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«Allí donde queman libros acaban quemando hombres».
Heinrich Heine

«Arrasado el jardín, profanados los cálices y las aras, entraron a caballo
los hunos en la biblioteca monástica y rompieron los libros incomprensibles
y los vituperaron y los quemaron, acaso temerosos de que las letras
encubrieran blasfemias contra su dios, que era una cimitarra de hierro».
Jorge Luis Borges

Fue en el 925 cuando los hunos irrumpieron en la biblioteca benedictina de Saint Gall con el afán de robar no sólo el oro y los metales preciosos, sino también para destruirla por completo. No encontraron libro alguno en esa la biblioteca más famosa de la región. Nunca supieron que aquella monja insignificante, con apariencia de eremita, a quien habían vejado y asesinado, tuvo una visión la noche anterior. Gracias a su diligencia, Wilborada salvó los ejemplares de la hecatombe, y desde entonces los amantes de los libros la tienen por patrona. Clemente II la proclamó santa el año 1047.

El modelo funciona para aplicarlo a otras escalas, diversos ambientes y multitud de símiles. La Historia universal de la destrucción de libros de Fernando Báez se suma a la lista de obras que han reseñado algunas sinrazones de la historia. Me corrijo: no se suma con simpleza; digamos que compendia las anteriores, las sintetiza y aún las supera.

La pregunta por la destrucción del libro remite a su surgimiento, y éste conduce por necesidad al problema de su definición: qué es un libro. El primer ejemplar de la Biblia de Gutenberg, pongamos por caso, era un libro, el mismo que tradujo san Jerónimo. Pero distinto. El ejemplo permite observar que por libro se entienden al menos dos cosas: la obra y el objeto.”Esta ambigüedad mengua la lucidez de la definición.”

a) El libro como objeto. La nota básica de todo libro es ser soporte o receptáculo de un mensaje. Los libros están ahí para ser leídos. El deseo mínimo del escritor, por ejemplo, es que al menos los amigos y parientes le lean. Un libro en blanco no sirve para nada porque no puede leerse, es ilegible. Pero con propiedad, un libro ilegible no es un libro, es un remedo, un símil (Aristóteles diría que lo llamamos libro por un efecto de homonimia).

Nos asalta entonces una pregunta: ¿qué sucede con esos libros escritos en un idioma que no nos pertenece y que jamás aprenderemos: hasta qué punto será justo llamarlos libros? Nadie duda del carácter singular y preciso de un libro escrito, por ejemplo, en swahili, un idioma eternamente extraño para mí. Si no pongo en duda el carácter de estos libros, mucho menos titubearían los keniatas. Y sin embargo, su contenido me está vedado. El libro contiene algunas ideas sólo descifrables por el lenguaje. La llave que las abre es el lenguaje. El libro está ahí sólo como garante y sustrato de esas ideas.

Habrá tantas especies de libros como combinaciones entre ideas y lenguajes. ¿Qué se puede entonces decir de esos libros imposibles de leer por reproducir sólo imágenes? Pongamos por caso un libro de fotografías. El fotógrafo se expresa mediante un lenguaje no escrito sino gráfico. El hombre ciego no podrá tener acceso a dicha obra, como yo tampoco puedo abordar los libros en swahili.

La tecnología multiplica los tipos de soportes. En cierta época, todos los libros eran de papel; ahora los hay también electrónicos, digitales, con sonidos (allí están los audiolibros) o en láminas de estaño, como los del artista Anselm Kiefer. Cierto instinto de conservadurismo nubla la vista de quien defiende a capa y espada la univocidad del libro de papel. En la historia del libro, el papel ha triunfado largos siglos, pero el papel no es decisivo. De hecho existen hoy algunos con la pretensión de eliminar los anticuados (sic) libros de papel.

b) El libro como obra. La Ilíada y la Odisea eran obras populares mucho antes de que Homero las pusiera por escrito, pero no se puede afirmar que fueran libros, en el sentido contemporáneo, pues carecían de todo soporte físico. Las obras rodaban como monedas etéreas de griego en griego.

