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Hay una paradoja que se oculta detrás la génesis del sionismo. Su nacimiento, en la segunda mirad del siglo XIX, coincide con una de las raras épocas de paz y de tranquilidad que han conocido los judíos europeos: las murallas de los guetos se demolían, las universidades y los colegios se abrían a la ciudadanía, el peso de muchos prejuicios religiosos iban desvaneciéndose a medida que el culto a la Ilustración crecía. De forma casi inmediata, los judíos ocuparon una posición central en el seno de las sociedades europeas. Pusieron en marcha industrias, ocuparon cátedras universitarias, dirigieron medios de comunicación y bancos, amasaron fortunas. La llegada de una aparente libertad permitió el surgimiento de un renovado dinamismo que afectaría a todos los campos del saber: el político y el financiero, el universitario y el artístico. Disraeli y Mendelssohn, Gustav Mahler y Franz Kafka, por citar tan sólo unos nombres. ¿Por qué cristalizó precisamente en ese clima de bonanza la propuesta del sionismo político? ¿Qué necesidad había?

 

Ari Shavit empieza su portentoso ensayo My promised Land. The triumph and tragedy of Israel narrando la historia de su abuelo, un lord inglés que formó parte del primer grupo de veintisiete peregrinos británicos que se asentaron en Palestina a finales del XIX. Era un hombre culto y rico, un burgués cosmopolita y urbano – todo lo cosmopolita y urbano que se podía ser en la época  victoriana –, destinado a colonizar un territorio árido y remoto. ¿Por qué abandonó Inglaterra? ¿Cuáles eran sus sueños? ¿Y cuáles sus miedos? ¿Podía prever, aunque fuera en la nebulosa de una pesadilla, los campos de Auschwitz y Treblinka, las cámaras de gas, la “Solución final”? ¿Y, por otro lado, no vieron que el sueño del sionismo exigía convivir junto a los árabes – musulmanes y cristianos – que vivían en Palestina?

 

El sionismo, nos dirá Shavit, germinó en una encrucijada ideológica: era socialista y nacionalista, creía en el colonialismo y en sus bondades a la vez que amaba la libertad y la fraternidad. Tenía algo de experimento – como un mesianismo secularizado -, pero también respondía a la necesidad vital de la supervivencia. ¿La historia del Estado de Israel hubiera sido distinta sin la declaración unilateral de guerra por parte de los países árabes en 1948 y sin el recuerdo del horror de la Shoah? Seguramente sí.

 

“No hay un solo momento de mi vida – reconoce Ari Shavit – en que no haya experimentado el miedo. Y ni uno solo en que no haya conocido la ocupación”. El nuevo Israel, por tanto, se mueve entre el miedo a desaparecer – una nación pequeña rodeada de enemigos – y la quiebra de los ideales que promovieron su fundación. Shavit, uno de los más brillantes columnistas del periódico liberal Haaretz, recorre los recovecos de su país, como quien bucea en los recuerdos de familia. Rastrea crónicas periodísticas; se detiene en los libros, en la correspondencia, en las memorias de los ciudadanos anónimos que han hecho Israel. Se encara a los problemas, con la pasión del hijo que desea conocer la verdad de su pasado sin soslayar la complejidad de su misión. Bajo su guía, asistimos a las rápidas mutaciones de los ideales sionistas, pero, al igual que Spinoza, Shavit no pretende juzgar sino comprender y desde esa comprensión dibujar un mapa que a su vez sea un juicio. Retrata los primeros kibutz, la sucesión de guerras, la ocupación y los asentamientos, la Intifada y los movimientos pacifistas, el hedonismo y el populismo implícito en el despertar político de algunas corrientes del sefardismo. Se trata de un libro fundamental, me atrevería a decir que único; probablemente el mejor ensayo – y el más lúcido – que se haya escrito sobre la Tierra Prometida en sus últimos cien años. Y no es posible leerlo sin sentir un escalofrío de emoción.


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