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Azorín constituye uno de los mayores malentendidos de la cultura Aespañola del siglo XX. Habiendo sido el artífice principal de un orden literario cuyas líneas maestras siguen aún vigentes, no supo -o no pudo- colocarse al reparo de un juicio hostil, el cual, para tomar en positiva consideración su obra, condenaba su actuación pública. La censura del intelectual permitía la salvación del literato. Impía escisión que sigue obligando a la lectura plana de un corpus magnífico. Nace así nuestra actual visión de Azorín: el escritor puro. Pero es esta una imagen falsa, una impostura cuya eficaz deconstrucción se nos hace hoy tan necesaria como urgente. Y no como práctica erudita o como reclamo de algún absoluto de ciencia o de justicia, sino como quehacer ético que busca dar al presente la solidez que deriva -o debería derivar- de la consideración adecuada del efectivo acontecer de las cosas, de su fondo insobornable y de su íntima verdad, único modo, a fin de cuentas, de abrir un cauce hacia el futuro que no obligue a la historia a transitar al borde de los abismos.

Tiene reglas propias el canon. Y no es cuestión de quedar a un lado o a otro, dentro o fuera de él, sino de ver cómo todo queda transformado por esa lógica perversa que anima la configuración del orden que levanta. Todo lo transforma el canon. Nada escapa a su poder, pues se impone como dominio roturando el campo de la cultura. Y es tal su fuerza que oculta su ser tras una apariencia de absoluto que acaba por sobreponerse y confundirse con la misma realidad. Pero no es tal, desde luego. Por eso la resistencia al canon constituye el registro ético de una metodología de estudio que mira sobre todo a una comprensión holística de los fenómenos culturales. Esta resistencia se ofrece como espacio de libertad y praxis de liberación, aunque sean éstas palabras en desuso que viven hoy en retirada dentro de esta deriva posmoderna que nos incumbe y que parece habernos convencido que nada hay ya que liberar. Se olvida que la luz genera siempre sombras, y que en ellas yace oculta la clave de la impostura y la razón de ser de una verdad siempre por descubrir.

El canon levanta la imagen de Azorín como escritor puro y como autor clásico. Una imagen, desde luego, que no es inocente y que obliga a Azorín a pagar un precio muy alto. No sólo a él, sino también a nosotros mismos, pues nos impide el límpido reconocimiento de su auténtico legado. La herencia de Azorín reenvía así a un desafío. Es una falta. Algo que debió de quedar interrumpido en algún punto de la historia y no acaba de llegarnos en lo que efectivamente es. Nos llega otra cosa, pero no es lo mismo. El desafío consiste en colmar esa falta, en desandar el camino de la herencia perdida y en reparar su cauce interrumpido, acaso olvidado. Y ello exige una decidida «inversión de la mirada»: ni escritor puro ni autor clásico, Azorín es principalmente un autor condenado a las sombras. Se trata de ver más y mejor, y, sobre todo, de romper el cerco de la visibilidad que se esconde en los lugares comunes consolidados. No hacia la luz, pues, tras el brillo y el resplandor del canon, dejándose llevar por la fácil complacencia y el cómodo asentimiento, sino a contracorriente y hacia las sombras, para hacer añicos aquella imagen falaz e intentar restituir a Azorín en su auténtico valor.

Frente a esa imagen del «escritor puro», tan arraigada en nuestra actual conciencia literaria, aquí se opondrá la imagen de un «Azorín impuro», de un Azorín para nada aislado en ninguna torre de marfil, sino siempre en permanente trato con las circunstancias, en comercio siempre con su tiempo. En este sentido, la figura que mejor define y explica el carácter poliédrico de Azorín (novelista, dramaturgo, ensayista, periodista, crítico, cronista, filósofo, político, etc.) es la del «intelectual». No es que esos otros rótulos con que solemos acercarnos a su figura no le correspondan, que sí lo hacen, pero ninguno de ellos le comprende por completo, y, sobre todo, ninguno de ellos da cuenta de esa voluntad de intervención en la vida pública de su tiempo con las armas propias de la escritura, ninguno de ellos es, además, capaz de vertebrar en una misma unidad de acción esa varia y múltiple actividad desplegada por Azorín en sus escritos.azorin.png

