Compartir:

Naguib Mahfuz se apagó en el postrer ocaso de agosto de 2006. El que fuera primer escritor de cultura y lengua árabe en recibir el Premio Nobel de Literatura, hizo mutis sin ruido de palabras, sin bronceadas y tintineantes campanas que atrajeran la atención del orbe. El pasado 11 de diciembre hubiera cumplido 95 años. Una larga y esforzada existencia dedicada a transfigurar, con el lenguaje universal del arte, la cotidianeidad, los sufrimientos y los intentos de rescate de quienes nada cuentan para la humanidad.


Los pobres y desheredados de los barrios periféricos de El Cairo, los funcionarios y burgueses apáticos y desidiosos y miles de ávidos lectores en el mundo han perdido a su juglar. El cantor del desencanto declaró a una revista literaria española: «Cuando se habla de conciencia, hermandad y justicia en el mundo, alguna gente dice que eso sólo son palabras que expresan sueños. Pero no sólo las pesadillas pueden hacerse realidad, también pueden materializarse los sueños».


Poseedor de una magistral capacidad de recreación de los ritmos urbanos y los aspectos marginales de la sociedad, Mahfuz logró la materialización de los ideales haciendo hincapié en los valores humanos, la lucha por la vida y el atractivo del espíritu. Considerado como el verdadero inventor de la novela árabe, imprimió a sus obras un aura de universalidad. Sus palabras y sus convicciones alcanzaron a todos por igual, aunque su existencia nunca se deslindó de la burguesía que, sin repudiar la tradición, asimiló la modernización promovida por el nasserismo. Mahfuz, referencia imprescindible para los narradores árabes, asienta su literatura sobre la base de la diversidad de principios como elemento enriquecedor de las culturas.


LA VIDA DEL MAGISTER DEL ALMA ROTA


Naguib Mahfuz Abd el-Aziz nació en una modesta vivienda de la calle Darb el-Qirmiz, en el populoso barrio de Al-Gamaliya del viejo El Cairo fatimita. Mustafá. Debe su nombre al médico Naguib Mahfuz Pasha, quien asistió a su madre en el trance de un difícil parto. Fatimita. Hijo de Mahfuz Abdul Aziz, funcionario del Ministerio de Educación, y de Fátima Mustafá. Ésta, a pesar de su analfabetismo, contribuyó a la educación de su pequeño hijo: lo sacaba en largos paseos por las pirámides de Guiza y las imponentes mezquitas del barrio. Fue el menor de siete hermanos, un número al que siempre se ha conferido un tinte mágico en las tradiciones del Nilo.


Naguib, como tantos otros niños musulmanes, comenzó su formación en la kuttab (escuela coránica). En 1925 ingresó en la escuela secundaria para continuar con su aprendizaje. Allí sobresaldría en lengua árabe, historia y matemática, si bien era un ávido lector de la literatura clásica y moderna egipcia. Estudió Filosofía en la Universidad Rey Faruk I, actual Universidad de El Cairo. Durante su periodo universitario se afilió al partido Wafd -socialista- y publicó artículos políticos y literarios en varias revistas. Pero su literatura más pretenciosa era rechazada por los editores de forma sistemática. Para él, en esos días, la filosofía era más significativa que la literatura, poseía un mayor fundamento: la búsqueda de la Verdad. La obra literaria de ficción sólo era un entretenimiento, no una herramienta adecuada a tal búsqueda.


Se graduó en 1934 y obtuvo un cargo en la misma universidad. Fracasó en el intento de conseguir una beca para estudiar en Francia, y no terminó, por carecer de tiempo, su tesis doctoral, titulada El concepto de belleza en la filosofía islámica. El filósofo occidental que más influyó en su conciencia fue Henri Bergson y su concepto de que el universo y el ser humano están en perpetuo movimiento y cambio. Este concepto, aplicado a la Historia, hizo que renacieran dentro del propio Mahfuz aquellas impresiones tempranas de un Egipto en lucha por la independencia, pugna que interpretaría como la lucha interna del hombre por su propia liberación.


