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En efecto: República ilustrada

Y no fue tanto que fuese o no ilustrada, esa no era la cuestión, como que ella, la República, representaba la Ilustración, los principios de la Ilustración, contra los que se alzaría seis años después un conglomerado de fuerzas antiilustradas de clérigos, militares, terratenientes, industriales y diversas facciones reaccionarias dispuestas a dejar España de una manera oscura en el tiempo anterior al que fue proclamada en 1931.

Cuando, en el prólogo a la última edición de Las armas y las letras (2010), se dijo esto mismo, algunas personas desconfiaron o se mostraron abiertamente contrarias y contrariadas. Fue necesario, en la subsiguiente reimpresión, añadir un párrafo más, para despejar toda duda: «Los crímenes, de una zona y otra, fueron, ciertamente, equiparables. Pero, por suerte para España y para nosotros, no todos los que vivieron aquella guerra fueron asesinos ni representan lo mismo: los irrenunciables principios de la Ilustración sólo estaban representados en la República; la lucha del otro bando fue por la civilización cristiana de Occidente y los privilegios seculares bendecidos por ella, mediante una cruzada que trataba precisamente de conculcar tales principios, sabiendo, desde luego, y como se repite hasta la saciedad en este libro, que ni todos los que combatieron con la República fueron demócratas o ilustrados ni todos los que arroparon a los fascistas fueron fascistas ni dejaron de ser ilustrados, si acaso lo eran antes. “Nosotros tenemos ahora que cerrar la frivolidad de un siglo. Que desterrar hasta los últimos vestigios del espíritu de la Enciclopedia”, diría Franco al recibir su laureada de San Fernando, terminada la guerra».

Por tanto, esos principios de la Ilustración, que aquí defendieron desde finales del siglo XIX principalmente los hombres de la I República y aquellos que fundaron la Institución Libre de Enseñanza, con don Francisco Giner a la cabeza, llegaron a su cenit el 14 de abril de 1931. A partir de ahí, la confrontación política y la radicalización revolucionaria y contrarrevolucionaria darían al traste muchos sueños legítimos de reforma.

Desde luego ilustrados fueron los escritores del 98, si exceptuamos a Maeztu; también los intelectuales del 14, si advertimos que D’Ors no dudó en hacer de la pre-Ilustración dieciochesca una especie de bandera dandy que acabaría por llevar él mismo a Pamplona en 1937, y muchos de los jóvenes del 27. De hecho, algunos prosistas y poetas de esta generación tuvieron la veleidad de cambiar de nombre la suya, y pasar a llamarla «la generación de la República», cosa a todas luces inapropiada: ¿qué podríamos ver de republicano en el Romancero gitano, Cántico o Perfil del aire, por hablar de obras que aparecieron todas ellas cuando se estaba lejos de la República y de imaginar que ésta podría llegar? Al contrario, diríamos que la sedicente generación de la República fue en realidad la generación de la guerra, la que decidió resolver las cosas en España no de un modo ilustrado, sino barbárico, convencidos de que la fuerza de sus revoluciones respectivas estaba justificada en la probabilidad de la victoria. ¿No habían triunfado los soviets, los nazis y los fascistas en sus respectivos países? Así lo vio, por ejemplo, Unamuno en una carta de abril de 1936, dirigida a uno de los amigos que había hecho en la isla de Fuerteventura, durante su confinamiento, don Ramón Castañeyra. Le diría: «Veo esto muy mal. Lo que toma aquí fuerza es algo que no se da ya en la Europa civilizada [???], y es el socialismo, en el fondo anarquista, de la CNT, y de otro lado crece el fascismo. Y uno y otro en una forma peor que de barbarie, de estupidez. La degeneración mental es espantosa. Están arrastrando a los mayores unos chiquillos corporalmente de 17 a 23 años, pero que mentalmente no llegan a los cinco años». La República había bajado de 25 a 23 la edad para poder votar, por tanto la guerra acabaron haciéndola quienes ni siquiera habían pasado por las urnas, convencidos de que no era preciso pasar por ellas para traer a España una revolución o una contrarrevolución, gentes que, si tenían en 1936 veinte años, por ejemplo, tenían catorce cuando en 1931 se proclamó la República.

El derribo de aquella ilustración

Diríamos, al contrario, que la Ilustración que había cristalizado en La Gaceta Literaria, dirigida por Giménez Caballero desde su fundación en 1927, alguien llamado también a engrosar las filas de la anti-Ilustración, quedaría deshecha precisamente cuando llegó la República. Cualquiera que se haya entretenido en hojear las páginas de esa revista admirable, se quedará atónito, porque por primera y última vez en España en mucho tiempo (habría que esperar a los Papeles de Son Armadans de la posguerra), coincidían y trabajaban por ese proyecto común muchos españoles de todas las edades y de toda condición humana, literaria, intelectual y política: desde Unamuno, a quien dedicaron un número monográfico de homenaje, Baroja, los Machado, Valle, Juan Ramón Jiménez o Azorín, a los más jóvenes, Lorca, Guillén, Cernuda, Alberti, Aleixandre, Salinas o Altolaguirre, pasando, naturalmente por los Ortega, Pérez de Ayala, Díez-Canedo, Azaña y tantos otros.

¿Y qué decir de quienes como Ortega, encarnación por antonomasia de los principios de la Ilustración, se desengañaron en 1933 no de la Ilustración, sino de la República, acaso porque empezaban a ver que ya nadie estaba interesado en ninguna de las dos, ni en la Ilustración ni en la República reformista, y sí en proyectos revolucionarios socialistas y anarquistas o contrarrevolucionaros y fascistas?

La República representó, en efecto, el eclipse de algunos de los más conspicuos defensores suyos, por no hablar de aquellos otros, como Azorín, Baroja, los Machado, el propio Valle (enarbolado, no obstante antes de su muerte, por los jóvenes comunistas cuando el viejo carlista empezó a circular su entusiasmo bolchevique) o el mismo Juan Ramón Jiménez, a quien los integrantes de «la generación de la República» daban a diario el «paseo» en esos años previos a la guerra, en sus revistas, en los periódicos, en los corrillos e, incluso, en su propio teléfono, en el que deponían macabras bromas y suciedades sin cuento: todos ellos parecen estar viviendo en esos años treinta la salida de escena, arrumbados, con su gran prestigio desde luego, pero como esa arpa que después de dar muchos tumbos por el salón acaba, nadie sabe cómo, en un desván. Los jóvenes, abonados a otro romanticismo, eran partidarios de músicas menos acordadas, estridentes y modernas, sincopadas y secas, como el tableteo de las ametralladoras.

Sí, había llegado el momento de los jóvenes, y estos no parece que escucharan mucho, como le recuerda Unamuno a su amigo Castañeyra.

No obstante, sería engañoso contar las cosas por lo que oímos hoy, no por lo que se escuchaba ayer, en aquel preciso momento. Quiero decir, que hoy la República nos parece más ilustrada de lo que debió de parecerles a quienes como Baroja, Ortega, Marañón o Pérez de Ayala no dejaron de criticarla, sobre todo a partir de 1933, y no digamos a partir de octubre de 1934, cuando una gran mayoría de fuerzas de izquierdas y nacionalistas se lanzaron al aventurerismo político, apoyando una revolución que sólo después, cuando ya había fracasado, algunos reputaron disparatada. Y decimos algunos, porque otros muchos, una mayoría en la izquierda, por ejemplo todos aquellos socialistas radicales, comunistas y anarquistas, siguieron apoyándola abiertamente y la reivindicaron y celebraron en público siempre que les vino a mano, en periódicos, mítines y frentes, cuando, ya en guerra, se apelaba para combatir al fascismo, al espíritu que la inspiró. Sólo algunas voces de lo que más adelante hemos dado en llamar «la tercera España» advirtieron del peligro, entre ellas las de quienes como Chaves Nogales o Clara Campoamor o Morla Lynch eran inaudibles, sepultadas por el ruido y la furia durante la guerra y… setenta años más por la interesada memoria de quienes quisieron recordarnos la historia a su manera.

La pluralidad de «ilustraciones» en los años de la República

Por tanto no es fácil hablar de una República ilustrada. Hubo varias, como varios eran también los conceptos de Ilustración. Si nos ceñimos únicamente a las publicaciones literarias, quedaríamos abrumados. Por no mencionar los periódicos y los semanarios de información general. En parte porque los más jóvenes, esos precisamente que iban a arrastrar a los mayores al matadero (y no debemos olvidar que uno de los títulos de Bergamín, poco antes de la guerra, fue precisamente ese Disparadero español, en el que más que vaticinar o conjurar lo que se avecinaba parecía estar convocándolo o propiciándolo, como probaría, ya desatada la guerra, el título de la sección que incluía la revista de combate El mono azul: A paseo, animando a la gente a esa justicia popular del tiro en la nuca), estaban en el apogeo de su vigor físico e intelectual y muchos de ellos en lo más granado de su facundia.

¿Qué podían hacer publicaciones como Revista de Occidente frente a Octubre en los años de la República, autores como Azorín o Baroja frente a Alberti, los republicanos reformistas frente a los revolucionarios? Al leer los periódicos de entonces en su propio soporte, no en los resúmenes o citas de los historiadores de ahora, asombra y aterra el sentimiento de fatalidad que parecían tener todos. Diríamos que muchos no sólo sabían que aquello desembocaría en una guerra, sino que además era bueno que fuese así, para dejar las cosas asentadas de una vez.

Apenas proclamada la República el proyecto de La Gaceta Literaria se vino al traste, y sus colaboradores reprodujeron con cinco años de antelación lo que iba a ocurrir en la guerra. De una parte: Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Alberti, Cernuda, Arconada, Petere, Altolaguirre, Chacel, Zambrano, Aub, Moreno Villa, Maroto, Alberto y muchos más. De la otra: el propio Giménez Caballero, Guillén Salaya, Alfaro, Foxá, Gómez de la Serna, Sánchez Mazas, Neville, Tono, Montes, Mourlane Michelena y quienes se iban a sumar a ellos un poco más tarde, Cunqueiro, Pla, Torrente Ballester, Ridruejo y tantos más. ¿Y en medio? Todos los demás, la legión de gentes que no iban a tener la fortuna de poder elegir bando y que acabarían en uno u otro forzados por las circunstancias, a veces a punta de pistola: el propio Ortega, Unamuno, Baroja, Azorín, Manuel Machado…

Uno de los lugares comunes más inanes de nuestra historiografía fue el de considerar durante casi setenta años que los mejores y más importantes escritores, poetas, artistas e intelectuales se habían decantado durante la guerra por la República. Nos ocuparemos de ello ahora, pero antes abordemos esto de otro modo. No es tanto que los mejores escritores, intelectuales y artistas fuesen republicanos a partir de 1936, sino que la inmensa mayoría, buenos y malos, lo eran antes de 1936… Muchos lo seguirían siendo después de 1939, en el exilio, desde luego, pero en España también. En 1931, excepto cuatro monárquicos, eran republicanos todos, diríamos que hasta los curas (a estos se les pasó pronto, cuando vieron menoscabados sus privilegios, desaforados sobre todo en el terreno de la enseñanza, lo que a muchos les fanatizó e inoculó el virus de la rabia).

Pero ¿alguien cree de verdad que Ortega dejara de ser republicano alguna vez, que sólo porque acabara volviendo a la España de Franco fue un franquista? A partir de 1933 no le gustó aquella República. Nada más. Claro que el error de la historiografía viene propiciado en parte por este doble hecho: que la República seguiría en cierto modo en el exilio (aunque la institución, tras la guerra, se nos antoje hoy un tanto formolizada y de guardarropía, con esa sucesión de presidentes, ministros y secretarios de Estado que nada eran y nada significaban en la diáspora, representando un teatro republicano) y que muchos de los escritores que salieron de España siendo unos autores aún sin hacer y desconocidos alcanzarían en el exilio un papel relevante, de primer orden, en la literatura española, como Cernuda, Sender o Zambrano, por no hablar de quienes como Juan Ramón llevarían su obra a sus logros más altos en medio de la hostilidad de tantos escritores y poetas, en el exilio y dentro de España.

