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EL REVUELO provocado por la posible reedición de Hapworth 16, 1924 tuvo también su contrapunto negativo. Joyce Maynard, una presunta amante del escritor, amenazó con publicar un libro titulado If You really want to hear about it, parafraseando el comienzo de El guardián entre el centeno (1951), la obra más conocida de J. D. Salinger, y en el que pretende relatar el poso que el escritor dejó en su vida. Es previsible que el libro no tenga una calidad literaria extraordinaria, como también lo es que se convierta en un éxito de ventas —si llega a ver la luz— por razones principalmente morbosas: aunque a nadie le interesan los amoríos de Joyce Maynard, en cambio sí los datos que pueda aportar para desentrañar la vida de un escritor que guarda su intimidad con especial celo.

Salinger emprenderá con seguridad acciones legales contra Maynard, como lo hizo en la pasada década con Ian Hamilton, quien pretendió realizar la biografía de este escritor, famoso, además de por su calidad literaria, por no querer serlo. Desde que decidió retirarse de la escena pública tras el éxito de El guardián entre el centeno, lo único que a ciencia cierta se sabe de él es que vive retirado desde 1953 en Cornish, un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra, donde lleva una vida de ermitaño que recuerda a la de Henry David Thoreau: apartado del mundo, Salinger medita, cultiva un pequeño huerto de su propiedad y, por supuesto, escribe.

UNA ESCRITURA CON RAÍCES AUTOBIOGRÁFICAS

Aunque la vida de J. D. Salinger se haya convertido en un misterio para sus lectores, la lectura de sus obras ofrece numerosas pistas sobre la mano que las ha creado. Lo relevante para los que disfrutan con su literatura, en cualquier caso, no son los hechos biográficos en sí, sino el notable peso que han ejercido en sus relatos. La estancia de Salinger durante su adolescencia en una academia militar, su paso fugaz por la universidad, la experiencia de la Segunda Guerra Mundial en Europa, sus fracasos matrimoniales o la problemática relación que el escritor ha mantenido con las editoriales se refleja de manera constante en su narrativa. La vida y la obra del autor están profundamente imbricadas entre sí, y así como a veces encontramos guiños explícitos a la vida de Salinger en sus textos (en Seymour: una introducción se dice que Buddy, el segundo de los Glass, escribió una novela de éxito sobre un adolescente), también se adivina la voz del autor detrás de sus personajes: muchas veces se reconoce en Buddy, que trata de esconderse en el discreto lugar del narrador o del recopilador de las andanzas familiares; también en Holden, para mostrar la insatisfacción frente al mundo que le toca vivir; en Franny, por motivos similares pero haciendo hincapié en la crítica del esnobismo académico; en Seymour, el mayor de los Glass, maestro, guía y modelo vital del resto de sus hermanos, y «representante de Salinger en la Tierra», en palabras de Hamilton. Estos personajes y a veces otros hablan por Salinger, muestran sus preocupaciones, sus fobias y su mundo, y también las aspiraciones del escritor sobre lo que debe ser una vida lograda.

A pesar de que esta escritura «realista» ha tenido y tiene grandes detractores, presenta indudables ventajas escritor que cuenta con recursos expresivos excepcionales, como es el caso de Salinger. A partir de unas raíces autobiográficas, Salinger crea un fascinante universo de ficción poblado por personajes que, por parecer tan reales, tan excepcionales y vulnerables, están pidiendo que les llevemos con nosotros.

En el universo literario de Salinger, como ocurre también en el de William Saroyan, uno de sus maestros literarios, la impresión de dolor es tan palpable como el amor que reciben los personaj es que lo habitan. La escritura parece desempeñar una función catártica, y la autenticidad que desprenden sus cuentos y novelas tiene mucho que ver con un mundo incómodo en el que el autor trata de desenvolverse.

UNA LITERATURA DE PERSONAJES

Las narraciones de Salinger no están marcadas por grandes acontecimientos. Sus historias sobresalen por los personajes, los cuales están investidos de una atracción de la que no es fácil escapar. La ternura con la que Salinger mira a sus jóvenes protagonistas, personajes a la vez sobresalientes y débiles, geniales y necesitados, confiere a cualquiera de sus libros una calidez prodigiosa. No parece haber aquí, como a veces se ha dicho, un afán de omplacer a toda costa, sino un cariño desmedido del escritor hacia sus criaturas.

