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Hace cien años, un catorce de octubre de 1906, nació en las afueras de Hannover la que llegaría a ser una de las figuras capitales del pensamiento filosófico y político del siglo XX, Hannah Arendt. A modo de digno homenaje de esta efeméride, se nos regala ahora a los lectores de lengua castellana otra obra suya, inédita en nuestro país pero tan magistral como las más conocidas de entre sus títulos. Se trata de una recopilación de ensayos, artículos, conferencias y reseñas inéditas escritas entre 1930 y 1954, en cuidada edición de Agustín Serrano de Haro y con una lúcida y precisa introducción que este investigador del CSIC ha escrito para la edición española. A lo largo de estos ensayos de Arendt, el lector encontrará un valiosísimo compendio de las tesis que la filósofa alemana habría de desarrollar en sus obras principales: Los orígenes del totalitarismo (1951), La condición humana (1958), Eichmann en Jerusalén (1963) y La vida del espíritu (1978). En rigor, podemos decir que todo el pensamiento arendtiano se encuentra in nuce en estas páginas.

SUSTRAÍDA POR AZAR AL TOTALITARISMO

La odisea personal que Hannah Arendt hubo de sufrir en sus propias carnes es reflejo de aquel tempus desolationis que le tocó vivir, cuando los totalitarismos del nazismo y de la Unión Soviética alcanzaron su máxima vigencia. Doctorada en 1928 por la Universidad de Heidelberg bajo la dirección de Karl Jaspers con una tesis sobre el concepto del amor en San Agustín, en el fatídico año 1933 fue arrestada en Berlín por su condición de judía. Ese mismo año logró abandonar Alemania vía Praga y en su huida llegó hasta París. Allí combinó su tarea intelectual —fue una más en la reunión cosmopolita de personalidades refugiadas, en que se convirtió por entonces la capital francesa— con su colaboración con organizaciones y agencias judías radicadas en aquella ciudad.

Sin embargo, tras contraer matrimonio en segundas nupcias con otro refugiado, el alemán Heinrich Blücher, su itinerario vital volvió a quebrarse de allí a muy poco: la tolerancia parisina con los refugiados se truncó definitivamente en 1940, con la tristemente famosa redada del Velódromo de Invierno. A resultas de ella, Arendt fue confinada en el campo de internamiento de Gurs, en los Pirineos Atlánticos. De ella pudo escapar unas semanas más tarde, aprovechando un breve periodo de confusión creada por la derrota francesa. Años más tarde, con ironía, Arendt declararía pertenecer a esa «nueva especie de ser humano creada por la historia contemporánea: la especie que es metida en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos»1.

Tras una breve estancia en Montauban, donde se reencuentra azarosamente con su marido, tiene que escuchar en octubre de dicho año la orden del gobierno de Vichy por la que los judíos en territorio francés habrían de registrarse en las prefecturas locales. De manera providencial, Arendt decide desatender ese requerimiento: era muy consciente de a quién y en qué se podía confiar, ducha como ya estaba en distinguir los cantos de sirena que empleaban como subterfugio los totalitarios.

Ensayos de comprensión, 1930-1954

Nada tiene de extraño que una inteligencia como la de Arendt, acuciada por la necesidad de comprender, dedicase el grueso de los ensayos, que ahora comentamos, a dilucidar la naturaleza del totalitarismo que iba a tener en el Holocausto su más inconcebible concreción. En ellos, avanza la filósofa por en medio de la selva selvaggia del universo totalitario, gracias a un método dialéctico que, en su caso, es abrumador. Su obra nos obliga a revisar gran parte de nuestras categorías intelectuales y morales, pues los aspectos de la realidad que han llegado a existir con la práctica totalitaria son hasta tal punto inéditos, que se alzan frente la inteligencia humana como un acontecimiento que reclama nuevos conceptos de análisis y comprensión.Logró trasladarse a Marsella, donde gracias a la eficaz red clandestina que el cónsul estadounidense Varian Fry había logrado implantar allí, a espaldas de la Gestapo no menos que del gobierno francés, obtuvo un salvoconducto para abandonar Francia, junto con su esposo, por el puesto gerundense de Port Bou —el mismo que su querido Walter Benjamin nunca logró dejar a sus espaldas— y atravesar de esta manera España camino de Lisboa. En aquel puerto embarcó, luego de tres meses de tensa espera, rumbo a los Estados Unidos. Desde 1941, encontró finalmente en América su segundo hogar y una nueva nacionalidad, la que adoptaría en 1951. Para entonces, aparecía en las librerías su monumental y capital obra Los orígenes del totalitarismo y una parte sustancial de los escritos que aquí nos ocupan.

