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En los últimos años, la historiografía sobre el franquismo y, en consecuencia, el conocimiento de ese periodo se han visto enriquecidos con la publicación de diversas monografías que no sólo han atendido a la evolución gradual sufrida por el régimen, sino a otras cuestiones directamente ligadas al funcionamiento interno del mismo. Concretamente, y dentro de los márgenes específicos de la historia cultural, ha sido frecuente comprobar cómo el trabajo de los historiadores -sin perder de vista los cambios políticos, sociales o económicos experimentados por nuestro país a lo largo de esos casi cuarenta años- se ha volcado igualmente hacia la explicación de las disputas por el poder que concitaron los esfuerzos tanto de las minorías dirigentes como, en el tema que nos ocupa, de las élites intelectuales. Si bien en el primer caso las desavenencias no pasaron de ser los entresijos derivados de conseguir un determinado cargo o formar parte de un equipo de gobierno, en el segundo se trataron de auténticos debates públicos en los que sus protagonistas aprovecharon cualquier tribuna de opinión para, entre otros aspectos, poner en duda la política cultural diseñada por el Ministerio de Educación o cuestionar las esencias históricas de la cultura española.

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Bajo estas premisas, la obra de Onésimo Díaz -investigador y profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Navarra- pretende clarificar la compleja trama de cuestiones que encierra el mundo cultural del primer franquismo. En este sentido, las coordenadas temáticas y temporales en las que se sitúa este trabajo constituyen ya de por sí un reto, por cuanto no abundan los títulos centrados únicamente en este breve periodo sino, más bien, las síntesis de conjunto de diferente entidad y estilo. Entre otras, cabe citar la exhaustiva y minuciosa reconstrucción -interrumpida por su fallecimiento- que comenzara a realizar hace unos años Gonzalo Redondo (Pamplona, 1999, 2005 y 2009), y el ensayo sobre las «dos Españas» que le valió el PremioNacional de Historia a Santos Juliá (Madrid, 2004). El profesor Díaz, avalado por una trayectoria investigadora que conjuga el afán divulgador -véase su repaso al siglo XX europeo a través de novelas y películas (Pamplona, 2008)- con la dedicación a temas propios de especialistas como los antecedentes históricos del problema vasco o el panorama de revistas culturales en la posguerra, recoge en esta obra las mejores aportaciones de los autores citados anteriormente y consigue arrojar luz sobre diferentes aspectos que, con el tiempo, han cristalizado en lugares comunes a la hora de interpretar lo que fue el universo cultural del franquismo inicial.

En primer lugar, armado de una importante base documental inédita -procedente en su mayor parte del rico patrimonio de archivos personales que atesora el fondo histórico de la Universidad de Navarra- y de una amplia y cuidada selección bibliográfica -fruto del conocimiento preciso que el autor posee sobre la materia que trata-, el libro invita a examinar hasta qué punto la consideración de «páramo cultural» que se ha venido empleando para valorar la labor de las élites intelectuales durante esos años se ajusta a la realidad. La impresión que deja la lectura de estas páginas es justamente la contraria: la cultura española de posguerra fue todo menos un desierto en el que no se espera que suceda algo. Así, el relato de Onésimo Díaz contribuye a entender que las imposibilidades materiales de una época de carestía y la ausencia de libertades de un régimen personal y autoritario no fueron obstáculos para que catedráticos de universidad y escritores pusieran en marcha iniciativas de todo tipo o estrecharan lazos de colaboración intelectual con sus homólogos europeos. En ocasiones, realizando estancias fuera de nuestras fronteras; en otras, cursando invitaciones para que aquéllos conocieran nuestro país con la excusa de intervenir en cursos y conferencias.

