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El argumento de la novela, considerada como una obra maestra de la literatura rusa del siglo XIX, ofrece un vivo y cruel retrato de la sociedad de la época, todavía anclada en formas de vida superadas desde hacía siglos en la mayor parte de las naciones de la Europa occidental. Conviene recordar, a estos efectos, que la emancipación de los siervos se produce en Rusia gracias a una ley promulgada en 1861, casi veinte años más tarde que la publicación de Las almas muertas. Dato histórico y realidad social que conviene tener en cuenta a la hora de comprender el mensaje lanzado por Nikolái Gógol, cuando todavía permanecían vigentes las normas de vida y costumbres denunciadas por el autor que causaron una gran impresión en los ambientes culturales europeos. La picaresca, el cinismo, la ambición y las prácticas corruptas se interfieren a través de los personajes y situaciones descritas por Gógol en su magistral novela. El argumento es tan brutal como fácil de comprender su desarrollo. Chichikov, un avispado personaje extraído de la pretenciosa baja nobleza rural, emprende una aventura viajera que le va a permitir incrementar su debilitada fortuna con solo aprovecharse de la ingenuidad de unos, la ambición de otros y la incultura de casi todos. El truco es muy sencillo. En compañía de un cochero y un sirviente y con aires de gran señor, recorre pueblos y aldeas perdidos en la estepa rusa ofreciendo un negocio que parece ventajoso. En esa época, los impuestos quedaban fijados en función del número de siervos de los que disponían los terratenientes. Cuando se producían muertes no registradas en los censos, los propietarios se veían obligados a abonar impuestos por los siervos fallecidos y no registrados como tales en los censos. Chichikov ofrecía un pago simbólico a cambio de incorporar a los muertos-vivos para la administración, que incorporaba a su nómina de siervos para obtener legalmente del gobierno nuevas tierras al haber aumentado el número de familias a su cargo. Ya investido como poderoso terrateniente, le resultaría muy fácil conseguir créditos bancarios avalados por sus propiedades. El comercio de esas «almas muertas» se veía respaldado por terratenientes sin conciencia y funcionarios corruptos amparados por la miseria de los campesinos, incapaces de reclamar unos derechos que, por otra parte, no existían para ellos. La cuestión es que, al analizar la obra maestra de Gógol, resulta que no solo estaban muertas las almas de los pobres campesinos, al fin y al cabo víctimas del macabro fraude del bandido Chichikov, sino que también y de forma vergonzosa las tristes almas de los que participaban en el repulsivo negocio. Seres abyectos, fríos o indiferentes, que toleraban impasibles la corrupción o desviaban la vista para no contemplar los efectos de su actitud miserable. Muchos aspectos de la sociedad rusa quedan retratados con fuerza en esta novela más reveladora que cualquier texto documental sobre las condiciones de la sociedad rusa a finales del siglo XIX, como preludio de lo que ocurrirá apenas cincuenta años más tarde.


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