No responde a capricho, sin embargo, la imagen del «escritor puro», sino, más bien, a un concreto momento de nuestra historia reciente, y tiene, pues, su razón de ser en un pasado que impuso su ley a la hora de configurar el orden cultural de los años cuarenta y cincuenta. Es cierto que ese El canon levanta la imagen de Azorín como escritor puro y como autor clásico. Una imagen, desde luego, que no es inocente y que obliga a Azorín a pagar un precio muy alto. pasado ha pasado ya, y que, de consecuencia, sería hora de deconstruir las formas representacionales que levantó en coherencia con su ideología política y, además, de reconstruir -revisar y rehacer- el legado del pasado a la luz de los valores inherentes a la nueva España democrática. Grave sería que hoy, superado el orden de aquel tiempo, siguiéramos aceptando la validez de sus consecuencias. La historia tiene que ser siempre contemporánea. Deja de serlo, o mejor, no llega a serlo, cuando el presente acepta no sólo el relato del pasado, sino también su lógica, quedando así el presente prisionero del pasado y, sobre todo, sin paso seguro hacia el futuro.

La imagen de Azorín como «escritor puro» hunde sus raíces en el franquismo. La trama de su recuperación para el nuevo régimen actuada en la inmediata posguerra tuvo varios protagonistas entre los intelectuales fascistas de entonces, siendo el más acreditado entre ellos, o quizá el de mayor éxito, Pedro Laín Entralgo. En su libro de 1945 sobre La generación del 98 llevó a cabo una sibilina -y no menos audaz- operación hermenéutica a cuyo través los escritores de la generación finisecular aparecían ante el régimen con la cara lavada y el traje nuevo de los domingos. No es el caso de volver sobre aquella maniobra intelectual, pero sí conviene recordar que allí se fraguaron las imágenes tópicas del «paisajismo contemplativo», de la «ensoñación» y del «amor a España», y, por lo que se refiere a Azorín, se elevaron a notas distintivas mayores de su obra la «evocación» y el sentimiento y preocupación por el «tiempo». Y no es que no sean ciertas estas características, pero son manifiestamente insuficientes para definir con plenitud la complejidad y riqueza que encierran tanto la obra de Azorín como la del resto de los escritores finiseculares. Fue aquélla, sin duda, una operación reductiva y empobrecedora, aunque no hay que olvidar que su finalidad principal no era la corrección crítica, sino un intento de apropiación ideológica con vistas a levantar una suerte de continuidad cultural hacia atrás capaz de conectar el pasado más inmediato con los siglos áureos de la tradición imperial.

La impostura de la operación de Laín -gestada y promovida en el seno del «falangismo liberal»- ha sido denunciada por la crítica hasta la saciedad, pues se asentaba sobre el pertinaz silenciamiento de todo aquello que no casaba bien con las directrices y consignas ideológicas de aquella primera hora del régimen franquista. En el caso de Azorín, por ejemplo, se corrió un tupido velo sobre sus escritos de juventud, sobre su actuación política, sobre su actividad crítica, sobre su lucha intelectual en favor de la modernización de España, sobre su modernidad, etc., y se sentaron las bases, en cambio, para poder levantar la imagen del «escritor puro», del estilista por antonomasia, preocupado por la perfección de la página, por el fluir temporal y por la evocación de España, índice todo ello, a la postre, de un patriotismo rancio, pero muy eficaz, sobre todo a la hora de mostrar su aval al nuevo régimen. Es decir, se rescataba un Azorín normalizado, sin esquinas ni fisuras, un Azorín perfectamente limpio y desinfectado, un Azorín, en fin, irreconocible con lo que efectivamente fue Azorín hasta el advenimiento de la guerra civil. A la sombra y al olvido se condenaba todo lo que podía poner en peligro esta recuperación reparadora. Y tampoco hay que olvidar -y mucho menos esconder- que el mismo Azorín se prestó con docilidad a todo ello.

Borrar las propias huellas fue una práctica bastante común en aquellos primeros años del franquismo, pero sólo cuando se haya superado la visión maniquea de aquel tiempo podrá hacerse una adecuada valoración de estos fenómenos. Las fáciles condenas de ayer de nada nos sirven hoy. Es más, de la crítica no se deben pretender juicios sumarios, sino voluntad de entendimiento. El regreso de Azorín a la España de Franco no es una culpa, desde luego, como no puede serlo tampoco el intento de salir adelante en el marco del nuevo orden. Es cierto que acaso se dejara querer más de la cuenta y que no desdeñó amistades Se corrió un tupido velo sobre sus escritos de juventud, sobre su actuación política, sobre su actividad crítica, sobre su lucha intelectual en favor de la modernización de España. peligrosas, pero nada de ello puede suponer motivo para minusvalorar su obra. Obra y autor están siempre en planos distintos.azorin_2.png

Azorín fue un escritor impuro, en el sentido de que estuvo siempre muy alejado de cualquier consideración de su múltiple actividad como separada de la vida y del contexto en que la vida acontecía. Que una parte de su obra pueda ser razonablemente reconducida a la estética de la pureza, a la novela pura y al arte deshumanizada, por ejemplo, no quiere decir que él fuera un escritor separado de su tiempo y de su circunstancia, es decir, un escritor cuyas premisas creativas se hundían en esa separación. Azorín fue un escritor, un novelista, un dramaturgo, es cierto, pero esta actividad literaria acontecía dentro algo mucho más amplio y general, como era su modo de ser y su forma de estar en el mundo. También fue periodista, crítico de todo tipo (literario, teatral, de costumbres, político, etc.), y fue también un político y un teórico de la política. Y toda esta múltiple acción variamente desplegada convergía en una única acción: la del intelectual comprometido con su propio tiempo, la del intelectual español en lucha -a su manera, faltaría más- por la modernización de España. Azorín nunca rehuyó el fango de la vida. Tuvo siempre las manos manchadas. También de tinta, claro está, pero era así porque la escritura era para él parte inescindible de la vida. Nunca la vida toda, sino una parte de ella: acción dentro de ella.

Quizá sorprenda al lector la esencial lejanía que corre entre esta imagen del Azorín intelectual y la imagen canónica de Azorín como escritor puro. La superficie luminosa del canon se asienta sobre estratos de sombra y de silencio. También de olvidos. Y no es cuestión de ciencia o de justicia, sino de poder y de voluntad de poder. Ofrece también el canon una imagen de Azorín como «autor clásico». Es, en verdad, otra sombra que se añade a la sombra del «escritor puro». Azorín es así un «clásico contemporáneo». Su obra, en efecto, parece haberle otorgado un puesto de indiscutible valor dentro de las historias de la literatura, un lugar privilegiado en la narración de algunos capítulos fundamentales de nuestra cultura contemporánea (gestación de la nueva novela, renovación de la crónica periodística y de la crítica literaria, teatro y novela de vanguardia, ensayo literario, etc.). Esta condición suya de autor clásico, sin embargo, constituye también, en cierto sentido, una forma de condena. La conquista del clasicismo conlleva el peligro de convertir al autor clásico en indiscutible; de aceptar como válidos para siempre los parámetros y criterios que hicieron del autor un clásico; de dar un valor absoluto a distinciones y categorizaciones que sólo pueden ser relativas.

El autor clásico queda así atrapado en la repetición de los modelos desde los que se configuró y consolidó su clasicismo. En el caso de Azorín, su clasicismo hace que el literato ensombrezca al intelectual, al pensador, al teórico de la política y al mismo hombre de acción. Inútil buscar a Azorín en los anaqueles que nuestras bibliotecas reservan para el pensamiento y la filosofía, los estudios culturales y la teoría política. El clasicismo de Azorín le condena a ser un literato, fundamentalmente un novelista, también, aunque menos, un autor de teatro. Esas otras facetas de su obra (el periodismo, la política, el pensamiento, etc.) quedan relegadas en el horizonte del canon a una función subsidiaria de la creación literaria. La consideración de autor clásico introduce, pues, un orden en su obra y establece una jerarquía entre sus escritos. Luz y tinieblas: la claridad del orden también genera sombras, y la jerarquía olvidos.

La consagración «literaria» de Azorín se ha llevado a cabo a expensas, entre otras cosas, de su pensamiento político y de su dimensión intelectual, y, sobre todo, desgajando el carácter unitario de su obra y estableciendo una jerarquía impropia que anula la convergencia de las distintas facetas de la misma en un único proyecto. El proyecto, sin embargo, existe, si bien se halla oculto bajo estratos de sombra y de silencio. La «pequeña filosofía» no es un rótulo vacío de significación. Es, al contrario, ese proyecto unitario y vertebrador del corpus azoriniano. También fue periodista, crítico de todo tipo (literario, teatral, de costumbres, político, etc.), y fue también un político y un teórico de la política. Y toda esta múltiple acción variamente desplegada convergía en una única acción: la del intelectual comprometido con su propio tiempo.azorin_3.png

No es sólo cuestión de estilo, aunque también, pero de un estilo que no es simple esteticismo y maestría técnica, sino respuesta concreta a una indagación radical por las oscuras galerías del nihilismo finisecular. No es el elogio reductivo de su lirismo el mejor camino para descubrir el secreto de la «pequeña filosofía». Convendría detenerse más en ese nombre: algo tendrá que ver con la filosofía, con el modo de colocarse respecto a la gran filosofía y con la perspectiva nueva que pretende inaugurar (para la literatura con la filosofía y para la filosofía con la literatura). La «pequeña filosofía» no es sólo un simple proyecto narrativo, sino algo mucho más amplio y de mayor envergadura: es, sí, una narrativa, y también una ética y una estética bien fundadas metafísicamente, y es, desde luego, también, una hermenéutica de la cultura y una teoría política. Éste es su vuelo y su despliegue, y no verlo así, o considerarlo de otro modo, significa extraviar su horizonte y falsear su más íntima raíz.

La ocupación política (teórica y práctica) de Azorín no es en absoluto subsidiaria de su actividad literaria, ni marginal respecto a ella, sino que está enraizada en el corazón mismo del que brotan tanto su obra como su acción intelectual. Azorín no sólo participó activamente en la política de su tiempo, como cronista parlamentario, diputado o subsecretario de Instrucción Pública, sino que quiso dar al reformismo conservador una plataforma teórica desde la que se pudieran levantar las bases para una acción política duradera y eficaz en el tiempo. Más allá del grado de acierto que hoy le atribuyamos, más allá del grado de adhesión o de rechazo que hoy pueda suscitar en nosotros, lo cierto es que él era consciente de que la necesidad de reformas en la España de la Restauración debía ser acometida desde un proyecto global; que la reforma concreta, sin proyecto, quedaba aislada en el tiempo y en el espacio y mermada en su capacidad operativa; que la fuerza de la reforma no estaba en la reforma misma, sino en el tejido reformista del proyecto desde el que ésta se llevaba a cabo. Y era consciente, también, que para fraguar un eficaz proyecto de reforma política debían crearse primero las bases culturales capaces de sostenerlo. Negar, pues, a los escritos políticos de Azorín la dignidad de ser expresión literaria de un pensamiento político, resaltar en ellos sólo «lo literario» y no querer reconocer «lo político», persistir en su olvido y en su marginalidad dentro del corpus azoriniano, constituye hoy, sin duda, una sutil forma de traición a la articulada complejidad de la obra azoriniana.

Azorín fue un político, y lo que es más importante, fue, o quiso ser, también, un teórico de la política. Ahí están, en propósito, sus libros, desde El político (1908) hasta El chirrión de los políticos (1923), pasando por Parlamentarismo español (1916), los dos opúsculos sobre La Cierva (1910 y 1914), y Fantasías y devaneos (1920), libros a los que aún habría que añadir los centenares de artículos de periódico con los que enjuició el momento político en el día a día de su sucesivo acontecer. No es cosa de poco, desde luego, pero nuestra actual conciencia literaria ha relegado esta parte del corpus azoriniano al olvido y a las sombras. Lo ha silenciado: podría decirse incluso que ha perseguido denodadamente su silenciamiento (nótese en propósito que en la empresa editorial azoriniana más reciente y de mayor envergadura, las Obras escogidas de Espasa Calpe, no hay ni rastro de los escritos políticos de Azorín). Y sin ese material a mano, sin esa textualidad disponible, ¿cómo puede pensarse que la crítica se está moviendo adecuadamente con relación a Azorín? ¿Cómo puede pensarse que esos membretes («anarquismo literario», «conservadurismo reformista», «liberalismo reaccionario», etc.) con los que la crítica pasa como sobre ascuas en la consideración del Azorín político constituyen categorías adecuadas para su justa comprensión? Sin la disponibilidad de los textos sólo cabe la repetición de los tópicos. Y del dominio de los tópicos al naufragio de la crítica sólo La ocupación política (teórica y práctica) de Azorín no es en absoluto subsidiaria de su actividad literaria, ni marginal respecto a ella, sino que está enraizada en el corazón mismo del que brotan tanto su obra como su acción intelectual. hay un paso. Por eso es tan necesaria como urgente la edición del corpus político azoriniano.azorin_4.png

La crítica que se desenvuelve entre los tópicos acaba siempre presa entre redes de prejuicios. Y el prejuicio es sombra cotidiana de Azorín. No cabe duda que el Azorín político genera incomodidad y desconcierto. También inquietud y desasosiego. Quizá por eso se le evita y todo se traduce al cabo en indiferencia. Es más fácil ocuparse de lo que no molesta, de lo que no inquieta. Es más fácil permanecer bajo la luz del canon que adentrarse en el peligro de sus sombras. Quizá por eso el efecto reparador de las imágenes del «escritor puro» o del «autor clásico» resulta aún tan atractivo y sigue cosechando tanto éxito. Sobre todo en los ambientes universitarios, donde -conviene no olvidarlo- las interpretaciones que no transitan por caminos abiertos y suficientemente consolidados corren el riesgo de no encontrar el adecuado reconocimiento académico. Otro problema con el que el Azorín político se da de bruces. Es como si hubiera miedo a que algo salpique y acabe manchando los currículos de los investigadores. Como si hubiera algo de políticamente incorrecto en el acercamiento al Azorín político. Algo que tiene que ver, claro está, con la siniestra dinámica del canon y con su perverso reflejo en la institución universitaria. Pero si el miedo cunde, la investigación será vana e infecunda. La sumisión al poder podrá abrir la puerta del éxito académico, pero no será nunca garantía científica para los resultados alcanzados. Hay muchas formas de miedo, y algunas de ellas se celan tras este simbolismo de la suciedad y de la limpieza. A nadie en su sano juicio se le ocurre pensar que si un investigador dedica sus días y su esfuerzo al estudio del nazismo o del estalinismo se sigue de consecuencia que sea o un nazi o un estalinista. Con el conservadurismo, en cambio, parece que fuera cosa distinta. Pero no nos engañemos, porque esto tiene un nombre bien preciso: se llama falsa conciencia, y tiene que ver, sobre todo, con esa presunta -y falsa- superioridad moral de la izquierda que tantos estragos ha hecho entre las filas intelectuales.¿O es que somos tan de izquierdas que tenemos miedo de que puedan pensar que somos de derechas? Las pautas de lo politically correct no deberían roturar el campo de las pertinencias investigativas. Tan urgente y necesario como rasgar velos y abrir un cauce de luz hasta las sombras es, pues, en este sentido, desandar el camino del miedo y de la falsa conciencia. Es algo obvio, sí, pero a veces se hace necesario empezar explicitando las obviedades.

A poco que se adentre uno en los escritos políticos de Azorín, se dará cuenta de su anomalía dentro de la tradición conservadora española. Azorín, políticamente, estuvo siempre entre dos fuegos: demasiado conservador para los progresistas y demasiado liberal para los conservadores. Tráigase a la memoria, si no, el recuerdo de su fallido intento por entrar en la Real Academia en 1913: le apoyaron, como se sabe, los académicos liberales y progresistas, y le negaron su apoyo, precisamente, sus correligionarios conservadores. Ello motivó aquel magnífico acto de homenaje que le tributó la juventud artística e intelectual en Aranjuez, en lo que acaso fuera el primer acto oficial de aquella incipiente generación del 14 guiada por José Ortega y Gasset y Juan Ramón Jiménez. No es ésta la peor puerta para entrar en el universo del conservadurismo azoriniano. Y tampoco hay que desatender el alcance de aquellos versos machadianos leídos durante la Fiesta de Aranjuez en los que el poeta se refería a Azorín como «el reaccionario por asco de la greña jacobina». No fue exclusivo de Azorín aquel asco, sino común a gran parte del movimiento intelectual de aquellos años. Era una marca del tiempo sobre la que convendría meditar mucho antes de proyectar sobre aquella época juicios y prejuicios que son de nuestro tiempo.azorin_5.png

El valor negativo que albergan los nombres de reaccionario, antimoderno, conservador, etc., obliga, en cierto modo, a acoger un general horizonte de condena sobre los autores así calificados. Todo intento de No cabe duda que el Azorín político genera incomodidad y desconcierto. También inquietud y desasosiego. Quizá por eso se lo evita y todo se traduce al cabo en indiferencia. Es más fácil ocuparse de lo que no molesta, de lo que no inquieta. reparación crítica que no acoja esa negatividad queda indefectiblemente relegado a los márgenes y a las sombras. Se hace necesario acoger ese horizonte negativo y partir de él. Y el primer tramo será siempre como desandar un camino errado. A Azorín, en este sentido, le tocó ir siempre a la zaga y contracorriente. Algo similar sucede hoy a la crítica que de él quiera ocuparse sin plegarse al imperio de la lógica dominante. Tendrá que moverse también contracorriente, pues la corriente discurre fácil por la pendiente del canon. Tendrá que ser también -porque así será considerada- reaccionaria. No pocas veces la pendiente doblegará su esfuerzo, pues la persecución de la verdad es siempre un camino cuesta arriba y con el viento contrario, mas, como Sísifo, volverá a abrazar la piedra como si fuese un destino y, con ánimo renovado, volverá a empujarla otra vez pendiente arriba. Será reaccionaria porque se habrá sobrepuesto a la derrota y, sobre todo, porque no habrá pactado con esa fuerza inercial que empuja hacia los lugares comunes consolidados.

El ejemplo señalado anteriormente debería servir, en cualquier caso, para ilustrar la complejidad del Azorín político y para reclamar también la necesidad de acometer su estudio con instrumentos adecuados. Un estudio, de todos modos, que no debería hacerse separadamente, es decir, aislando el Azorín político de los otros «Azorines» (el novelista, el dramaturgo, el periodista, el filósofo, etc.), sino que debería llevarse a cabo desde una comprensión holística del corpus azoriniano. Y ello, poniendo de relieve que a Azorín acaso convenga más el estado de excepción que la norma común al uso de la crítica; más la elasticidad de planteamientos hermenéuticos, cuyo fundamento se persigue dentro del propio corpus, que la rigidez de marcos teóricos predefinidos y ensayados en obras ajenas. Azorín es un autorlímite, y en su obra, si no se anda con cuidado, puede naufragar buena parte del instrumental analítico desplegado por la crítica a lo largo de la pasada centuria. Urge, pues, ante todo, una nueva sensibilidad crítica que se atenga principalmente a las exigencias internas de la obra, y no a criterios externos, y sea capaz, además, y no le falte el valor, de efectuar la necesaria revisión de los lugares comunes heredados. Sólo de este modo podrá hacerse luz entre las sombras y podrá recuperarse la herencia perdida de Azorín.


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