencia presente en cada rincón y cada poeta del país.

León Felipe murió en México en septiembre de 1968, semanas antes del peor episodio de la historia mexicana de la segunda mitad del siglo XX, la matanza de estudiantes de Tlatelolco, en Ciudad de México, donde el 2 de octubre de ese año murieron un número ingente, aún sin definir con exactitud, de inocentes y soñadores jóvenes mexicanos.

Ese fue el sangriento epitafio del poeta, escrito con la misma sangre inocente que anegó la España que tuvo que abandonar llena de cunetas y paredones convertidos en cementerios, y con la misma que hoy se entierra en fosas comunes en muchos estados mexicanos. Leer a León Felipe hoy, escucharle a él y a su mujer, la mexicana Berta Gamboa, desde una España en paz que mira a un México asolado por situaciones de violencia e injusticia insoportable hoy en día, supone un nuevo reflejo barroco y un amargo y eterno retorno.

Ese es nuestro homenaje, recordar al gran poeta y al hombre comprometido con su tiempo y con sus ideas, el inmenso humanista que nos dice con cada verso lo que somos y seremos siempre: «El hombre es lo que importa. El hombre ahí, desnudo bajo la noche y frente al misterio, con su tragedia a cuestas, con su verdadera tragedia, con su única tragedia… La que surge, la que se alza cuando preguntamos, cuando gritamos en el viento: ¿Quién soy yo?»


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