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Ronald Arbuthnott Knox nació en 1888. Era el sexto y último de los hijos del Reverendo Edmund Knox, obispo anglicano de Manchester.

Su temprana vocación literaria queda atestiguada por Publius et Amilla, un insoportable dramón escrito en latín y que hizo aparecer por entregas, primero en la revista familiar Bolliday Bango, dirigida por su hermano mayor Eddie –que llegaría a ser editor de la célebre Punch-, y posteriormente en la revista, también doméstica, que fundó él mismo, The Gluttonous Grampoid.

A los diez años firmaba poemitas como “el autor de Publius et Amilla”. No sin exageración, reconocería años después su esfuerzo para sustraerse de la sospecha de haber sido un niño odioso.

En 1900 ingresó en Eton, donde dejaría huella como uno de los alumnos más brillantes de su historia. Allí hizo grandes amistades, que no se romperían sino por la muerte de muchos de sus amigos en la Primera Guerra Mundial. Curioso ejemplo de amistad fue la que mantuvo con Patrick Shaw-Stewart, un joven ambicioso y antipático, con quien compitió muy duramente por la capitanía del colegio y por las más importantes becas. Tras perder el pelo temporalmente por el esfuerzo, Patrick venció a Ronald en los exámenes de Escrituras e Historia de la Iglesia; al conocer el resultado, Ronald se fue a un rincón y leyó en silencio el Libro de Job. Más tarde, Ronald lograría la beca Balliol por delante de Patrick. Cuando, al caer enfermo, Knox no pudo presentarse a la beca Newcastle, Patrick la obtuvo. Shaw-Stewart renunció a la beca en favor del accésit del año anterior que casualmente era… Knox. Este pequeño detalle –que desentona con la fachada cínica y desagradable del “rival” de Knox- no fue conocido más que a la muerte de Shaw-Stewart, caído cuando lideraba su batallón, en Francia, el 30 de diciembre de 1917.

Además de este noble gesto, Shaw-Stewart nos ha dejado un célebre poema, escrito antes de ser enviado a Galípoli, durante un “descanso” en los Dardanelos, incluido en todas las antologías de poesía de guerra, Achilles in The Trench:

… O hell of ships and cities,
Hell of men like me,
Fatal second Helen,
Why must I follow thee?…

Volviendo a los años de Eton, fue allí donde Knox comenzó su carrera literaria con la publicación de Signa Severa, un pequeño volumen de poemas en inglés, latín y griego. De esta misma época, pero por su poca calidad no incluido en ese libro, se conserva un soneto de Knox que habla oscuramente de un camino pedregoso y de la distracción de faros terrenales.  Lo cierto es que este mal soneto anticipa admirablemente el camino que se abría ante él.

Tras completar sus estudios brillantemente en Oxford –a la que permanecería ligado casi toda su vida- se preparó brevemente para el sacerdocio anglicano y tras ser ordenado, trabajó como capellán y fellow de Trinity, dando clases de Lógica, Homero y Virgilio. Para preocupación de su familia y amigos, pronto se hizo notar en la Iglesia de Inglaterra como el portavoz del sector anglocatólico más extremado.

Como podemos imaginar, no debió ser fácil para el obispo anglicano de Manchester ver a su hijo “coquetear con Roma”. El Reverendo Knox no se ahorró argumentos para intentar que su hijo pequeño no pidiera ser recibido en la Iglesia Católica. “Queriéndote como te quiero, vivo angustiado por el sentimiento de no haber sido merecedor de tanta lealtad por tu parte”, escribió a su hijo.

Aparte de esta interpelación más o menos sentimental, el padre de Ronald esgrimió en sus extensas cartas un argumento que a su hijo ya le era familiar: su pertenencia “a la juventud inglesa más preeminente” y el temor de que “honestamente, el sacerdocio romano será la tumba de este talento tan genuinamente tuyo”.

Esta insinuación paterna anticipaba un estado de opinión que habría de acompañar el juicio sobre Knox el resto de su vida y tras su muerte: que la Iglesia católica no favoreció su  gran talento. Hemos dicho que este argumento no suponía para él una novedad. En efecto, además de una perfecta sintonía con el juicio del mundo, el Obispo parafraseaba con esto alguna de las objeciones para “pasarse a Roma” que su propio hijo había consignado en una lista a la que tituló Diabolus Loquitur:

No te volverán a considerar original… no podrás trabajar más con la clase de gente que te gusta… tus colegas serán mucho más vulgares… serás una persona más importante, pero se notará mucho menos

Al final de la lista Ronald escribe: Vade retro Satanas.