En 1939 pasó a ocupar un puesto en el Ministerio de Asuntos Religiosos, en el que permanecería durante quince años, consiguiendo así un contacto fluido y directo con los aspectos de la vida religiosa islámica. Ese año señala la impresión de su primera novela, y por tanto el inicio de su carrera literaria. Se trasladó a vivir al barrio de Aguza, con su esposa Atía, una mujer sonriente y vivaracha, y sus dos hijas, Hoda y Fátem.


El jeque Omar Abdel Rahman -en prisión por su participación en el primer atentado contra las Torres Gemelas, el de 1993- dictó en los años ochenta una fatwa contra él por su libro Hijos de nuestro barrio. Un absurdo decreto religioso similar al que Jomeini dictó contra Salman Rushdie por sus Versos satánicos. En el caso de Rushdie, Mahfuz testimonió en contra de la fatwa, pero también contra la novela por atacar la religión.


Apenas abandonó Egipto durante su vida, y fue una de sus hijas la encargada de recoger el premio de la Academia sueca en 1988. En octubre de 1994 un fanático integrista de la Yarna Islamiya intentó cumplir el decreto. Mahfuz recibió dos puñaladas, una en el cuello, otra en el vientre. El brazo derecho quedó prácticamente paralizado y perdió gran parte de la visión y de la audición.


En los últimos años de vida debió renunciar a la gran literatura. Sin embargo, nos lega una vastísima producción. Junto a ensayos políticos y sociales conviven una docena de recopilaciones de cuentos, textos teatrales, guiones cinematográficos y un número indeterminado de artículos. Además, casi cuarenta novelas que reflejan los acontecimientos, que a menudo nos han hecho sufrir, de su país, y por ende, del mundo árabe.


Como personalidad pública, Mahfuz era un baluarte contra los extremismos políticos -y en particular los basados en creencias religiosas, sean éstas musulmanas, judías o cristianas- y un firme partidario de la coexistencia en Tierra Santa de dos Estados: el israelí y el palestino. Le preocupaban por igual los llamamientos a la guerra de Bush y los de Bin Laden. «Si el mundo hace caso a esa gente, vamos a la perdición». De la situación y del líder político en los años noventa en Egipto confesaba: «¿Hosni Mubarak? Su constitución no es democrática, pero él es democrático».


«Si un día me abandonan las ganas de escribir, deseo que ése sea el día de mi muerte». La muerte se adelantó al aburrimiento. La vida se le escapó por entre las páginas aún vírgenes de palabras. Fue sepultado en la mezquita Al Rashdan de la capital egipcia. A la ceremonia asistieron pocas personas, la mayoría familiares y escritores. El biógrafo Raymond Stock definió a Mahfuz como «el último de los pioneros. El último egipcio que hizo coincidir a Oriente y Occidente».


LA OBRA DEL LLAMADO BALZAC EGIPCIO


Para Mahfuz, escribir era una necesidad vital, una «novia eternamente joven». Precisaba que era «alguien que ama la literatura. Alguien que cree en su trabajo y es sincero con él. Alguien que ama su trabajo más que el dinero o la fama. […] Amo escribir más que cualquier otra cosa. Puede ser perjudicial para la salud, pero siento que sin literatura mi vida no tendría sentido. Puedo tener amigos, viajes, amor, pero sin literatura mi vida sería miserable». Y diseccionaba el contenido de sus escritos con matemática precisión: «Aunque mis novelas parezcan imaginarias, simbólicas o históricas, en un 75% tratan de hechos actuales inspirados por la sociedad, y el 25% de deseos patológicos metafísicos, tal vez inspirados también por la propia sociedad». Experimentó con la técnica del monólogo interior, la literatura del absurdo, la poesía, y las teoría freudianas del psicoanálisis, pero siempre apeló a aquello que es universal y permanente en el hombre: la búsqueda voluntaria del bien.


«Desde la novela histórica a la simbolista, pasando por el realismo social y toda suerte de mixturas personales, Mahfuz ha ido colocando los medios narrativos al servicio de una trayectoria literaria que indaga en las honduras del mundo egipcio, desde el faraónico al actual, y pese a su extenso uso de las técnicas y estructuras de la literatura occidental, ha conseguido también integrar en su obra las ricas herencias de la tradición árabe, entre las que cabría mencionar especialmente el recurso a la rihla o relato de viajes y de iniciación».


