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Un título tan sencillo como ambicioso pone muy alto el listón de las expectativas. Aunque nos pese reconocerlo, el tema de la libertad presenta recovecos insondables, espacios fértiles para la literatura. En uno de ellos, Ignacio Vidal- Folch ha encontrado los elementos necesarios para construir una buena novela.

La libertad se sitúa en Bucarest, en los tiempos agónicos y paranoicos del régimen del dictador Ceaussescu, en “el año de la tambada”. Los personajes forman un grupo extraño y heterogéneo, a veces perdiendo pie, sumergiéndose en un imaginario sentido de la realidad.

Daniel, un engreído ingeniero español a quien las necesidades de los demás solo le causan una profunda indiferencia, es desplazado por su empresa a Rumania con el pretexto de abrir mercado en un país a punto de cerrar “por inventario”… Allí conoce a Lucía (la hija rumana de un compositor) y a toda la colonia de diplomáticos, viejos inmigrantes, comerciantes y traductores agrupados alrededor de la embajada española en los dominios del Titán de los Titanes. A partir de ahí, Ignacio Vidal-Folch relata su historia con excelente ritmo narrativo, trasladándose al pasado cuando el argumento lo hace necesario.

La novela muestra el conocimiento del autor sobre la realidad de Europa oriental y, en concreto, de Rumania; no en vano trabajó allí como corresponsal para cubrir la sangrienta caída de Nicolae Ceausescu. Se equivoca, sin embargo, quien crea estar ante un relato de carácter político o ante una descripción minuciosa de las desgracias del pueblo rumano durante todos esos años. La libertades una novela de afectos, de sueños y decepciones, de lealtades traicionadas, de saqueos inmorales, de caminos maltrechos.

Los extranjeros que llegan a Rumanía están hechos de una pasta especial: “Si (un hombre) a lo largo de su vida ha construido algo que valga la pena, no lo abandona todo para venir a un país como el nuestro. No, los que vienen solo han dejado en sus casas cenizas y deudas, vienen porque les pagan más por venir”, le explica el rector del Instituto Politécnico a uno de sus alumnos en un momento de la novela. Y es cierto. Daniel y los demás no permiten que dejen huella en ellos todas esas vidas expoliadas que van dejando tras de sí, como si éstas fuesen irreales; se mueven con “la libertad” que ofrece el talonario de cheques, sin sentirse obligados por los afectos; se aburren, pero evitan inquietarse por el dolor ajeno; en el fondo, se ríen con cinismo de “la reserva moral” de los rumanos, el principal tesoro que éstos pueden aportar al “mundo materialista” del que ellos proceden y que fingen despreciar.

Los sueños de libertad de rumanos como Lucía están puestos en un avión que cruce el cielo y les lleve a Occidente, donde todo parece mucho más fácil. Creen que su vida dará un día un giro de ciento ochenta grados y esperan, y esperan. Pero Occidente es a veces un pasaje de ida y vuelta del que solo se trae el corazón marchito y pateado y la maleta vacía. Por eso, “también del horror sentimos nostalgia y también añoramos la nada”. Con esta frase se abre La libertad. Al terminar sus páginas, el lector comprobará que esto resulta tan cierto para rumanos como para extranjeros. Estos últimos habrán dejado pasar la oportunidad de encontrar la felicidad en un país baldío, pero inexplicablemente vivo. Daniel volverá a casa sabiendo que “el paraíso era un jardín yermo en el vertedero de Europa al que hubiera tenido derecho si hubiera sido más puro, más pobre, más tonto, más sensible, si hubiera sido otro”.


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