SOSTENER LA MIRADA AL VERDUGO

Ante la más acabada expresión del acontecimiento totalitario que fueron las «fábricas de la muerte», el sentido común de los seres humanos queda sumido en la perplejidad, y su capacidad de comprensión en bancarrota, pues ha de enfrentarse a acciones entre cuyos móviles inspiradores no se cuentan ni las pasiones ni los cálculos utilitaristas. Nos encontramos, dice ya en 1945 la filósofa, ante una realidad ex novo, ante una terrible originalidad que supone literalmente un «shock de la experiencia». Ante la imposibilidad de establecer analogías y paralelismos históricos, nuestras categorías del pensamiento práctico y nuestros patrones del juicio moral sucumben, incapaces de habérselas con crímenes no previstos por el Decálogo. La razón humana se enfrenta ante los cuidadosos y calculados establecimientos para producir industrialmente un mundo de muertos, en que nada tiene ya sentido alguno —esto es lo que anota especialmente en los ensayos XII, XXI, XXVI y XXVII de esta colección—. Los conceptos mismos de «asesinato» y «asesinos» se vacían avergonzados, y la distinción entre victimas inocentes y culpables se desvanece en su futilidad ante la monstruosa igualdad en la inocencia.

Colapsado el entendimiento, propenderemos —por la inercia de la razón— a considerarlo como un fenómeno deducible de unas causas igualmente fenoménicas e históricas que terminarían, en el determinismo de la naturaleza y de la historia, por llevarnos indefectiblemente al acontecimiento totalitario. Pero no, los campos de exterminio —efectos infinitamente superiores a sus causas aparentes— se revelan trágicamente como gratuidad pura, repentina e impredecible, irreducible tanto a la idiosincrasia del pueblo alemán como a ninguna suerte de peculiar configuración moral de sus ejecutores.

El análisis de la personalidad de Heinrich Himmler, que se nos presentaba en el ensayo XI, anticipa ya la tesis capital de la banalidad del mal que aparecerá años más tarde en Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (1963). He aquí un buen paterfamilias —Himmler en este caso—, capaz de construir a conciencia una organización eficaz del terror sobre el supuesto de que la mayoría de los ejecutores son, en primer lugar y ante todo, empleados y buenos cabezas de familia que no creen abdicar de su honorable condición al convertirse en verdugos rutinarios. Ello introduce una desconcertante dimensión en el conocimiento moral de nuestro yo y establece la posibilidad —concreta y real— de que cada uno de nosotros pueda estar del lado de los ejecutores.

Esto mismo se cumple también, y escrupulosamente, en el estalinismo, donde los conceptos de víctima y verdugo se permutan al albur de la danza de la muerte. A Stalin se dedica el imprescindible y demoledor ensayo XXVII de esta colección, que Arendt escribió —repárese bien en la fecha— el año 1951, para sonrojo de tantos que no han sentido como ella la necesidad de comprender en toda su seriedad el verdadero significado totalitario del comunismo.

Congruentemente con todo ello, en los capitales ensayos XXX-XXXII, y en línea con sus tesis que aparecerán en Los orígenes del totalitarismo, la inteligencia arendtiana dilucida cuáles son las condiciones de posibilidad, los atributos y los modos de ser de los totalitarismos nazi y soviético en un inacabable proceso de adecuar nuestro entendimiento a su inagotable realidad. Sólo así, y por más que se consiga imperfectamente, cabe hacer habitable para uno mismo nuestro mundo contemporáneo: la comprensión es para Arendt el anverso de la actuación y la praxis es posible sólo donde hay episteme.

Se esbozan así los posibles orígenes (que no causas) ineludibles para la correcta comprensión de esta nueva entidad que es el totalitarismo —y que en el antisemitismo adquiere una dimensión fundamental—. Llegados a este punto, el lector experimenta en carne propia el dolorido aprendizaje acumulado en las páginas anteriores y apenas resiste el descensus ad inferos que va a plantearle la autora, en esa dialéctica abrumadoramente lúcida emprendida y culminada en estos ensayos. Sólo la necesidad de comprender otorga el hálito necesario para poder mantener la lectura, comprobándose en estas páginas aquello que la autora señaló en otra ocasión: «Si es verdad que en las fases finales de totalitarismo aparece éste como un mal absoluto […], también es cierto que sin él podíamos no haber conocido nunca la naturaleza verdaderamente radical del mal»2.