Los estudiosos de la obra mahfuziana dividen en cuatro etapas su itinerario creativo:


ETAPA HISTÓRICA


Conformada por tres novelas sobre la historia del antiguo Egipto, escritas entre 1939 y 1944, bajo la influencia del Ivanhoe de Walter Scott: La maldición de Ra, Radophis la cortesana y La batalla de Tebas. Mahfuz había concebido un ciclo de cuarenta novelas con el que recrear el esplendor del Egipto faraónico, de acuerdo con un modelo que podría recordar el propósito de los Episodios Nacionales, esto es, la voluntad de contribuir desde la novela a la configuración de la nación.


La idea implícita que animaba a Mahfuz era la de enfrentar a los colonizadores con su descabellada pretensión de instruir a los habitantes de un país que, siglos atrás, había encarnado la mayor civilización de la época. Mahfuz cuenta, además de con su exquisita pluma, con un considerable bagaje de conocimientos sobre el antiguo Egipto, que otorga a sus novelas -en un territorio donde reinan la opinión y las discusiones bizantinas- un elevado porcentaje de credibilidad histórica. Los relatos, las descripciones y los diálogos están insertados en el ambiente social propios del momento de un modo excelente.


ETAPA REALISTA


Destaca la trilogía de El Cairo (Entre dos palacios, 1956; El palacio del deseo, 1957; y La azucarera, 1957). Saga de una familia de la pequeña burguesía comercial cairota seguida durante tres generaciones, desde 1917 hasta 1944. Historias cotidianas de la ciudad; estudio de las enfermedades sociopolíticas de su sociedad con el uso de las mejores técnicas del realismo y el naturalismo. Al terminar la trilogía, Mahfuz dejó de escribir por unos años, en desacuerdo con el régimen de Nasser.


llnm_img1.jpgMerecen asimismo ser destacadas La epopeya de los miserables, cuyos protagonistas son los marginados de El Cairo, sean éstos vendedores ambulantes o, más a menudo, vagabundos: gente que vive al día; Festejos de boda, donde se cuenta un argumento de fatalidad de un pequeño grupo de autores, directores y empleados de un teatro cairota, y articulado en torno al estreno de la primera obra del joven Abbas; y Las codornices y el otoño, en la que un funcionario egipcio es expulsado del cuerpo cuando estalla la Revolución, y buscará consuelo en los cafés y en las tertulias, iniciando un proceso de autodestrucción en el orden moral.


ETAPA CRÍTICA


En esta tercera etapa sobresale Hijos de nuestro barrio, gozne entre la «narrativa de vida» anterior y la «narrativa de ideas» posterior. Apareció por entregas durante 1959 y sólo se publicó como libro en Beirut en 1967. Hoy en día sigue prohibido en Egipto. Es la historia alegórica del hombre a la continua búsqueda de los valores espirituales. En ella se manifiestan los valores de las tres grandes religiones monoteístas que han humanizado el Oriente y el Occidente, pero que hoy la presunción de un progreso materialista trata de marginar. Y lo relata a través de las vidas de tres chicos, libre interpretación de los fundadores: Moisés, Jesús y Mahoma.


Otras novelas de esta etapa son: El ladrón y los perros, cuya historia está inspirada en un ladrón que aterrorizó El Cairo durante un tiempo. Su nombre era Mahmoud Suleiman. Cuando salió de prisión intentó matar a su mujer y a su abogado. Ellos escaparon ilesos, pero él fue asesinado; El mendigo; Miramar; Un señor muy respetable, que «se centra en los entresijos del funcionariado, profesión reputada en Egipto como sagrada. […] La prosa de Mahfuz, muy cercana y directa, disecciona con gran riqueza de matices los vericuetos de la ambición, que traza un arduo camino para los que caen en sus garras»; La esposa deseada, y El día que asesinaron al líder, que cuenta los acontecimientos del 6 de octubre de 1981, cuando el presidente egipcio Anuar el Sadat perdió la vida en un atentado.