Holden Caufield, protagonista de El guardián entre el centeno, es uno de los personajes más queridos de la literatura universal. Aunque merezca el puesto de honor, éste podría hacerse extensible a los hermanos Glass. Fragmentos del diario de Seymour en Levantad, carpinteros, las vigas del tejado, o alguna de las cartas de Franny o de Buddy en Franny & Zooey (1961) podrían confirmarlo. Esa proximidad que experimentamos hacia stos personajes es posible gracias al clima de confidencialidad que Salinger crea. Las cartas, los diarios, los poemas ocultos, las conversaciones privadas a las que asistimos nos muestran el corazón de estos personajes, pero no hay impudicia por su parte ni voyeurismo por la nuestra. En El guardián entre el centeno, Holden, el protagonista, apela directamente al lector desde la primera frase, le conquista con su habla coloquial y desenfadada.

El argumento de El guardián entre el centeno es conocido: Holden es un pez fuera del agua en un internado en el que la testosterona y el mal gusto alcanzan niveles preocupantes. Consciente de la situación, Holden abandona esta «cueva de ladrones» de la que era preciso salir cuanto antes. En esta huida hacia ninguna parte, Holden deambula durante un par de días por Nueva York, donde tiene algunos encuentros no del todo gratificadores. Holden ansia hablar con su hermana pequeña Phoebe, pero sus padres no pueden enterarse.

A menudo se califica a Holden como el Huckelberry Finn contemporáneo, como un picaro ingenioso y rebelde ante un mundo que le resulta falso, frivolo o hipócrita. Esta lectura que tiende a reducir a Holden al chaval de queja fácil tiende a pasar por alto los verdaderos motivos que explican la crisis de identidad que atraviesa, y que remiten a la muerte de su hermano Allie, quien representa de forma embrionaria lo que será en las obras posteriores de Salinger el gran Seymour, el hermano más venerado por los hermanos Glass. Holden despierta nuestra compasión porque hace del recuerdo del hermano muerto su bandera, porque desea que las cosas vuelvan a ser como antes, porque nos enseña a despreciar la falta de autenticidad y a mirar a las cosas pequeñas: el significado que encierra un guante de béisbol, la belleza de ver a su hermana Phoebe dando vueltas en el carrusel. Salinger despierta verdaderos sentimientos en nosotros: la compasión, el cariño, la admiración. Le acompañamos a Holden en su soledad, tratamos de comprenderle como sólo su hermana pequeña es capaz, nos sorprendemos con las descripciones que hace de sus compañeros de internado, nos reímos con él cuando miente como un cosaco.

Holden se erige a sí mismo en el guardián de los niños, desea preservar su inocencia ante un futuro en el que cualquiera puede convertirse en un imbécil. En la narrativa de Salinger, los favoritos son losniños, de inocencia y sinceridad precaria, amenazada por la contaminación del mundo de los adultos. Por decirlo a las bravas, lo que Holden sugiere es que es el amor lo que nos salva del abismo, y para amar es necesario ser como los niños. Holden, mojado por la lluvia, cuidará de su hermana Phoebe, que sonríe subida a un caballo de feria.

En esta primera novela de Salinger, en la que trabajó con algunas interrupciones durante diez años, se da la paradoja de que no queda claro quién cuidará en cambio del guardián. Habrá que esperar a las obras posteriores para que los antihéroes de Salinger encuentren una defensa más fuerte que la que únicamente proporcionan la ironía y el sarcasmo.

