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La biografía de Juan Belmonte firmada por Chaves Nogales –una de las mejores del siglo XX escrita en lengua española— tan alabada y sin embargo tan poco leída, no es tanto el retrato de un torero como el perfil de una época. La crónica última, en definitiva, de una España que ineludiblemente nos precede.

Juan Belmonte, matador de toros constituye en cierto modo un cuaderno de bitácora vital. Se trata de un anecdotario, de un libro de toros y toreros, de un viaje a México, a Nueva York, a Lima, a La Habana, a París, a la vieja Andalucía, de un entrelazado compendio de relatos en parte quijotesco y en parte costumbrista que, patinado por la modernidad, aún puede adivinarse en lo más anciano y rural de nuestra piel de toro.

Porque quijotesco es el humor de Manuel Chaves, el continuo errar de la juventud belmontiana, la Sevilla –¿o debería escribir la Triana?— que fue durante siglos y ya nunca volverá. Una España de picaresca actualizada pero no por ello exenta de ternura, provista de una brava dignidad en la lucha diaria ante la que hoy es difícil reconocerse.

“Era ya costumbre establecida que cuando el guarda venía, nosotros nos íbamos; pero había también el tácito acuerdo de que el guarda no se diese tanta prisa en llegar que nosotros no tuviésemos tiempo de marcharnos ‹‹cantando bajito›› con cierto decoro”.

5. La gesta de Tablada

En la medida en que estas cualidades van desplegándose página a página, Chaves y Belmonte trasladan al lector a épocas sin duda pretéritas. Pero no debe olvidarse sin embargo que elPasmo de Triana, por antiguo que hoy parezca, creó la estética del toreo moderno. Si a la vista de lo que hoy ocurre en casi todas las plazas esta originalidad puede llegar a parecer reprochable, debe tenerse también en cuenta el bosquejo visionario con el que ambos –matador y literato— adivinaron que la verdadera decadencia de la Fiesta vendría de la mano del hombre, sí, pero a través del toro. Hablamos del año 1935.

Pero más allá de las cuatro décadas de vida que recoge esta obra, hay en el tránsito vital y profesional de Belmonte un poso de indefinida tristeza que su biógrafo trata de redimir a través del arte. Heredero sin saberlo del mejor Oscar Wilde, Belmonte llega a afirmar que si toreaba como lo hacía era porque, en el campo y de noche, había que torear así.

“Era preciso seguir con atención el viaje del toro, porque si se despegaba se perdía en la oscuridad de la noche y luego era peligroso recogerlo; como toreábamos con una simple chaqueta, había que llevar al toro muy ceñido y toreado. (…) Fueron las circunstancias las que me hicieron torear como toreo.

5. La gesta de Tablada

La distancia infinita entre este planteamiento y las escuelas taurinas de hoy no puede sino abocarnos irremediablemente al pesimismo. Así, en el espléndido epílogo que remata la faena chavesnogaliana, Josefina Carabias relata cómo, preguntado sobre la menguante afición a los toros en Sevilla, el maestro respondió: “Hay más aspirantes a toreros que nunca. Lo que ocurre es que ahora los padres les empujan, en lugar de pegarles, como nos ocurría a nosotros”.

En esa sociedad antigua y extinguida, Chaves y Belmonte representaron, más allá de lo artístico, una tercera España.

“Los ricos huían asustados de los cortijos, y los pobres, triunfantes, se hacían los amos de los pueblos (…) satisfechos de andar por el campo vengando viejos agravios de los caciques y llevándose de paso lo que buenamente podían con un aire importante de expropiadores.”

24. El torero y el ambiente

 

Y sin embargo: 

“Las cosas habían cambiado radicalmente. Aquellos mismos que al proclamarse la República no se atrevían a incautarse de mis caballos porque yo había ganado lícitamente mi capital, venían un año después a hurtármelos sin ningún escrúpulo teórico.”

24. El torero y el ambiente

 

Hay, es cierto, un tránsito burgués en el niño atónito, en el mozalbete trianero convertido en propietario y ganadero, pero también una distancia voluntaria del oficialismo franquista y una voluntaria adhesión a la austeridad en el vivir.

Don Juan Belmonte, el Pasmo de Triana –a quienes tan bien trataron toros, sociedad, mujeres y escritores— se fue como llegó, toreando como se es, sobreviviendo en unos meses pero emulando al tiempo a quien mejor logró exportar su figura, Ernest Hemingway. Acabada la lectura, devuelvo el volumen a su escaño en la biblioteca despidiéndome de su perfil aguileño, de dureza casi amable, apuesto aún el torero entrada la madurez, diciendo adiós a su estampa de seda y brillantina, de lunares y flores. Reposará su España añeja –de leños encendidos, olor de jara y tomillo, ruido de espuelas y herraduras, sonar de cencerros, ladridos en el silencio de la noche— entre las Novelas Ejemplares de Cervantes y unas cartas apócrifas del Vizconde de Valmont.


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