El desamparo de sus amigos en el frente, y la pobre ayuda que la Iglesia de Inglaterra ofrecía a esa brillante generación en la batalla, le causaron un gran sufrimiento. Le exasperaba comprobar que la recomendación oficial a los capellanes anglicanos era ofrecer un cigarro al moribundo y recoger sus últimas palabras para su familia, en lugar de escuchar a los moribundos en confesión y darles la absolución. La turbación interior de Ronald fue admirablemente discernida por el jesuita Martindale, que se negó a recibirle en la Iglesia en semejante estado de ánimo, aduciendo lacónicamente que no querer ser anglicano no convertía a nadie inmediatamente en católico.

Martindale instó a Knox a buscar motivos positivos. Tras un doloroso debate interior y la insistencia desde el frente de amigos que ya habían dado el paso a Roma, el 22 de octubre de 1917, fue recibido en la Iglesia Católica por el Abad del monasterio de Farnborough. Según él mismo contaría a un amigo, uno de sus primeros pensamientos fue: “Ahora pertenezco a la misma Iglesia que Judas Iscariote”.

Al terminar la guerra, Knox había perdido a casi todos sus amigos. En Una Eneida Espiritual, su libro de memorias, recordaría una reunión con ellos previa a la guerra con el verso 248 del Libro II de la Eneida: “Pobres de nosotros, era aquel nuestro último día…”.

 “Serás una persona más importante, pero se notará menos”, hemos visto que escribió en la lista de motivos con que sopesaba su conversión al catolicismo. Así fue. Al brillante capellán de Trinity y profesor de Oxford, le fue encomendada primeramente una oscura labor mientras se preparaba para ser ordenado sacerdote católico: enseñar latín a los chicos de St. Edmund, una escuela de segunda fila sobre la que la jerarquía depositaba muchas esperanzas y que nunca llegaría a florecer como centro de la educación católica en Inglaterra.

Ronald emprendió la pequeña tarea encomendada con un profundo amor por ella y por sus compañeros. Hay algo conmovedor en la torpeza con que uno de los profesores de St. Edmund, cohibido por la talla intelectual y resonancia de su nuevo colega, mientras daban un helador paseo al atardecer bajo una hilera de castaños sin hojas, le dio un codazo y le dijo:  “Mira qué buena hilera invernal para uno de tus poemas en el Punch”. Él no respondió y la impresión de su acompañante fue la de haber dicho una tontería.  Cuando Ronald percibió esta reacción, improvisó jovialmente: “… Show this unfortunate new-comer / how beautiful this place can be in summer”.

Durante estos años de relativa oscuridad, no dejó de escribir, ni dejó de ser reclamado para predicar y dar conferencias en toda Inglaterra. Consideraba que la literatura estaba redimida, en última instancia,  no por su poder de reflejar las cosas que vemos, ni poner de manifiesto la enorme irrelevancia de las enciclopedias, sino por dar testimonio de cierta condición a la que el espíritu humano es capaz de llegar.

Entre otras obras literarias, corresponden a su estancia en St. Edmund la autoría de unas Odas apócrifas de Horacio que lograron engañar a muchos críticos (1920), una traducción y edición de la Eneida en 1924 (adoraba a Virgilio; en un sermón sobre la misteriosa acción del Espíritu fuera de la Iglesia visible, afirmó que Virgilio podía considerarse un cristiano honorario), y el primero de sus seis relatos policiacos: Asesinato en el Viaducto (1925).

El resto de relatos detectivescos, que alcanzarían gran notoriedad, fueron escritos ya como Capellán Católico de Oxford, puesto que ocuparía de 1926 a 1939.  Ejerció su cargo con notable meticulosidad, dejando redactado un memorándum de sesenta páginas para su sucesor, no exento de humor, con observaciones del tipo “la celebración de los primeros viernes de mes atrae a muchos canadienses francófonos”.

Cuidó de su rebaño –los estudiantes católicos-, con una implicación personal inédita en sus antecesores,  y no hizo proselitismo entre estudiantes no católicos. Le gustaba decir que era el cayado del Pastor y no el anzuelo del Pescador. En una bella homilía conmemorando a los mártires católicos de Oxford, después de mostrar a sus oyentes cómo los jóvenes mártires tenían en Oxford el mundo a sus pies, cómo la conciencia los golpeó y eligieron la vida de los proscritos y una muerte segura a los treinta años, dice a los estudiantes: “esos hombres fueron lo que sois vosotros: estudiantes de Oxford. Dios os conceda llegar a  ser lo que ellos son ahora: ciudadanos del Reino de los Cielos”.