UNA FAMILIA PECULIAR

La familia Glass no se muestra de una vez por todas en la narrativa de Salinger sino que sus miembros aparecen de manera progresiva. Para 1951, año en el que se consagra El guardián entre el centeno, su primera novela, Salinger había publicado algunos cuentos en las principales revistas del país. Estados Unidos había vivido en los años treinta y cuarenta una auténtica explosión del relato corto, y el acceso de los escritores al gran público venía en buena parte determinado por la publicación de los cuentos en revistas como Collier’s, Esquire, The Saturday Evening Post y, sobre todo, The New Yorker. Salinger no era ajeno a este sistema de promoción, y así por ejemplo, la muerte de Seymour Glass acontece en Un día perfecto para el pez plátano, publicado por The New Yorker en 1948. La publicación de los relatos de Salinger en forma de libro es engañosa en cuanto a las fechas, pues no se mantiene una correspondencia cronológica con la publicación anterior en las revistas satinadas.

Es en Franny & Zooey donde mejor conocemos la vida íntima de los Glass. Salinger nos asoma a la mirilla del apartamento familiar, y vemos y oímos hablar a personajes geniales, extravagantes, solitarios y también algo patéticos. Salinger moldea la realidad cotidiana de una familia, vuelve literarios sucesos que en principio pueden parecer triviales o menores. Consigue que esta galería de personajes se desenvuelva con naturalidad ante nuestra presencia; ellos siguen a lo suyo, en su intimidad se aleccionan con homilías arrebatadoras, con diálogos brillantes y digresiones morosas; en el apartamento de los Glass, los recuerdos de la infancia y los hermanos ausentes van poblando las conversaciones; su mención parece tener poderes mágicos, la solución de algún terrible enigma. Franny, la penúltima de la saga, ha vuelto a casa para reponerse de una crisis anímica provocada por su incapacidad para soportar a personajes de cartón piedra, egocéntricos y pedantes que sobreabundan en el mundillo universitario, entre los que se encuentra incluso su novio Lane.

Además de sus padres, Les y Bessie, arrinconados por unos hijos que mueven los hilos familiares, en casa le espera Zooey, su hermano menor, que, como los demás, resulta ser una eminencia intelectual, aunque desperdicie su talento interpretando guiones patéticos en la televisión. En Franny & Zooey, la comunión fraternal se presenta como el ámbito en el que los protagonistas pueden ser entendidos y ayudados. En estos dos relatos largos hábilmente hilados, conocemos a esta serie de personajes de inteligencia y cultura superior, corrosivos, sutiles y francos a la vez, que se quieren con vehemencia y con rudeza.

Como le ocurría a Holden en El guardián entre el centeno, la naturaleza extraordinaria de los personajes no facilita las cosas a la hora de desenvolverse por la vida, sino que más bien se sufre como una extraña ventaja, como una ventaja dolorosa. Para los Glass las relaciones con el resto del mundo no son fluidas, y su acomodo en la vida lo van a encontrar en el apoyo mutuo y en la adopción de una actitud religiosa, a veces próxima al catolicismo —además de Waker, sacerdote jesuíta, Zooey es el hermano que mejor representa esta postura—, y especialmente cercana a los principios budistas: esfuerzo, rectitud moral, búsqueda de la sabiduría, práctica de la meditación.

El mayor de los Glass ejemplifica este ideal de vida y, de hecho, Seymour: una introducción constituye un panegírico dedicado a su persona; Seymour encarna por excelencia las virtudes del héroe salingeriano, entre ellas la de ser el Poeta Auténtico. Al escribir esta alabanza desproporcionada, Salinger se aleja como nunca lo había hecho —y el escritor es consciente— de escribir una narración estructurada. El valor de Seymour: una introducción radica en la explicación del personaje dada por su hermano Buddy, que lleva la narración con la autoridad de ser el hermano que mejor conoció al difunto. El intento de Buddy está llamado al fracaso desde el primer momento, pues lo que pretende a fin de cuentas es mostrar, de una vez por todas y valiéndose exclusivamente de las artimañas del lenguaje, su amor a Seymour, pilar indiscutible de la familia Glass. A Salinger no parece importarle perder los papeles en esta fervorosa descripción, aunque el lector puede tener la sensación de que su valor —en comparación con los demás relatos largos— queda mermado por la ausencia de un mínimo argumento.