Alguno podría argumentar que el receptáculo de esa obra era la tradición oral y que, por lo tanto, aun antes de Homero sería válido ya calificar a estos poemas como libros. Difiero de esa opinión, pues el concepto de libro implica cierta independencia de las personas, incluso física. El Quijote ya no le pertenece a Cervantes, ni Anna Karénina a Tolstói. El ejemplo paradigmático es la música: sin un agente ejecutor no se tiene música, porque ni la partitura ni el piano, por sí mismos, son música.

Un libro se distingue de una revista por el contenido, quizá también por el formato1 y sin duda por la tirada. Los libros no se vierten periódica ni regularmente. No existen las tiradas semanales, quincenales, mensuales o semestrales del mismo libro, al menos no de manera programada de antemano. El hecho de que un libro se reimprima o reedite no es motivo suficiente como para asemejarlo a la revista. La Biblia, se dice, es el libro más veces editado y traducido, vendido y acaso también leído (ojeado al menos), muchas más que cualquier revista. Y sin casualidades, la Biblia es el Liber Librorum. Las numerosas ediciones y reediciones de algunos libros sólo los confirman o afianzan en su carácter de libros: cada número de una revista es diferente, mientras que, en esencia, las distintas ediciones de un libro lo repiten siempre (son excepcionales las obras con diferencias importantes entre dos ediciones).

Antes de publicarse un texto, de rigeur, no puede llamársele libro. Imaginemos una obra que se quemó en la editorial justo antes de salir al mercado. Por fortuna, el editor logró rescatar un ejemplar. ¿Es eso un libro en el sentido cabal de la palabra? La diferencia respecto de Otelo, del cual tenemos millones de copias, no parece ser sólo numérica. Tampoco el número de ejemplares tirados, vendidos, comprados, regalados, incluso leídos, es determinante. Y sin embargo, para hablar de libro (a partir de cierta época), debe seguirse un protocolo de fabricación y de publicación. Hoy se usa la palabra tirada para designar el número de ejemplares publicados de un libro. Empero, antes no se publicaban los libros de la misma forma como se publican ahora: entre los griegos, por ejemplo, un esclavo leía la obra en el ágora, a voz en cuello, frente a un público. En el momento en que Homero publicó la Ilíada, esa obra dejó de ser una leyenda para convertirse en un libro. Aunque los procesos de publicación son diversos y están sujetos a evolución, la publicación es determinante para llamar a una obra.

En este sentido, Anne Frank no pretendió, acordemos, escribir un libro, mucho menos ser la autora de un libro famoso a lo largo y ancho del planeta. Su única y legítima pretensión era escribir un diario privado. Un diario no es exactamente un libro, aunque pueda convertirse en ello. El Diario de Ana Frank es uno de los libros más leídos en el mundo2.

Fernando Báez no entra a estas discusiones. Da por sentado sencillamente que todo objeto con información (para decirlo sin esfuerzo) es un libro. Pero esta imprecisión desata una nueva problemática: ¿acaso la caja de cereal con la información acerca de lo nutricio y lo no nutricio es también un libro, o lo será el empaque de un fusible o la pera de la bombilla eléctrica que registra la marca y el voltaje, o la bolsa de plástico con tinta roja que advierte el riesgo de asfixia para los bebés? Esos objetos no son libros y, sin embargo, son portadores de información. El cine ofreció otra muestra con la película Memento, donde un hombre con una memoria limitadísima tatuaba las verdades más relevantes en su propio cuerpo.

