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·         En la novela de detección, como en la aspiración al crimen perfecto, el misterio a puerta cerrada alcanza en sus mejores episodios la complejidad estratégica de una partida de “go”. Aunque el gran maestro del “go” fuese vencido hace poco por un mega-ordenador, la inteligencia para concebir y resolver un crimen de habitación cerrada todavía se rige por el atractivo de una potencia deductiva que cada día lleva a miles de lectores a los estantes de la novela de detección, reacios al hechizo impúdico y barriobajero de la novela negra. Una puerta herméticamente cerrada, al menos aparentemente, y un cadáver: una mente privilegiada ha de averiguar el cómo y el porqué. Es una cuestión de método, sin necesidad de psicología. Como decía Paul Morand, su propósito no es sondear los misterios del alma sino hacer actuar a las marionetas con el movimiento impecable de un reloj. En la resolución de un crimen a puerta cerrada el orden se impone al caos, por contraste con la literatura del desorden nato. El género tiene su genealogía y sus clásicos. Del protohistórico y poco sofisticado “El misterio de la habitación amarilla” de Gaston Leroux a un artífice  como John Dickson Carr, los casos más intrigantes transcurren en el ala derecha de un castillo, precisamente en la estancia más inaccesible. Con parafernalia atroz o malicia irónica, un detective ilustre resuelve el caso. Queda en los jardines del castillo el vuelo de un búho, dispuesto a certificar que los sueños sueños son, incluso a puerta cerrada.

·         Jardiel Poncela escribió una astuta parodia del crimen a puerta cerrada, en “Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull”, con Sherlock Holmes como artista invitado que al final, por exclusión deductiva de otras posibilidades, se reconoce como autor del crimen ante su ayudante Harry. Eso ocurría en 1926, cuando los detectives privados también podían dedicarse al contraespionaje y a comprobar el efecto de los venenos más fulminantes de la selva amazónica. En realidad, Jardiel se salta una de las normas fijas de los misterios de detección. Según la regla áurea de S. S. Van Dine, el culpable no debe ser nunca el propio detective, un recurso que los clásicos descartan como si fuese un tatuaje portuario. Lo importante es que no cesen los asesinatos en el castillo de Hull. Y como ahí dice Holmes al reconocerse autor de tanto crimen: “Harry, hay que saber perder”.

·         El francés Paul Halter, grafómano capaz de darle a cada crimen mil vueltas de tuerca, parece ahora mismo el sucesor de los maestros del crimen a puerta cerrada.  A crimen por capítulo, una cierta patología de la deducción empapa el enrevesamiento argumental, en el escenario de mansiones aciagas sometidas al despotismo de algún pariente senil. El asesino puede haber traspasado un muro, en una noche sombría de crímenes imposibles. Incluso así, con cierto lastre mecanicista, el crimen a puerta cerrada preserva ese no sé que de estilismo aristocrático que usa de los castillos para el asesinato y no para el agroturismo.


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