Esta presunta superioridad de Seymour y del resto de los Glass sobre el resto de la especie humana ha llevado a entender a Salinger como un escritor pagado de sí mismo y egocéntrico. Efectivamente, aunque Salinger se proyecte sobre estos personajes, también sabe reírse de ellos, y cabe suponer que de sí mismo. Buddy, el narrador de Levantad, carpinteros, las vigas del tejado, podría parecer el protagonista de una comedia alocada. El argumento ya es en sí bastante disparatado: Buddy acude a la boda de Seymour, quien a última hora no se presenta a la ceremonia al sentirse «intolerablemente feliz». Buddy es el único familiar de Seymour que ha acudido al evento, y deja la escena en un taxi al que se suben varios conocidos de la novia. En el trayecto, su único apoyo es un viejo sordomudo que no deja de sonreírle. La historia tiene pasajes realmente cómicos y, en su función de narrador, Buddy se ridiculiza a sí mismo y ofrece su lado más patético y vulnerable. Como su hermano, Buddy es un personaje solitario, y la comunicación sólo resulta posible entre ellos. En el apartamento de Seymour, donde han ido a parar los disgustados pasajeros del taxi, Buddy lee a escondidas el diario de su hermano, nos presenta la verdad que queda oculta a los invitados. Como otras veces sucede con las cartas, Salinger hace una demostración de la belleza que puede encerrarse en las páginas de un diario personal: Seymour muestra con una prosa sensible su deseo de aceptar la «conspiración» de los demás para hacerle feliz, sus deseos de adaptarse a las convenciones del mundo que le rodea; y también su sensación de incomunicación: «Qué terrible es cuando uno dice te quiero y en la otra punta la persona grita: “¿Qué?”». corazón del personaje no hay narcisismo sino un dolor profundamente humano.

UN ESCRITOR DE CUENTOS

Aunque Salinger irrumpió de forma definitiva en el panorama de la narrativa estadounidense con El guardián entre el centeno, su única novela en sentido estricto, Salinger es sobre todo un escritor de cuentos. Desde que en 1940 publicó su primer relato en Collier’s, distintas revistas de renombre fueron acogiendo sus pequeñas creaciones, cuyos personajes esbozaban lo que después serían los grandes héroes del escritor. A partir de mediados de los años cuarenta, The New Yorker apadrinó a Salinger, que se convertiría en el escritor estrella de la revista. El ingenio aplastante, su sentido del humor finamente irónico y una aguda crítica social permitieron la consagración de Salinger entre el público y la crítica, que lo consideró el heredero de Fitzgerald.

A pesar del prestigio de sus cuentos, la única forma de acceder a algo más de la mitad de ellos es consultando alguna biblioteca que guarde los volúmenes antiguos de esas revistas estadounidenses, lo que reduce brutalmente el número de sus lectores potenciales. Por esto mismo, la posible posible edición de Hapworth 16, 1924 en forma de libro provocó en Estados Unidos un revuelo que, algunos dicen, puede haber hecho cambiar de opinión a Salinger con respecto a su reedición. El relato consiste en la reproducción por parte de Buddy de una carta que Seymour escribió a su familia —otra vez protagonista— desde un campamento cuando tenía siete años. Seymour se toma la carta como un ejercicio de estilo, cómico en su resultado, en el que pone en práctica palabras que ha aprendido recientemente. El muchachito da a conocer algunos hechos que revelan su precocidad y su condición excepcional: además de ser capaz de ver el futuro y de abolir el dolor, y de haber despertado a la sexualidad, repasa la lista de sus últimas lecturas: Tolstoi, Flaubert, Blake, Vivekananda…

Los lectores ajenos al mundo anglosajón tienen lógicamente mayores dificultades para leer los cuentos no recogidos, bien por la dificultad de su acceso o por no dominar el idioma. De estos cuentos no coleccionados, los lectores españoles sólo conocemos uno, El corazón de una historia quebrada, traducido por Javier Marías para la revista Poesía. En forma de libro, Salinger solamente recogió nueve, que podemos leer en Nueve cuentos (1953), anterior a la publicación de los relatos más largos: Franny, Zooey (el cuento con más palabras publicado en la historia de The New Yorker), Levantad, carpinteros, las vigas del tejado y Seymour: una introducción.