HISTORIA DEL LIBRO Y DE SU DESTRUCCIÓN

La discusión no es trivial. Estas circunvalaciones pretenden desmentir uno de los primeros juicios de la Historia universal de la destrucción de libros. Báez escribe que el libro surgió hace unos 5.300 años. «Los signos —de las tablillas— llegaron a ser entendidos no sólo como signos sino como sonidos. La escritura se tornó más abstracta y hacia el año 2000 a.C. los escribas dotaron a cada signo de una complejidad tal que redujo su número». Esto parece innegable, aunque exista sólo evidencia indirecta, pues las tablillas más antiguas que conservamos pueden fecharse entre los años 4100 y 3300 a.C. De pronto, el autor da un brinco de vértigo, cuando asegura que estás primeras tablillas eran ya libros. Ninguna justificación ofrece a favor; lo afirma. Y Báez apuesta por un inicio sincrónico de la civilización, la escritura y el libro (e incluso de su destrucción). La aseveración es mayúscula, y desafortunadamente no se detiene lo suficiente en ofrecer pruebas. Pasa de largo. Es comprensible que el autor de la Historia de la destrucción de los libros reseñe los primeros textos destruidos; pero de allí a afirmar que esas primeras tablillas eran ya libros hay una zanja a sortear.

Las tablillas, pues, fueron las primeras superficies escritas. Por un prurito de exactitud o fidelidad histórica se debe añadir que antes de las tablillas se utilizaron en Sumer esferas de arcilla con signos grabados (Denise Schmandt-Besserat, Before Writing, Austin, 1992). Se sospecha también que hacia el 3400 a.C. hubo alguna especie de protojeroglíficos, al menos, en las tumbas de Abidos, en Egipto. Sea como fuere, la polémica sitúa a Egipto y Sumer como las regiones donde pudo haber comenzado la escritura. Que cobró paulatinamente importancia. La mitología sumeria, hacia el 2750 a.C., condenó a Enmelar, rey de Uruk, a beber las aguas pútridas del infierno por no haber escrito sus hazañas. Esto se sabe gracias a Engelbert Kámpfer, viajero e investigador alemán, famoso por sus viajes a Japón e Irán. Kampfer descifró por primera vez la escritura cuneiforme, la más antigua de la que tenemos noticia.

El éxito de las tablillas fue duradero y sirvió para ampliar la tradición escrita más de lo que pudiéramos imaginar a primera vista, sobre todo después de ver en algunos museos europeos restos localizados de tablillas, (aparentemente) insignificantes. Báez recoge que las primeras bibliotecas, hacia el 3300 a.C., fueron depósitos anaquelados con cientos y en ocasiones miles de tablillas, ordenadas según la temática, con sistemas lexicográficos. Los escribas innovaron el diseño; llegaron incluso a utilizar una portada con los nombres del redactor y el supervisor. La primera escritora de la que tenemos noticia fue Enkheduanna, hija dé Sargón de Akkad, poetisa, delicada ferviente de la diosa Inanna. Los arqueólogos han descubierto también recipientes cilíndricos donde se guardaban las tablillas. El desarrollo se refleja en la diversidad de los textos escritos: registros de contables, catálogos de flora, fauna y minerales, escritos paremiológicos, poesía, inscripciones históricas, archivos familiares, resúmenes, himnos aduladores a los reyes, listas, cartas, comunicaciones oficiales, ordenanzas reales, disposiciones legales, diccionarios, listas de palabras en diferentes idiomas, traducciones interlineales, investigaciones filológicas, recuentos administrativos, obritas de mitología y religión, manuales para aprender lenguas extranjeras, refranes populares, títulos de propiedad, por citar los más relevantes y curiosos ejemplos. Se robaron por aquel entonces las primeras tablillas, o se fingía el olvido para no devolverlas, y así se tejieron amenazas poco amables: «Quien teme a Anu y Antu la cuidará y respetará».

