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¿Qué ha pretendido Kazuo Ishiguro en Los inconsolables?. ¿Desconcertar al lector, explorar nuevos caminos narrativos, transgredir con todo? Resulta difícil averiguarlo.

La última novela del autor de la imprescindible Los restos del día (premiada con el prestigioso Booker Prize) produce en el lector confusión, extrañeza. Conforme discurre el argumento (¿el argumento?), uno se pregunta cada vez con más insistencia si se encuentra ante una magna obra o ante una brillante tomadura de pelo. Y, a ratos, es difícil decidirse por uno de los dos extremos.

Seis años ha tardado Ishiguro en volver a publicar desde su última novela. En su reaparición, ha querido huir de etiquetas y se ha presentado con un relato a todas luces inteligente, que ha sido calificado de “proeza literaria” por la crítica más quisquillosa.

Los inconsolables es una obra extensa, que exige una atención especial por parte del lector, pues pocas cosas y pocos personajes de la novela le resultarán reconocibles o cotidianos. Ryder es un importante y conocido pianista inglés que llega un buen día a una ciudad de provincias (europea, está claro, pero anónima), cuyos habitantes le esperan expectantes. Entusiasmada por la música, la ciudadanía ha intuido en Ryder, que debe ofrecer allí un concierto, el salvador que pondrá fin a todos sus males. Desde su llegada, el pianista atenderá a todo un cortejo de personajes que, desde Gustav, el mozo de hotel, hasta los “intelectuales” de la ciudad o la mujer con la que, al parecer, vivió una confusa historia de amor en el pasado, creen ver en él la semilla de la redención de las discordias, incomprensiones, odios, culpas, rencores, malos sentimientos… El artista es como el agua fresca para una comunidad marchita y sin vida. Desde el comienzo del relato, son enormes las expectativas que el protagonista no puede defraudar y que le arrastrarán de escena en escena, de personaje en personaje, de historia en historia, dando lugar a un mosaico laberíntico que no permite tanto una lectura focalizada como de conjunto, sin que ello reste autonomía a cada una de los “pedazos” de vidas que aquí se cuentan.

El absurdo de la situación -que ha llevado a no pocos a buscar similitudes con El proceso, de Kafka, aunque quizá esté más cercana de la olvidada América— se acrecienta con la ausencia de contexto casi permanente. Un ejemplo: a su llegada, Ryder tropieza con un mozo de hotel ya entrado en años que le suplica su ayuda para resolver los problemas que tiene con su hija. El pianista conoce así a Sophie (otro de los personajes importantes de la novela), a la que en principio nada le unía. Él se dirige a ella tratándola de usted, pero ella no reparara en ello y saluda a Ryder como a un antiguo amante. Si en un principio esto parece causar extrañeza en él, enseguida se adapta a la nueva situación. Ésta es una de las constantes de la novela, que obliga al lector a adaptarse a situaciones, personajes y, sobre todo, diálogos, que carecen de lógica.

Cuando parecía que la novela experimental había conocido tiempos mejores, Ishiguro se presenta con un auténtico ejercicio de experimentación, con algo más que un mero ejercicio de estilo. El autor de 43 años nacido en Nagasaki, pero “adoptado” por los británicos, consigue en muchos sentidos la ruptura total de algunos de los elementos considerados básicos en un relato. Escrito en primera persona, el narrador es, por ejemplo, a veces, omnisciente. De todo ello se deriva esa escritura onírica, enigmática, casi irreal. Sería demasiado fácil hablar, en el caso de Los inconsolables, de una parábola de la incomunicación o del desencanto. Su grandeza no se encuentra ahí, sino en ese punto inasible, en esa frontera difusa entre el genio y el brillante fuego de artificio. Probablemente se trate de lo primero.


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