Aunque el autor adopte de entrada la perspectiva del biógrafo, la galería de personajes que incluye en su narración de los hechos termina por bosquejar un retrato general de la intelligentsia española del momento, en el que la controvertida figura de Rafael Calvo Serer queda bien perfilada y el proceso de formación del grupo que aglutinó en torno a sus empresas suficientemente explicado. Calvo no fue un historiador al uso, ni mucho menos un catedrático que hiciese de la docencia y la investigación el centro de su tarea universitaria. Su inclinación hacia la consulta bibliográfica y el ensayo interpretativo en detrimento de la búsqueda en archivos -plasmada en una tesis doctoral dedicada a la idea de decadencia española en la obra de Menéndez Pelayo-, lo acercó más a la teoría de la Historia que a la especialización en una etapa concreta, haciéndole más sensible a la idea de cambio que a la reconstrucción del pasado. Junto a ello, la descripción de sus andanzas estudiantiles, que el autor hace bien en no ahorrarse, acaban por darnos la imagen de hombre inquieto que se supone en alguien capaz de dar vida a varias empresas culturales, sea la revista Arbor o, como también da cuenta el libro con detalle, la Biblioteca del Pensamiento Actual.

Por otro lado, frente a la tentación de emplear una nomenclatura artificial para definir la amalgama de jóvenes intelectuales reunidos alrededor de Calvo Serer, el profesor Díaz opta por identificar la vinculación existente entre ellos con las relaciones de amistad y colaboración que se producen en el seno de un grupo. Ni una generación al estilo de los noventayochistas, como pretendía exageradamente que los consideraran el propio Calvo; ni una oligarquía fundada en el clientelismo de tipo académico, como postulan algunos autores al caracterizar el estrecho ámbito de influencia en el que funcionaban los órganos del Consejo.

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De hecho, la sensación de comportamiento como grupo se refuerza al verificar que, en cierto modo, los hombres de Arbor ejercieron un papel sustitutivo al que los representantes de los partidos políticos realizan en cualquier sistema democrático. Durante el franquismo, por el contrario, ante una sociedad sin opciones de participar o intervenir en la «cosa pública», fueron los diferentes grupos de intelectuales -nacidos al abrigo de facultades, tertulias o revistas y amparados por plataformas oficiales como el que se arrogaron el derecho de sugerir qué orientación política le convenía a un Estado, como el español, que trataba de encontrar un modelo de convivencia que hiciese imposible una nueva guerra civil.

Para Calvo Serer y los «suyos», ese objetivo sólo era viable en la medida en que se retomasen las raíces auténticas -entre ellas, el catolicismo- de las que había brotado la cultura española. En este punto había asentimiento general por parte de todos, incluidos aquellos que militaban en las filas rivales. De ahí que la polémica Calvo-Laín, como bien explica el libro, lejos de esconder posturas antagónicas, fuera más bien un desacuerdo sobre el grado de rigidez (o tolerancia) con que cabía aplicar a la práctica esa máxima. Lo que identificó, en este sentido, al «grupo Arbor» fue su apuesta por una monarquía enraizada en los principios tradicionalistas desde el punto de vista cultural, a cuya restauración supeditó en todo momento Calvo Serer el prestigio y la viabilidad económica de sus empresas. Una tercera vía que Calvo, a fuerza de mostrarse intransigente aun a riesgo de ser penalizado por ello, se encargó de contraponer frente a falangistas y democratacristianos cuando éstos hicieron frente común en el Ministerio de Educación presidido por Joaquín Ruiz-Giménez.

Onésimo Díaz ofrece, en detalle, un relato pormenorizado de todos estos avatares, en el que el eje cronológico es el hilo conductor de su discurso, lo que le priva quizá a veces de ser más ameno y, sobre todo, le deja escaso margen a la interpretación, deseable a la hora de precisar los matices no políticos del tradicionalismo cultural o los rasgos distintivos de movimientos ideológicos como el de Acción Española. En todo caso, estamos ante una obra de referencia para desentrañar el significado de las disputas políticas, que en clave cultural, acontecieron durante el franquismo, muchas de ellas ininteligibles desde la óptica de nuestros días de normalidad democrática.


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