La escritura se desarrolló por dos derroteros, siempre trenzados: el de los materiales y el de los signos. De las tablillas de barro se pasó, primero, al papiro y después al pergamino. Las investigaciones de las Etimologías (VI, 10) de san Isidoro recuperan la dignidad de Menfis como el lugar donde se inventó el papiro, producto vegetal elaborado con ciparáceas. Fueron también largos los siglos del prestigio que los egipcios primero y los griegos más tarde otorgaron al papiro. Tenía la flexibilidad suficiente para enrollarse, con todas las ventajas que conlleva: mejor almacenamiento y resistencia a las caídas, sobre todo. Por desgracia, la primera destrucción oficial de libros censurados (o rechazados; ahora da igual) fue de pergaminos. Se achaca a Akhenatón la culpa, por el deseo de consolidar su religión. Como venganza, sus sucesores, enemistados con esos propósitos, borraron su rostro de las rocas. También de papiro fue el primer libro devorado. Nefer Ka Ptah rescató el Libro de Thoth, lo sumergió en cerveza, acaso para mitigar el mal sabor de la tinta, y lo tragó. Lo que él sabía surtió efecto: de inmediato adquirió todo el saber del mundo, incluso aquellas cosas sólo conocidas por los dioses. Sucedió, sin embargo, lo imprevisto: Thoth vino del inframundo, lo asesinó y recuperó su volumen.

El más antiguo de los papiros conservados es el Dérvenis, descubierto en Macedónia, fechado a principios del siglo IV a.C. Se pueden leer ciertas interpretaciones a un poema órfico. Esto significa que todos los papiros escritos en Grecia entre los siglos IX y IV a.C. se pudieron haber ya perdido irremediablemente. Los griegos acuñaron el término biblos, en honor a la ciudad fenicia de Biblos. Leer y escribir recibieron carta de ciudadanía entre los antiguos griegos hacia el siglo V a.C. Aunque se leía en voz baja y en voz alta, esta última costumbre prevalecía3. Se conservan documentos griegos como multas a quienes maltraten lo escrito, en otros se pondera la escritura, los de allá justifican cómo la pasión por los libros derivó en comercio (mucho antes del capitalismo de hogaño). Publicar consistía, por primera vez, en una manifestación de índole social. De Grecia provienen también los primeros libros con ilustraciones: «Anaxágoras fue el primero que publicó un libro con dibujos» (Laércio 2, 11). A Alejandro Magno se le obsequió acaso con la primera edición lujosa de un libro, a saber, la Ilíada. Su editor, Aristóteles.

Las historias de filósofos ilustres y sus libros se amontonan: la propia hermana de Empédocles quemó sus poemas; el tratado Sobre los dioses de Protágoras fue censurado poco después de su publicación, lo que significó la confiscación de las copias y la hoguera para el manuscrito; Platón procuró acabar con la obra de Demócrito, a quien nunca citó; Hipócrates incendió su biblioteca; Metrocles se deshizo de las lecciones de Teofrasto, según una leyenda. Y más y más.

Es la época en la que se desarrollan las primeras ediciones críticas, se inventan los signos de puntuación, aparecen los primeros bibliotecarios profesionales, el trabajo editorial, los primeros reconocimientos a autores clásicos, los arcaísmos, las falsificaciones, las más antiguas biografías, los primeros coleccionistas (Estrabón de Amasia, según se sabe), directrices para el régimen de las bibliotecas y hasta un asesinato dentro de una biblioteca (el de Apelicón de Teos, quien comprara a los sucesores de Neleo las obras acroamáticas del Estagirita).

El papiro tampoco satisfizo, a la larga, las necesidades de la escritura. Se extinguió, según se ha podido comprobar, en 1083, con el Tipikon de Gregorio Pakourianos. Es posible que la catástrofe de la biblioteca de papiros en Alejandría haya motivado a buscar un material más resistente al tiempo y al uso, y que el mercado exigiera algo más económico. Con la piel de reses, cabras y cerdos fabricaron en Pérgamo (Frigia, hoy Turquía) los primeros pergaminos. Corrían los siglos II y III de nuestra era. El códice podía usarse por las dos caras, ventaja nada despreciable, y la superficie facilitaba nuevas técnicas artísticas. Descubrieron también que podía borrarse un texto y aprovechar de nuevo el material, y así aparecieron los primeros palimpsestos, esos fenómenos que ahora nos horrorizan: repetidas veces han surgido obras de Cicerón, Plauto, Plinio o Virgilio escondidas bajo una homilía o un tratado teológico.

En la época bizantina se incorporó el uso del papel, ideado en China. Lo llevaron a Grecia y a Constantinopla los árabes, semanas y meses a lomos de caballo. Desde entonces, la industria ha mejorado las cualidades del papel y hoy se reconoce el papel finlandés como el de mejor calidad. Hasta hace poco prácticamente nadie pensó que la tecnología podría, una vez más, amenazar el sentido convencional de libro. Bill Gates ha querido borrar todo rastro retrógrado de libro impreso en papel, y que en un futuro sea asunto de la arqueología y los museos o, al menos, de los coleccionistas y los anticuarios. En julio del 2000 se lanzó el primer e-book; las innovaciones no se detendrán por ningún flanco: muchos autores publican on-line y en blogs, la industria mejora los dispositivos electrónicos portátiles y desde finales de abril se pueden tener hasta quinientos libros en el nuevo LIBRIé, una biblioteca de bolsillo.

El filólogo mexicano Antonio Alatorre se mofó el año pasado de quienes en exceso se preocupan por la pureza del lenguaje. En resumen, viene a decir, la lengua es un organismo vivo, susceptible de adaptaciones, enfermedades, desarrollo, crecimiento, mengua, crisis e incluso de muerte. Y Borges apuntaba, con su guiño irónico de siempre, que hablamos un pésimo latín, para horror de Terencio y Juvenal. Se puede trazar un paralelismo con aquellos otros nerviosos ante la trágica desaparición del libro impreso. Sin el oficio de historiador se puede sospechar que reacciones similares hubo cuando se dejó la tablilla, el papiro o el pergamino; sin ser futurólogo, podría también sospechar que se encontrarán mejores contenedores que el papel4.

La obra de Báez se contorsiona entre estas paradojas, acaso algunas de las paradojas más decisivas de la humanidad y a las que menos atención se les había brindado. De la mano de la investigación científica y tecnológica en cuanto a medios de comunicación se refiere, está la censura, la destrucción deliberada y el olvido. ¿Escribir más para leer menos?

Shi Huandi, el emperador a quien debemos la muralla china, fue el primero en organizar una destrucción masiva de libros. El cristianismo también se ha distinguido por la censura, en todos los tonos posibles, tantos como interpretaciones ha sufrido, de libros y otras obras científicas y artísticas. Los musulmanes también han destruido muchos volúmenes y muy probablemente sean ellos los responsables de la desaparición de la Biblioteca de Alejandría. Los gobiernos regionales tienen una caterva de historias al respecto, desde la moderna Inglaterra del siglo XVI hasta las campañas en Irak por los gobiernos de Washington, Londres y Madrid. Tal parece que allí donde más (y por pura estadística, mejores) libros se producen, más se destruyen. El fenómeno es similar al de los teólogos y las herejías: cuantos más teólogos, más herejías.

Si cualquier destrucción de libros es siniestra, las últimas lo son aún más por dos razones: el número de volúmenes es inestimable y por las razones ciegas, fanáticas, casi fundamentalistas, que chocan de frente en el ambiente democrático moderno. Goebbels diseñó las hogueras nazis, alimentadas por las páginas de Mann, Remarque, Brecht, Barbusse, Musil, Zola, Zweig, Marx, Sinclair Lewis, Proust, London, Wells, Kafka, Hemingway, y hasta de Einstein. Los serbios, bajo las órdenes del general Mladic, bombardearon durante tres días enteros la Biblioteca Nacional de Sarajevo, con el perverso deseo de eliminar todos los rastros de un pueblo al que pretendían también acabar. La idea de eliminar la identidad cultural como el primer paso para borrar de la faz de la tierra a un pueblo es un acierto diabólico.

Algo muy similar demandan desde hace meses algunos especialistas, Báez entre ellos, en el caso de Irak. Los bombardeos de los aliados no respetaron la Convención de La Haya de 1954. Tampoco cuidaron los recintos culturales, como bibliotecas, museos, universidades o escuelas. Después de abandonaren 1984 la UNESCO, Estados Unidos reingresó a la misma en octubre del año pasado, según suponen, para evitar líos por estas violaciones comprobadas. Llevan culpa también Husein y el partido Baaz, porque supieron identificar el régimen con la cultura, de suerte que hoy, para las guerrillas, los ataques contra la cultura iraquí son sinónimo de ataques al Baaz.

PRETENSIONES

¿Qué se pretende al quemar un libro? Báez señala las coordenadas de la respuesta más satisfactoria. Estas coordenadas se vislumbran con mayor claridad en los regímenes totalitarios, porque han ido hasta el final. Hitler subrayó una cita de Ernst Schertel: «Quien no lleva dentro de sí las semillas de lo demoníaco nunca dará nacimiento a un nuevo mundo». Hitler, gran lector de Schopenhauer y de Nietzsche, valoraba la importancia de los libros, pero jamás se opuso a las quemas. Shi Huandi fue también un humanista en el sentido fuerte de la palabra, unificó China, ideó un abecedario, y quemó la mayor parte de los libros chinos. Husein, otro lector voraz, novelista incluso, controló el flujo de libros a su antojo. Mao orquestó la Revolución Cultural en China, bajo el auspicio de su sincera intención de renovar el país y de purificarlo de las infecciosas enfermedades occidentales: «Ninguna construcción sin destrucción».

Esas son las directrices. Al quemar un libro, me atrevo a concluir, se pretende borrar las amenazas encerradas en sus ideas, sea para el orden político, religioso, filosófico, económico o sexual establecido o en proceso de instalación. Los nazis no quemaron Mein Kampf, los dominicos no arrojaron al mar la Summa Theologica, ni fueron los ingleses quienes persiguieron a Salman Rushdie. Freud, cuyos libros fueron incinerados por los nazis, mitigó la tragedia: «En la Edad Media ellos me habrían quemado. Ahora se contentan con quemar mis libros». Sin duda existe una relación entre los dos. Matar a un enemigo político puede ser suficiente para arrancarse un problema de encima. Pero si se pretende la instauración de un nuevo orden a fondo, matar a los enemigos políticos no basta, aunque sea imprescindible; hace falta acabar con las ideas, y las ideas se encuentran en los libros. Como el ave fénix, el nuevo sistema nacerá de las cenizas del antiguo régimen.

La Historia universal de la destrucción de los libros cumple con el cometido de llamar la atención sobre los bibliocastas y libricidios cometidos desde la aparición de la escritura. Lo logra de una manera ejemplar. Abunda en citas, en anécdotas, en buenas y pésimas noticias, en erudición. Ofrece una bibliografía muy vasta y multilingüe. Sus más de quinientas cincuenta notas jamás distraen al lector si no es para enriquecerlo. Todas son estimulantes. La lista de nombres permite encontrar con rapidez cualquier pasaje. E incluso cuenta con algunas ilustraciones y fotografías, todo en blanco y negro.

Quedan muchas cosas en el tintero, como las censuras de escritores a sus propias obras, llámese Tomás de Aquino o Kafka, como los librosbomba o los gusanos, las aduanas, las inundaciones y naufragios, como el gas, los ignorantes, los perversos, la humedad paulatina, la negligencia, los accidentes y el descuido. No parece haber consuelo alguno. Leer la Historia universal de la destrucción de los libros, a final de cuentas, es toparse con las sinrazones de la historia misma.

NOTAS

1· Acudo a un ejemplo que, por obvio, pasa desapercibido: los títulos de los libros se escriben como oraciones (Los hijos del limo), cuando cada palabra en el nombre de las revistas requieren versales (Nueva Revista).
2· N o puedo entrar ahora en discusiones de mercado.
3· Tanto arraigó la costumbre que siglos más tarde, Agustín, quien fuera muchas cosas excepto un ignorante, se sorprendió al encontrar a Ambrosio en su recámara leyendo en silencio.
4· Algunas ventajas del libro de papel parecen irremplazables: se pueden hojear con extrema facilidad y aguantan caídas.


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