En estos Nueve cuentos, la voz inconfundible de Salinger aparece en rasgos de estilo como el dominio del uso coloquial del lenguaje o el descubrimiento de expresiones afortunadas, o por esa mezcla de lo trágico y lo divertido. El hombre que ríe es un cuento paradigmático en este sentido, y puede verse además como una bella metáfora de lo que Salinger entiende que debe ser un narrador de cuentos: El Jefe es un joven universitario que se gana la vida entreteniendo a unos jóvenes scouts. Por las tardes los lleva en su autobús destartalado a algún parque para que practiquen varios deportes. Pero para los Comanches, lo mejor de todo son los viajes en el autobús, en los que el Jefe, su héroe, su ídolo, narra un nuevo capítulo de «el hombre que ríe». Los niños se pegan para estar cerca del conductor y, cuando éste sube al vehículo, el silencio es sepulcral. Además de mostrar la fascinación que despierta el narrador y lo que cuenta, es sensacional en esta historia el tono en que está contada. El narrador es un hombre adulto, un ex Comanche, y reproduce la historia extravagante e inverosímil de «el hombre que ríe» con la misma credibilidad que él prestaba al Jefe cuando era niño. Para creer en los cuentos hay que ser inocente como un niño:

«Pero lo más importante para mí en 1928 era andar con pies de plomo. Seguir la farsa.

»Lavarme los dientes. Peinarme. Disimular a toda costa mi risa aterradora.

»En realidad, yo era el único descendiente legítimo del “hombre que ríe”. En el club había veinticinco comanches —veinticinco legítimos herederos del “hombre que ríe”— todos circulando amenazadoramente, de incógnito, por la ciudad, elevando a los ascensoristas a la categoría de enemigos potenciales, mascullando complejas pero precisas instrucciones en la oreja de los cocker spaniel […] Y esperando, siempre esperando el momento para suscitar el terror y la admiración en el corazón del ciudadano común».

    El sello de Salinger es indiscutible en sus personajes, rotos por dentro. Como le ocurría a Holden, a veces no es fácil determinar si esa «enfermedad » espiritual que padecen es responsabilidad suya o depende de causas externas a ellos. El cuento que abre el volumen, Un día perfecto para el pez plátano, deja totalmente abierto este interrogante que se resolverá después, con la publicación de Levantad, carpinteros, las vigas del tejado.

    En casi todos los cuentos subyace una tensión entre la esperanza y el destino trágico, y, efectivamente, a veces la balanza se inclina del segundo lado. Es el caso de El tío Wiggily en Connecticut, donde —como ocurría en El guardián entre el centeno— sentimos compasión por esa mujer joven y viuda para quien la nostalgia se ha convertido en un compañero insoportable. Otras veces los personajes encuentran su redención, y Para Esmé, con amor y sordidez, supone quizá el ejemplo más bello: un sargento norteamericano destinado en Inglaterra ha quedado destrozado físicamente y emocionalmente tras haber combatido en la Segunda Guerra Mundial. El relato, profundamente emotivo, muestra cómo el cariño y la atención que una niña le regala, abren a este hombre un resquicio —suficiente— de luz. En este relato, y en casi toda la obra de Salinger, reconocemos a un escritor luchador, inconformista, dispuesto a vivir con intensidad, a sufrir el amor, a hacer propios los deseos del protagonista fracasado de El corazón de una historia quebrada:

    «Me enamoró el modo en que sus labios estaban tan ligeramente separados. Usted representaba para mí la respuesta a todo. Desde que llegué a Nueva York hace cuatro años no he sido infeliz, pero tampoco he sido feliz. Más bien, la mejor manera de describirme es decir que he sido uno de los millares de jóvenes de Nueva York que se limitan a existir […]

    »Lo importante es amarla, Miss Lester».

      Las crisis personales que atraviesan los personajes de Salinger no son síntoma de derrota sino de un anhelo de vivir una vida lograda. El escritor sufre al conocer los límites humanos, y no hay nada más humano que el deseo de superarlos. Salinger mira a veces al pasado, nunca a la muerte (frente al existencialismo en boga de la época) y casi siempre al presente; vive buscando la felicidad, preocupado por vivir bien la vida y no por la muerte.


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