ETAPA CLÁSICA


Durante esta última etapa Mahfuz abandona los modelos occidentales para retomar la influencia de los clásicos árabes. El cambio de dirección lo marca El viaje del hijo de Fatuma, que relata una peregrinación para adquirir sabiduría y salvar su agotado país, y critica la deficiencia de los países musulmanes añorando una sociedad más perfecta y justa.


Además, pertenecen a esta etapa Mañana de rosas, tres narraciones que recuerdan la vida, el ambiente y las personas de los barrios cairotas donde vivió Mahfuz; Charlas de mañana y tarde, donde la vida de cada uno de los sesenta y siete protagonistas es el hilo argumental del que se sirve para examinar los cambios que acontecen en el exótico Egipto entre los siglos XVIII y XX; El café de Qúshtumar, publicada por entregas durante 1988 en el diario cairota Al-Ahram y que narra la tertulia de cuatro vecinos de un barrio de El Cairo, en las que se describen y fraguan los aconteceres de cada uno de ellos; y Tras la celosía, obra en la que una familia se traslada de barrio huyendo de los bombardeos. En el nuevo barrio se producirá un enfrentamiento fraternal entre el hermano clásico y árabe, y el moderno y occidentalizado.


EL MANIFIESTO HUMANO DE MAHFUZ


Milan Kundera sostiene que Cervantes contribuyó al conocimiento de la naturaleza humana tanto o más que Descartes u otros pensadores. Por ello no parece desmesurado pensar que Mahfuz ha aportado, con su escritura, un rayo de luz a la siempre difícil y enmarañada tarea de profundizar en el ser hombre. Quehacer siempre orientado desde la más absoluta realidad. Con palabras del autor: «El escritor puede emplear la fantasía, pero siempre tiene un ojo en la realidad. Yo pertenezco a este tipo de escritor. Puedo revestir mi trabajo con dimensiones abstractas, pero sólo para acceder al corazón de la realidad».


El tema central de la literatura de Mahfuz es la impotencia de la condición mortal, en su debilidad y grandeza, para luchar contra el destino. En el fondo, sus novelas reflejan el desconcierto de una sociedad que vacila entre los principios islámicos tradicionales y la seducción de Occidente, tratando de hallar un punto de equilibrio entre dos mentalidades no fáciles de conciliar.


Dicha conciliación social se origina en la asunción de puntos comunes por ambas mentalidades. Puntos comunes que residen en la naturaleza humana: elemento propio y unificador. Mahfuz se marcó la tarea de buscar esos lugares de contacto, esas situaciones que imantaran las mentalidades enfrentadas. Su herramienta fue la literatura. El escribir considerado como una ciencia íntimamente conectada con la naturaleza del individuo, y que debe servir de instrumento de búsqueda y localización de los lugares comunes.


Mahfuz trabaja en esa dirección desde la crítica. Los principios que encarnan la mayoría de sus personajes no son los valores que deben servir de unión, sino sus contrarios. A la vez que presenta, critica; a la vez que muestra, reniega. Mahfuz no es un escritor que reniegue de la inteligencia, que se esclavice frente a la fortuna, que se obligue a la quietud como sus personajes. Para Mahfuz, los actos que soldarán culturas son los dinámicos y libres; libres consigo mismos y respetuosos con la libertad de los demás.


Mahfuz «siempre muestra cariño y ternura hacia los protagonistas y hacia las situaciones vitales por las que éstos pasan» y «no intenta disfrazar o disculpar miserias y mezquindades de sus coetáneos, ni tampoco las juzga o se lamenta de ellas; y por lo que respecta a sus bondades y virtudes, ni las ensalza ni se enardece con éstas. Son, sin más». Al perfilar sus personajes olvida la filosofía bergsoniana del movimiento que tanto le impresionó en su juventud. Ese perpetuo movimiento y cambio no se aplica a sus personajes, sino sólo a lo social. Y en lo social de un modo drástico. El hombre permanece invariable, en el sentido de que es incapaz de ejercer sus facultades para modificar el azar al que se encuentra sometido. La libertad natural del hombre queda coartada, encerrada en las estrechas sendas de la elección de lo material. En el repetir personajes o estereotipos de personajes, situaciones, lugares o tramas argumentales y formas narrativas, los personajes de Mahfuz se inmovilizan.


