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La isla sin aurora ve la luz en la posguerra, en 1944. Es evidente, por la fecha, que pertenece a la última etapa de la producción azoriniana. Y, sin embargo, sorprende por ser un «libro a ratos extraño, desconcertante», inserto en una «atmósfera mágica que envuelve los sucesos», al decir de Martínez Cachero. En la misma línea, Leopoldo Panero calificó de «lectura casi sonámbula» el viaje a esta isla sin aurora a través de la prosa medida, exacta, de Azorín. Como lectura del matiz y del ensueño podría también considerarse. Y es que el mismo argumento se sumerge en el mundo del duermevela: tres personajes sin nombre —el poeta, el novelista y el dramaturgo— se embarcan en dirección al Pacífico en busca de la isla que da título a la novela.

En sus páginas, Azorín nos entrega una reflexión en torno al fenómeno de la creación literaria. Al fin y al cabo, los protagonistas representan a cada uno de los tres géneros mayores de la literatura. Sin embargo, a medida que el viaje se completa cobra relevancia uno de los temas más recurrentes del maestro alicantino: el paso del tiempo, simbolizado por ese barco frente a las costas de la isla, denominado Sin retorno.

Es uno de los temas más recurrentes en la literatura. Pero el autor de Monóvar lo aúna con el de la creación literaria de manera magistral. Ya Ortega, en su ensayo «Nuevo libro sobre Azorín», dirigía su atención a lo que él consideraba núcleo del arte azoriniano: «El arte de Azorín consiste en suspender el movimiento de las cosas, haciendo que la postura en que las sorprende se perpetúe indefinidamente como en un perenne eco sentimental. De este modo, lo pasado no pasa totalmente». Y en «Azorín: primores de lo vulgar», resaltaba su atención a lo minúsculo y su preferencia por el pretérito perfecto: mirada y estilo conjugados en la tarea de congelar la realidad que discurre y se escapa, pero también heridos por la certidumbre de que el presente se vive «como habiendo pasado ya».

Decía Fernández Almagro que en este libro Azorín «consigue, con extraordinaria belleza de expresión y sugestión continua, los efectos más puros que hasta ahora haya logrado —y ya es decir— en el aventurado camino que va del detalle físico y real, comprobado, a la esencia de las cosas». Quizás la superlativización del adjetivo «puro» sea arriesgada; sin embargo, el viaje a la isla sin aurora queda como testimonio de un escritor que, en efecto, perpetuó los detalles de su mirada en el vocablo exacto y esencial, y por lo tanto eterno.


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