Volviendo a sus relatos, con cierta mordacidad, el gran novelista Evelyn Waugh –su albacea literario y biógrafo al que utilizamos como principal fuente en este artículo- alaba dos cualidades en sus historias policiacas: que nadie podía superarlas en lógica e ingenio, y que muy pocas mujeres las encontraron divertidas.

Fuera de su obra netamente religiosa, practicó la sátira, la crítica literaria (que de forma reveladora tituló Distractions al reunir varios ensayos en un libro) y el género polémico. Fue acusado de no aportar el ingenio y la solidez que se esperaba de él en una polémica con el intelectual anticatólico Arnold Lunn en que se discutía sobre la fe. El intercambio entre ambos, publicado por la prensa, fue recogido en un libro bajo el título de Difficulties. Ronald no respondió a las críticas de quienes habían esperado de él una actitud más incisiva en el debate. Dio la impresión de que Lunn se había impuesto a su brillante oponente. Un año después de la última carta cruzada con Lunn, Knox lo acogía en el seno de la Iglesia católica.

Gozó de la amistad de muchos escritores, entre ellos Belloc, Baring y Sassoon. El primero de ellos, Belloc, no tuvo reparo en afearle a Knox su literatura intrascendente. Colaboró con mucho tacto en la conversión de Chesterton e hizo un memorable panegírico de este en su funeral. Admiraba al detective creado por este gran apóstol del sentido común, el Padre Brown, ante todo, dijo, por la maravillosa capacidad de investigar crímenes desentendiéndose de su parroquia.

El culmen de su prosa son sus sermones, minuciosamente preparados y corregidos. Tenía el don de leerlos sin que pareciera que los estaba leyendo, y la vanidad de ponerse unas gafas que no necesitaba para leer los avisos, reforzando la impresión de haber improvisado el sermón. Tras Oxford, fue capellán de un colegio de niñas y más tarde se centró en la traducción: le fue encomendado traducir la Vulgata al inglés y tuvo que vérselas con numerosos opositores a su trabajo. Señaló que su intención era traducir el Antiguo Testamento a un inglés más bien arcaico –esto, que puede horrorizar al lector que haya padecido intentos análogos de escritores y académicos españoles, en inglés ha sido hecho con maestría por varios autores, entre los que destaca Gerard Manley Hopkins: otro sacerdote y poeta del que, si Dios quiere, tendremos tiempo de hablar-; y traducir el Nuevo Testamento a un inglés intemporal: el suyo.

Murió en 1957, poco después de haber terminado de traducir Historia de un alma –le gustaba pensar que Santa Teresita había pedido en el cielo que él fuera su traductor, y que si le hubieran preguntado a la Santa el porqué, ella respondería “¡Porque Ronnie detesta mi forma de escribir!”-, y con la traducción de la Imitación de Cristo inacabada. Su obra no religiosa más alabada fue Let Dons Delight, en la que desarrolla un erudito e intrincado diálogo entre profesores a través de cuatro siglos, de 1588 a 1938, año en que la Teología es eliminada del plan de estudios normal de Oxford.

Borges se recreaba en el hecho de que San Beda hubiese muerto empleado en la más abnegada y humilde de las tareas literarias: la traducción. Más de mil años después, esta fue también la ocupación final de Ronald Knox. San Beda, de quien el Papa Francisco ha tomado el lema de su pontificado, apreciaba a Virgilio tanto como Knox y, a lo largo de sus propias obras, este Doctor de la Iglesia intercaló versos de la Eneida citados de memoria. A San Beda le cupo el honor de prefigurar lo que algún día sería el hermoso idioma inglés, a Knox el de alcanzar las cotas más altas de este idioma.

Como ya sabemos, Knox llamó a sus memorias de juventud, hasta la conversión al catolicismo, Una Eneida espiritual, porque Cartago –explicó en el prólogo- es siempre ese lugar que aparenta ser la meta del camino, y Roma siempre es Roma.  Escribió que la Iglesia quiere que salvemos el alma sin perder la cabeza. Por si alguien ve en ello una sombra de intelectualismo, en otro punto de su obra advierte que conocer por el mero hecho de conocer supone abusar de esa facultad que Dios nos ha dado. Escribió que el cuerpo humano debe ser tratado como una primicia de la eternidad. Escribió que la Iglesia Católica es una madre afligida que busca a sus hijos perdidos y que la vida del cura de Ars es la vida más heroica que se ha vivido tras la de Nuestro Señor. Escribió que algún día Inglaterra volverá a ser la dote de María.


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