En la última página de El callejón de los milagros se proclama: «Hombre decimos porque olvida, y corazón decimos porque cambia». El corazón, el amor, la filosofía platónica ocupan un lugar preponderante frente a lo que podríamos denominar una narrativa más conceptual. Esto se debe a la total trascendencia divina. Un personaje exclama: «Y de mi religión, lo único que sé es que Dios es Clemente y Misericordioso». A Dios se le ama, es el Bien, y no se desea comprenderle. La verdad está en las acciones de Dios. En la voluntad de bien del hombre. «Creo de verdad en el bien y éste me impulsa a seguir mi método y a proceder con calma». Es el predominio de la bondad sobre la verdad, de la voluntad sobre la inteligencia.


En la obra de Mahfuz poseen enorme fuerza narrativa los diálogos, salpicados de referencias divinas, exclamaciones de rendición ante el destino, citas del Corán; diálogos que alumbran elipsis. «En sus libros late un agudo análisis social y psicológico, plasmado en un estilo directo, moderno y realista». Un estilo de síntesis y simplicidad, en el que los perfiles de los personajes son nítidos y las situaciones tan sencillas que rozan la aparente ingenuidad. Los diálogos provocan la sensación de que la novela, pareciendo estancada en el exterior, fluye por aguas internas remansadas. Como un rítmico canto surge de un coro de jóvenes gargantas. Como una corriente interna envuelve los cuerpos de los submarinistas.


La esperanza, «lo único capaz de desvelar los espejismos de la naturaleza humana», no incita al cambio y a la mejora. Se trata de una esperanza para iluminar los hechos, no para modificarlos; que procede de la palabra, no de la acción; que permite expresar emociones y aliviar las cargas ajenas, pero ahí marca sus límites. Para los personajes mahfuzianos, el futuro es fijo, inamovible. Se ha de aprender a convivir con él: «Sean lo amargas que sean las experiencias pasadas, no conseguirán cambiar el curso natural de la vida». La lucha contra el destino es inútil. Lo provechoso es remolcarse, adaptarse a vivir según sus antojos.


«Los sentimientos dependen de la voluntad de Dios». Nueva llamada al inmovilismo vital, a mecerse al son de las notas de la partitura divina. No extraña que los personajes de Mahfuz vivan limitados a sus ancestrales barrios y periferias, enjaulados, matando el tiempo en sus herrumbrosos cafés, condenados a un trabajo manual o comercial de poca monta, sujetos a sus casas y aburridos acontecimientos corrientes. Y que busquen en la amistad personal el único recurso, la única virtud, para alcanzar la felicidad. No chirría a la razón que Yasín, el hijo mayor de la familia protagonista de la trilogía de El Cairo clame: «El corazón lo es todo […], Alá lo considera por encima del ayuno y de la oración».


Mahfuz es un experto en el arte de componer ficciones de mundos posibles, gracias al perfecto conocimiento que posee de las maneras novelísticas y al saber reconocer y recoger como pocos las inquietudes y preocupaciones de sus coetáneos y compatriotas, con una intuición fina y sutil para sintonizar con su entorno. Un escritor irrenunciablemente valiente, insobornable, lúcido.


El escritor Luis Sepúlveda narraba su único encuentro con Mahfuz. Fue en la cafetería de un hotel cairota. En el ascensor, sintió la ajada mano del maestro sobre la suya, y le «traspasó un extraño calor de arena, y la convicción de que su fragilidad era la metáfora del despojo. Fue un diálogo de pocas palabras pero de grandes emociones que, como se sabe, suelen reemplazar eficazmente al discurso». Escasos minutos antes de abordar el avión de regreso, recibió la noticia del nacimiento de un nieto. Sepúlveda se sintió dichoso, «porque muy pronto lo tendré en mis rodillas y le diré: una vez, porque siempre hay una vez, fui a Egipto y conocí a un hombre viejo, a un hombre bueno y noble, que tomó mi mano y me entregó el extraño calor de la arena y del desierto». Que el contacto con la mano de Mahfuz, abundante en falanges literarias, nos alumbre por los intrincados caminos de la naturaleza humana.


Compartir: