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Pese a que uno de los fenómenos más característicos de la civilización actual —la aceleración del tiempo histórico— parece revalidar una vez más la infalibilidad del viejo Tácito cuando afirmaba que un quindenio o, en cómputos modernos, una generación es una buena medida para acercarse a la comprensión de la aventura humana, en la ciencia o, por mejor decir, la disciplina de aquél, tal espacio cronológico no sirve de mucho para aproximarnos a sus claves y pautas más significativas. Desde que en 1990 saliera al angosto panorama cultural español la revista cuyo presente número conmemora su guarismo centenario, las tendencias primordiales de la historiografía contemporaneísta —la de mayor volumen bibliográfico e impacto en la vida de la colectividad nacional— apenas si han experimentado evolución o transformación sustancial alguna. Se han peraltado o acentuado, sí, ciertos de los rasgos que entonces aparecían larvados, y alcanzado la adultez gran parte de los caracteres que en esa fecha articulaban su contexto general. Pero, en punto a innovación o poder creador, el contemporaneísmo hispano no ofrece en el periodo ahora glosado muestras de una particular vitalidad, bien que haya de apresurarse a recordar que no es otro muy distinto el horizonte que se atalaya en otros países. (En la misma Francia, patria incuestionablemente de la gran revolución historiográfica de la segunda mitad del novecientos, es perceptible —y hasta cierto punto el hecho resulta comprensible— un agotamiento de los grandes veneros de antaño). Si una veta creadora y auténticamente genesíaca fecunda alguna parcela de la cultura española de comienzos del tercer milenio —extremo sobre el que no es posible dejar de albergar serias dudas—, ésta no se encuentra indubitablemente en los dominios de Clío, antiguos, modernos o contemporáneos.

Atenidos a los últimos —los únicos objeto de la presente y apresurada glosa—, tendría que recordarse que su invasión y completa conquista por los poderes mediáticos es la nota más alzaprimada en el discurrir del periodo intersecular. Lo que era ya en su inicio un punto saliente y hasta, a las veces, configurador de su expresión, ha venido a convertirse en su verdadero perfil definidor. Conformada y modelada como un elemento más de consumo, la industria cultural se ha adueñado por entero de aquella parcela de la disciplina histórica que mayor y más generalizada demanda suscita. Así instrumentalizada, un mecanismo de perversión se apodera de los resortes del trabajo del historiador profesional, del intruso y del amateur, unidos por las exigencias del mercado y las técnicas del marketing. Una autorizada voz —la del director de la Real Academia de la Historia— ha querido dar recientemente un motivo de esperanza a las jóvenes hornadas de investigadores y romper al mismo tiempo una lanza a favor de las mores más acendradas del oficio de Clío al sostener que son pocos los estudiosos de estatus académico consolidado tentados por imprimir a parte de sus trabajos una vitola divulgad va y esencialmente mediática.

La realidad, empero, semeja distanciarse de tan estimulante mensaje. De modo cada vez más irrefrenable plumas acribiosas en la mayor parte de sus publicaciones, ceden a los cantos de sirena de los managers culturales y agentes literarios de las grandes editoriales y cadenas de televisión, sin triunfar casi nunca sobre sus naturales y legítimas pautas. Estas, por supuesto, muy rara vez guardan alguna relación con la plausible y, se quiere, loable socialización del saber histórico. Si así fuese, nada habría que objetar y sí alabar, en ocasiones, incluso mucho. Pero, por desdicha, no es el caso. Televisiones y editoriales buscan ante todo «productos de impacto», poco avenidos con la seriedad de los planteamientos y el rigor de las conclusiones propios de una reconstrucción del pasado con criterios y métodos académicos. En tal terreno se dirimen las batallas de audiencia y venta, y es, por ende, lógico que allí se concentren todos los grandes e intereses del marketing bibliográfico, sobre todo, en una situación de creciente oligopolio informativo y cultural como es la española, aunque no sólo ella. Contra las visiones fijistas de la nomenclatura mediática y gubernamental —a las veces, no existe en verdad entre ellas línea divisoria— hay que afirmar que la tarea historiográfica en su dimensión contemporaneísta no ofrece demasiado margen para contemplar con optimismo su futuro. Acaso en ninguna otra etapa del pasado reciente y, desde luego, en ningún otro periodo democrático, la densidad ética de la cultura española ha sido menor. Aun contemplado con mesura, la hondura del abismo se ofrece, a menudo, amedrantadora. La disciplina histórica, claro, no está al margen. Por razones imaginables sin esfuerzo, su parcela contemporaneísta es quizá la más estragada por dicha eversión moral. Maniqueísmos, deturpaciones y falseamientos yerman su territorio, crecientemente visitado por toda suerte de gentes, muchas sin franquicia alguna científica, a la husma de fáciles y rentables piezas.

De aquí no cabe, en manera, alguna desprenderse una apología del monroísmo para dicha parcela de Clío —ni para ninguna otra, bien se entiende—. Así, el insólito fenómeno de estar asistiendo en la actualidad al resonante éxito de los libros de Pío Moa no debe ni puede, como quiere un oligárquico sector del oficio, pasar inadvertido. Antes todo, revela una exigencia hasta ahora insatisfecha del lado de un amplio círculo de nuestra bien reducida comunidad lectora, contrariada en su franja más cultivada por el unilateralismo de la producción historiográfica dominante en torno a las raíces inmediatas del presente español. Un reduccionismo ribeteado de tendenciosidad y sectarismo como el de los hagiógrafos del franquismo 110 es lícito remplazarlo por otro apriorismo inmatizado —el de una segunda República descrita con tintes exclusivamente rosáceos, sino refulgentes—, por impecable que sea su marbete técnico. Aquel régimen no significó otra cosa que un ensayo general de convivencia tragado por el sumidero de la frustración. Las energías y nobles ideales puestos a su disposición no bastaron para que la República fuese recordada con el entusiasmo que su nacimiento despertó en los sectores ilustrados y gran parte de los populares. Si, a causa de un vacío de autenticidad y acribia en su análisis y un exceso de aurocomplacencia en la mayoría de los estudiosos del quinquenio 1931-1936, se ha producido una invasión del recinto del profesionalismo, es porque los gansos del Capitolio se durmieron. Carente de un diálogo efectivo y sólidas alianzas entre las organizaciones obreras y la burguesía más dinámica, las realizaciones republicanas quedaron muy distanciadas de las expectativas de su advenimiento, limitándose casi a un catálogo desiderativo de la mejor savia del progresismo hispano. El examen de conciencia que el hecho apuntado debía suscitar en el seno del contemporaneísmo, cara al revisionismo requerido por múltiples motivos, está, sin embargo, lejos de efectuarse, con sorpresa un tanto llamativa de los que quieren las causas, pero no los efectos.

En el más noble ejercicio de un corporativismo que tiende en todas sus expresiones, como aseveraba Crocce, a conspirar contra la sociedad, un gran historiador acabado de fallecer, Javier Tusell Gómez —acaso el más descollante de los contemporaneístas del siglo XX—, se afanó sin descanso por ofrecer, cara al exterior, una mínima cohesión y unanimidad entre los contemporaneístas en punto a la reconstrucción de los capítulos más salientes del próximo ayer. Los hechos, por desgracia, no se atienen a tan generoso empeño. El sueño forjado en el afianzamiento de la transición, fue flor de un día. El consenso social y político que, desde el marco de la convivencia nacional, semejó trasladarse a la esfera de las investigaciones en torno a la andadura histórica más reciente, pronto se evaporó; y hodierno es muy difícil o casi imposible encontrar un solo tramo de tal paisaje enfocado y analizado conforme a unos mínimos parámetros comunes. Los cuales, por el contrario, sí existen y controlan en su casi integridad la producción historiográfica contemporaneísta orientada al consumo masivo. Basta acercarse al elocuente espejo de las revistas de libros o los suplementos literarios de la prensa de radio nacional para comprobarlo. El discurso de lo historiográficamente correcto ha vuelto a imponerse; y una visión anclada, en sus presupuestos doctrinales, en el dogmatismo de la lucha de clases y el progresismo más acrítico, encadena el asentimiento de los creadores de opinión —instituciones e individuos—, arrastrando otra vez a los medios juveniles a una versión rencorosa y sesgada de la identidad nacional y, en términos globales, de la marcha del mundo en las dos últimas centurias.

La cata más ligera en la más potente forja de mentalidades y esquemas interpretativos de la sociedad presente y pasada, los manuales de bachillerato, corroboran en todos sus extremos lo acabado de afirmar. No hay, en efecto, en sus páginas resquicio alguno para el pluralismo o la diversidad, ennortadas indeficientemente a probar las «leyes» de la evolución de la humanidad —de modo especial, en sus segmentos cronológicamente postreros— de acuerdo a lo apodíctamente expuesto en los libros de cabecera de las generaciones de docentes y publicistas formados en los decenios centrales del Novecientos. La desfiguración de la imagen real del pretérito menos alejado de los afanes y modos mentales de la actualidad es, pues, objeto en el instrumento esencial de la formación histórica de una operación quirúrgica monopolista, obediente a una planificación cuidadosa y enfervorizada, alimentada por la conciencia generacional y la cosmovisión más íntima e irrenunciable de la generalidad de los profesores de enseñanza media. El oscurantismo religioso y el egoísmo capitalista serán, a sus ojos, las causas básicas de los incontables males padecidos por su opresión.

La reacción ante tan simplista encuadre es en España muy débil. En las líneas finales de una volandera reflexión, que no puede ya prolongarse, aludiremos, a modo tal vez de significativa ejemplificación del pensamiento que la ha inspirado, a una de las más ostensibles distorsiones del perfil vigente en la intelección y análisis de la trayectoria contemporánea de nuestra nación. Un factor clave en ésta —el peso y ascendiente del catolicismo— continúa sin ser requerido en el momento de indagar las fuerzas profundas y los resortes decisivos en el devenir de la colectividad hispana. Por desidia o desmaña de sus analistas —confesionales o no—, el protagonismo de la Iglesia —jerarquía, clero y laicos— en los avatares de la contemporaneidad apenas si ha traspasado en la mayor parte de los casos las fronteras de la apologética y la ramplonería, facilitando así la caricatura y el cuadro chafarrinesco dibujado por unos pinceles de rasgo monocolor y banderizo. Por dejar de referirnos, siquiera sea por una vez, al consabido y cansino nacionalcatolicismo y ubicar la cuestión en el otro gran centro neurálgico de la polémica historiográfica de nuestros días, es decir, en la segunda República, parece obvio a los ojos del espectador únicamente comprometido con la verdad, que sin la comprensión de la CEDA como un fenómeno de masas comparable en cuánto tal a los de impronta proletaria, se renuncia a entender la trayectoria del sistema político implantado en abril de 1931. Que en un abrir y cerrar de ojos, en el año transcurrido entre la caída de la monarquía alfonsina y la movilización de una derecha popular inspirada y alzada sobre los principios y los hombres y mujeres de la acción social cristiana —fundamentalmente, sindicatos agrarios—, es algo que sólo puede entenderse a la luz a de un éxito completo en la transformación casi subitánea de la masa tradicional del país en un partido político de impecable factura y modernidad organizativas. Por vía aparentemente paradójica —en realidad, por desconocimiento de los estudiosos del mismo tema analizado—, un catolicismo popular que, según sus críticos, fue un elemento retardatario de la evolución del país, debido a la inmovilidad a que le condenó el fundamentalismo eclesiástico, habría de descubrirse como el elemento tal vez más importante y dirimente de la experiencia democrática encarnada por la segunda República. Bien mirados los acontecimientos, el destino del régimen se jugó en torno a la aceptación o no de una CEDA a la que la patrimonialización del sistema por sus sedicentes fundadores y guardianes desterró a la esterilidad.

El tema, conforme cabe observar, se muestra propicio a una reflexión detenida, más propia de una publicación especializada que la de una de ámbito general como Nueva Revista, que con su número 100 escala a un promontorio esperanzador y reconfortante. Deseemos que, al rendir puerto su nuevo centenario, la España que atraviese en su segunda travesía haya realizado el ajuste de cuentas con sus raíces hasta hoy aplazado, sustituido por el acometido entre sus historiadores, más atraídos por las querellas y pleitos de la tribu que por los intereses de sus conciudadanos y país.

Un prócer catalan: Fernando Valls-Taberner

«Penso en un Ferran Valls i Taberner, que dirigia l’Arxiu de la Corona d’Aragó i que era conegut aleshores com a Don Fernando. Cordial i solemne alhora, Don Femando era un personatge important, no solament com a director de la casa, i com a historiador del dret catalã, sinó també com a membre de l’alta bugesia catalana, amb contactes am l’alta jerarquia ecleiastica i, en fi, com a home molt compromès en la politica, molt proper a Francés Cambó, en la cimera de la Lliga Regionalista. A Franca un home de aquesta categoria —en coneixia alguns exemples— s’hauria mostrar altiu i hauria exigit tot un ceremonial per apropar-s hi. Ferran Valls i Taberner no posava cap barrera ni ais seus col-laboradors ni ais joves estrangers com nosaltres.

Vaig poder mantenir amb ell, improvisadament, llargues converses, en qué em parlava de la seva familia, deis seus lligams econòmics, del passat i del present de seus interessos, materials i moráis». En tan breve semblanza, trazada por la pluma del mejor Pierre Vilar —Pensar històricament. Reflexions i records. Valencia, 1995, pp. 163-164—, se encierran sin duda las principales claves de la trayectoria pública y acaso también de la privada del que fuera una de las grandes figuras de la vida académica, política y social de la España de los años veinte y treinta.

Fernando Valls Taberner, una vida entre la historia y la política

JOSÉ MARÍA MAS SOLENCH

FERNANDO VALLS TABERNER
UNA VIDA ENTRE
LA HISTORIA Y LA POLÍTICA.

Barcelona, Editorial Planeta,
2004, 307 pp.

Nacido en un hogar de la mejor prosapia del Principado, en el que los blasones se mezclaban con los talegos, es decir, en el que la historia no había perdido el paso y se acomodaba al ritmo de unos tiempos presididos por el espectacular desarrollo de fin del siglo y del noucentisme, todos los privilegiados dones y dotes recibidos por la fortuna, los revalidó sino los «legitimó» por una existencia laboriosa ennortada por el servicio público y un regeneracionismo del que nunca renegara, alentando trabajos y proyectos incesables. En posesión de las dos carreras de Derecho y Filosofía, según era habitual entre los universitarios más brillantes y ambiciosos de las Humanidades de comienzos del siglo XX, no tardaría, empero, en sentirse inclinado por el cultivo de la Historia, sobre todo, tras una decisiva aunque breve estancia en la mítica Ecole de Chartes parisiense {en 1910). Desde entonces, el estudio de los tiempos medievales constituiría el eje vertebrador de una biografía intelectual solicitada por mil reclamos y afanes. En efecto, sería el análisis de diferentes y muy variados aspectos de la legislación de Cataluña en el periodo en el que ésta fuera la porción esencial de la Corona aragonesa la que imantase la envidiable capacidad investigadora al mismo tiempo, y de manera de ordinario simultánea, a la reconstrucción de no pocos pasajes del itinerario del Principado de mayor refulgencia a los ojos de un hombre cuya generación —la denominada, sin demasiadas pruebas ni argumentación por su último estudioso, de 1917—, imbuida aún del espíritu de la Renaixença, aspiraba a reverdecer y emular sus creaciones en la crisis española y mundial de la primera posguerra mundial.

Lograda la consagración universitaria con la obtención de la cátedra de Historia de España de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Murcia aún en rodaje en 1922, el curso iniciado en dicho año fue el único en que la regentó un Valls i Tabemer para el que, no obstante su cosmopolitismo y continuados viajes, el corazón del mundo cultural latía en torno a la plaza de la Generalitat y la Casa deis Canonges…, lo que, al menos en el caso español, no dejaba en buena parte de ser cierto en los «felices veinte», cuando autores y obras del Principado ocupaban la vanguardia más prestigiosa de la evolución artística, literaria y científica. No por ello ha de creerse, sin embargo, que el sentimiento telúrico o la religación con un catalanismo hipostásico primase en él sobre la visión y el entrañamiento de la «España grande» de su jefe y mentor político, Francesc Cambó. Al igual que el líder de la formación política a la que perteneciera y representase en el parlamento español y en el catalán, Valls se esforzó indeficientemente por conjugar los dos patriotismos y, en el terreno cultural, por adunar relaciones y vínculos con la intelectualidad madrileña, según lo puso de manifiesto de forma destacada e indisputable el papel esencial jugado por el autor de San Ramón de Penyafort en las célebres jomadas de confraternización entre los primates madrileñas y catalanes celebradas caída la I Dictadura, de la que, por cierto, sufrió Valls algún arañazo persecutorio como, a la medida del primorriverato, distinciones y reconocimientos como el nombramiento en 1929 de director del Archivo de la Corona de Aragón.

La frontera de los años treinta, tan peraltada en muchas andaduras literarias y científicas del primer tercio del Novecientos, aparece también muy subrayada en la del procer catalán. Bien que defraudado en su más acariciado anhelo —fracaso en el intento de conseguir la cátedra de Historia del Derecho en la Facultad de Derecho de la Universidad de Barcelona (1933)—, su consagración académica y política en todo el horizonte nacional no impidió una lenta pero irrefrenable deriva hacia el cuestionamiento y revisión de algunos de los planteamientos que alimentaran hasta entonces su vida pública. Las tormentas de ésta en los días de la segunda República estuvieron, claro es, en la raíz de dicha metanoia. Antes, empero, de iniciar la segunda navegación platoniana, el desencadenamiento de la guerra civil desbarató hojas de rutas y opacó, siquiera momentáneamente, objetivos y ensueños. Escapado milagrosamente de la riada de sangre y fuego de la represión desatada en Cataluña, como en el resto del país, contra los elementos y sectores contrarios a la realidad vigente, la prueba del exilio acabó por decantar las posiciones esbozadas en los pródromos del conflicto fratricida.

Retornado a España, su adhesión al bando franquista fue a un tiempo completa y matizada por el antiguo diputado de la Lliga. La dimensión tradicional, la repristinización de facetas y valores de la antigua España de la que el régimen se proclamaba adalid y defensor, sería asumida sin mayores vacilaciones ni escrúpulos por un Valls que, sin embargo, no vaciló nunca en descubrir su abierta renitencia a los factores de índole totalitaria abanderados más o menos nítidamente por los círculos más activos y juveniles de lo que no habría de tardar en convertirse en una dictadura personal.

Significativamente, su ocasional biógrafo, quizá por el comprensible pero quizás erróneo propósito de descargar y eximir a su personaje de las diatribas de que fuera y es objeto por la claudicación de sus ideales moceriles, pasa muy rápidamente la película del tramo postrero de la fecunda vida del prócer catalán. Durante su recorrido, colmado de afanes, honores y esperanzas, las viejas banderas no se plegaron, y su ardor fue extremo en paliar las aflicciones y reducir los dramas de los perseguidos y represaliados en la fase inaugural del primer franquismo, el más ciego, implacable y desatentado de todos. No pocas veces sus esfuerzos cristalizaron y otras no menos numerosas quedaron lejos de alcanzar su meta, pero nunca quedó desmentida tanto su hombría de bien como su amor insobornable a la tierra de sus antepasados.

En el crucial otoño de 1942, cuando despuntaban ya los rayos del desquite de la civilización sobre la barbarie y los partidarios de la monarquía encamada por el conde de Barcelona —título adoptado por don Juan de Borbón por influencia de las enseñanzas romanas del desterrado Valls—, vendría la muerte a llamar, como en el poema elegiaco más hermoso y penetrante de la literatura universal, a la puerta del buen caballero cuya vida retrata a grandes pero bien dibujados trazos José María Mas Solenchs, en un libro cuyo mejor elogio tal pudiera compendiarse en la afirmación de que sabe a poco y, a las veces, a muy poco. El personaje merecía más. ¿Por qué no acometerlo el mismo autor en una obra de más alto gálibo y extenso tratamiento?


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José Manuel Cuenca Toribio (Sevilla, 1939) fue docente en las Universidades de Barcelona y Valencia (1966-1975), y, posteriormente, en la de Córdoba. Logró el Premio Nacional de Historia, colectivo, en 1981 e, individualmente, en 1982 por su libro “Andalucía. Historia de un pueblo”. Es autor de libros tan notables como “Historia de la Segunda Guerra Mundial” (1989), “Historia General de Andalucía” (2005), “Teorías de Andalucía” (2009) y “Amada Cataluña. Reflexiones de un historiador” (2015), entre otros muchos.