La guerra en las palabras y la realidad

Ocupémonos, pues, ya, del tópico al que aludíamos antes. En las ediciones de Las armas y las letras anteriores a 2010 no se hubiese uno atrevido a incluir las dos listas de escritores, enfrentados según el lugar en el que acabaron en la guerra. La mayoría, había formado parte de la República ilustrada y hubiesen querido formar parte de ella, de no haber venido la guerra a acabar con una República que ya en 1936 tenía, como hemos dicho, poco de República y poco de ilustrada (y bastaría leer entre líneas no pocas de las entradas de Juan de Mairena para constatar que así sentían también republicanos moderados como Machado).

Esto es lo que se decía allí, y, a mi modo de ver, es importante: la propaganda de uno y otro bando quiso poner desde el principio de la guerra al mayor número de intelectuales, artistas y escritores de su parte en uno de los platillos de la balanza, dejando el del enemigo lo más desasistido posible. Hasta el nombre que se dieron o le dieron al contrario perseguía fines propagandísticos. Ni siquiera se pusieron de acuerdo en nombrar el hecho: unos hablaron de sublevación o traición, en tanto los otros hablaban de alzamiento. La palabra movimiento como sinónimo de alzamiento la emplean los periódicos de los sublevados, que acabarían adoptándola en exclusiva, pero también se encuentra en periódicos republicanos de los primeros meses de guerra como sinónimo de revolución de izquierdas. Los sublevados se llamaron a sí mismos nacionales, en tanto llamaron rojos o marxistas a sus enemigos.

Por su parte, los republicanos se dieron este nombre, el de leales o el de demócratas, y el de traidores, fascistas o franquistas a los sublevados y cuantos los apoyaron, con patente inexactitud en algunos casos, ya que no siempre podría aplicarse el nombre de fascistas a quienes apoyaban a los rebeldes ni el de demócratas a quienes combatían al lado de los republicanos. La propaganda y la literatura de guerra recurrió a descalificaciones intercambiables, aunque se aprecia un léxico propio en cada bando: populacho, horda marxista, horda roja, piojera marxista, menudean por parte de los sublevados hacia los republicanos, y horda fascista, la sentina burguesa, señoritismo facha, gusanera mora, sanguijuelas, de los republicanos hacia los rebeldes. Unos y otros tratan de hacer valer sus derechos exclusivos sobre la palabra revolución, tanto la revolución nacionalsindicalista como la revolución social. En ambos bandos es idéntica la expresión de que se lucha en defensa de la civilización y cada bando da cuenta minuciosa en su prensa respectiva de los crímenes, matanzas y represalias que tienen lugar en el otro, convenientemente magnificados e incluso inventados.

Por otro lado, cuando se ponderan las adhesiones, conviene tener presente el contexto histórico. Si la guerra en el campo de batalla la ganaron los rebeldes sin apenas reveses militares, la guerra de la propaganda quedó decidida desde el primer momento a favor de la República, cuyos propagandistas convencieron al mundo de que los escritores e intelectuales más valiosos y representativos se pusieron en masa a favor de la República. «Los artistas anacrónicosse han ido con los facciosos […] [y no podrán] entrar en la Historia de hoy ni en la Historia española de mañana. Casi todos los artistas de vanguardia han quedado con nosotros, o nos hemos llevado la canción», escribirá León Felipe, lo que es a todas luces inexacto, tanto cuantitativa como cualitativamente.

El propio León Felipe acabaría diciendo en 1958: «Con estas palabras quiero arrepentirme y desdecirme […] Ahora estoy avergonzado: Yo no me llevé la canción. Nosotros no nos llevamos la canción… Al final todo se hizo grito vano, lamento hinchado, blasfemia sin sentido…». Hasta J.R.J. fue víctima de la propaganda. Por cada hombre representativo que puedan presentar las derechas, hay diez en las izquierdas. La República representó en todo momento el proyecto ilustrado para España (y si el 80% de los profesores universitarios sufrieron la depuración de sus cátedras tras la guerra, hay un hecho importante del que nadie que yo sepa se ha dado por enterado: la gran mayoría de la emigración intelectual no se produjo en 1939, al final de la guerra, sino en 1936, a su comienzo, dirá Julián Marías en sus memorias, acaso por ser él mismo uno de los depurados y, al mismo tiempo, uno de los que decidió rehacer su vida en el país franquista), pero se advierte que, en unos casos, muchos de los escritores que apoyaron la causa republicana estaban lejos del ideario comunista o anarquista, como podían estar otros del bando sublevado cercanos a la Ilustración y alejados del ideario fascista.

Cabe señalar también que la mayor parte de los escritores de las generaciones del 27 y del 36 sólo adquirieron notoriedad y trascendencia, y en parte debido a ella, después de la guerra, durante la que eran desconocidos para el gran público (Cernuda, Miguel Hernández, Max Aub, Chacel, Zambrano o Barea, por un lado, y Ridruejo, Torrente Ballester, Cunqueiro, Panero, Rosales, Foxá, Neville, Pla o los Villalonga, por el otro), al contrario de lo que ocurría con otros escritores de generaciones anteriores que se sumaron a la rebelión, muy populares antes de la guerra y eclipsados después de ella (Maeztu, Muñoz Seca, Ricardo León, Fernández Flórez, Concha Espina, Marquina, Jacinto Benavente) o, por el contrario, vigentes hasta hoy, como Azorín, Baroja, Ortega, Gómez de la Serna y otros. Sería un error, pues, confundir y mezclar tiempos y evoluciones posteriores. En ambos bandos, la mayor parte de estos escritores pasaron la guerra parcial o totalmente lejos de los frentes, en la retaguardia o fuera de España, en labores diplomáticas, de propaganda o sencillamente exiliados.

En Las armas y las letras aparecen unas columnas que son, como resulta obvio, mostrativas, en absoluto comparativas.

Es de justicia recordar, por último, dos cosas: la primera, que una buena parte de los incluidos en esas dos columnas habría querido formar parte de una tercera, de la que fueron desalojados por los responsables políticos y literarios de las otras dos; y la segunda: que si a los que se quedaron a vivir en la España franquista les resultaba imposible o muy difícil la desafección pública del régimen, llegando muchos de ellos a ser de facto franquistas, no siéndolo, los que marcharon al exilio conservaron su libertad de expresión para manifestar en todo momento susadhesiones o sus distanciamientos políticos, sin tener que ser comunistas, como pretendía el régimen. En cuanto a Armando Palacio Valdés, Carlos Arniches o los hermanos Quintero, Manuel de Falla, Jorge Guillén, Jacinto Benavente, Carles Riba, Vicente Aleixandre, Rafael Cansinos Assens, Dámaso Alonso o Marià Manent, fueron algunos de los que no pudiendo elegir bando, capearon sus respectivos temporales con mayor o menor pericia y equidistancia, lo que les libró de represalias durante la guerra o de posteriores depuraciones. Es justo poner en lugar aparte el caso excepcional de Miguel de Unamuno, de conocida complejidad, ya que si se sumó a los rebeldes de manera entusiasta, con no menos ímpetu se enfrentó y alejó de ellos, sin pasarse por ello al otro bando.

Cuántas veces se nos ha repetido, sí, que los mejores, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Cernuda, María Zambrano o Azaña se pusieron del lado de la República, pese a que muchos de ellos ni siquiera la considerasen ya una República ilustrada a la altura de 1936. ¿Pero es que Azorín, D’Ors, Baroja, Ortega y Gasset, Gómez de la Serna, Pla, Gaziel o Gutiérrez-Solana eran menos grandes que aquellos?

Acabemos, pues, con los lugares comunes. Sí, la República ilustrada había acabado antes, como República y como Ilustración, antes de que terminase la guerra en 1939. Todos ellos hubieran merecido otra República, la que soñaron en 1931 y de la que tantos, en uno y otro bando, empezaron a combatir ya en 1933 y a idealizar a partir de 1939.

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