Sin embargo, y por más que nos haya descubierto que en Auschwitz el suelo de los hechos se ha transformado en un abismo que traga a todos los que buscan comprenderlo; y de que «ante el totalitarismo ni la victoria ni la derrota serán siempre concluyentes», Hannah Arendt nos compele a no ceder a la tentación de la desesperación ni a la del desprecio de la humanidad. Para una esperanza tal, nos provee ella de una sorprendente razón agustiniana: que el corazón humano es lo único en el mundo capaz de tomar sobre sí la carga que el don divino de la acción ha puesto sobre nosotros, para ser comienzo de nuevos acontecimientos, como subrayará en el mencionado ensayo XXXI. En ese sentido, ese «corazón comprensivo» que Salomón pedía a Dios, le resulta a la autora «el mayor don que un hombre puede desear y recibir».

EL DON DE LA COMPRENSIÓN

Esta conclusión nos sirve para mencionar aquí el contenido de otros ensayos de esta colección, no menos sugerentes que los dedicados al totalitarismo. Lo son, por ejemplo, el dedicado al ya mencionado san Agustín, en su relación con el protestantismo. Y el que dedica a Kierkegaard, figura de expiación y venganza del Romanticismo. En esta colección, Kafka es interpretado de manera realmente original, más allá de la teología y del psicoanálisis. Heidegger aparece ante la mirada de Arendt en todos sus dobleces, mientras que su ensayo sobre Jaspers es una suerte de homenaje a quien fue su maestro, mentor y amigo. Entre los poetas, Broch es para nuestra autora el cantor de la noche de Europa. En otros ensayos, en fin, Arendt analiza las relaciones entre religión y política o el problema de la bomba atómica. Todos ellos dan cuenta de un genuino amor mundi, por virtud del cual nada de lo humano se muestra ajeno a su excepcional entendimiento. Y como Kierkegaard dijera alguna vez de sí mismo, que también ella se había entrenado para ser capaz de danzar al servicio del pensamiento, no importa en qué complicadas vicisitudes externas se viera envuelta.

La trascripción de la entrevista televisiva (una de las escasísimas que concedió Arendt, tan celosa como era de hacer respetar las fronteras entre mundo privado y mundo público), sirve de prólogo inmejorable para captar el grado de incondicional «voluntad de comprender» que dominaba a esta persona. Además, el diálogo en cuestión nos permite atisbar alguno de los muchos estratos de su privacidad, de aquello que sus amigos darían en llamar la vivida vis anima que irradiaba su personalidad, inasible y excepcional.

Al concluir la lectura de este libro, entendemos más claramente por qué, en su memorable evocación de Kafka, Arendt reivindicaba la figura suprema del hombre como fabricator mundi: modelo de buena voluntad que construye mundos dotados de sentido y que demuele edificaciones inicuas. La pensadora judeoalemana insinúa que esta posibilidad queda abierta a nuestro singular arbitrio, ya que «cualquiera puede ser este hombre de buena voluntad; todos pueden serlo, quizá incluso tú mismo, yo misma».

El lector, deslumbrado por la inmensa luminosidad de estos escritos y compelido por esta admonición personal, puede preguntarse qué nos diría hoy aquella mujer de hermosos rasgos y ojos profundos. También los nuestros son graves e inciertos tiempos, donde ese hombre K., perplejo y desazonado, asiste a otros tantos acontecimientos que exigen perentoriamente ser comprendidos.

 

NOTAS

1 H. Arendt, «We Refugees», Menorah Journal n.° 31 (I/1943), p.70.
2 H. Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Taurus, Madrid, 1998, p.11.

PRINCIPALES OBRAS DE HANNAH ARENDT EN CASTELLANO

El concepto de amor en San Agustín (1929), Encuentro Ediciones, 2005.
Los orígenes del totalitarismo (1951), Taurus Ediciones, 1998.
Rahel Varnhagen, la vida de una mujer judía (1957), Editorial Lumen, 2000.
La condición humana (1958), Ediciones Paidós, 2002.
Entre el pasado y el futuro: ocho ejercicios sobre la reflexión política (1961), Ediciones Península, 2003.
Eichmann en Jerusalén: un estudio sobre la banalidad del mal (1963), Editorial Lumen, 2000.
Sobre la Revolución (1963), Alianza Editorial, 2004.
Hombres en tiempo de oscuridad (1968), Editorial Gedisa, 2001.
Sobre la violencia (1970), Alianza Editorial, 2005.
La crisis de la república (1972), Taurus Ediciones, 1998.
La tradición oculta (1976), Ediciones Paidós, 2003.
Una revisión de la historia judía y otros ensayos (1978), Ediciones Paidós, 2004.
La vida del espíritu (1978), Ediciones Paidós, 2002.
Conferencias sobre la filosofía política de Kant (1982), Ediciones Paidós, 2003.
Tiempos presentes (1986), Editorial Gedisa, 2002.
Qué es la política (1993), Ediciones Paidós, 1998.
Ensayos de comprensión: 1930-1954 (1994), Caparrós editores, 2005.


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