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El 6 de agosto de 2015 fue inaugurada una ampliación del canal de Suez, una obra de 72 km. que reduce el tiempo de navegación y permite que los barcos circulen en los dos sentidos. La ceremonia fue presidida por el mariscal Abdel Fatah al Sisi, presidente de Egipto, que llegó al poder hace dos años tras la destitución del presidente islamista Mohamed Morsi. Luego, afianzó su poder por medio de las elecciones a la jefatura del Estado de junio de 2014, en las que superó los 23 millones de votos.

La ampliación del canal tuvo una gran relevancia mediática, con asistencia de destacados mandatarios extranjeros como François Hollande, y pretendió ser al mismo tiempo un acto de fervor nacionalista. Una ocasión de demostrar de que con Al Sisi, Egipto está consiguiendo la estabilidad y la prosperidad, después de los sucesos de la Primavera Árabe con el derrocamiento de Hosni Mubarak, perpetuado en la presidencia entre 1981 y 2011. De todos estos acontecimientos de ritmo vertiginoso, en poco más de cuatro años, podría haber sido un excelente cronista el premio Nobel de Literatura egipcio, Naguib Mahfuz (1911-2006), el escritor que concibió la historia de Egipto como un todo desde los tiempos faraónicos a los actuales. Fue, sin duda, un autor arabo-egipcio, alguien que rechazaba la uniformidad de los islamistas radicales y sabía escudriñar los rasgos diversos y complejos de la condición humana, por encima de los factores culturales y religiosos.

UN LUGAR ENTRE LOS INMORTALES DE EGIPTO

En cierto modo, podríamos definir a Mahfuz como un nacionalista laico, influenciado en el periodo de entreguerras por aquellos intelectuales de su país que buscaban las raíces de su cultura e independencia política en los tiempos faraónicos. Se identificaba también con Saad Zaghlul, el líder del movimiento nacionalista de 1919 contra la ocupación británica, alguien que creía en la indivisible unidad patriótica de cristianos y musulmanes egipcios. Pero estas tendencias quedarían en un segundo plano, pues el nacionalismo panarabista, triunfante con la revolución de Nasser, se centró más en los rasgos árabes y africanos de Egipto. El escritor no abandonó del todo sus preferencias históricas, si bien subrayó, en su discurso de aceptación del Nobel, la profunda influencia en su obra de las civilizaciones del antiguo Egipto y del islam.

Mahfuz reflexionó sobre la milenaria historia de Egipto de un modo a la vez clásico y original. Lo hizo en su libro Before the throne (1983), calificado por su autor de novela histórica, pero que es a la vez una obra de filosofía política, con empleo de diálogos que podrían recordarnos a los de Platón o de Luciano de Samosata, si bien existen otros precedentes del tema en la literatura del antiguo Egipto o en la islámica medieval. Esta novela de Mahfuz ha tenido una cierta difusión gracias a su versión inglesa (Anchor Books, Nueva York, 2009), realizada por Raymond Stock, profesor de la Drew University, y que escribe habitualmente sobre Oriente Medio en publicaciones de difusión internacional. En la obra, sesenta y tres gobernantes de la historia de Egipto, desde el mítico faraón Menes al presidente Anuar el Sadat, comparecen ante el tribunal de Osiris, dios de los muertos, para justificar su labor de gobierno. Pero, a diferencia del mito original, no hay corazones ni plumas en una balanza, ni tampoco el difunto es arrojado a las garras de Ammyt, un ser con cabeza de cocodrilo, cuerpo de león y patas de hipopótamo, si en el juicio resulta culpable. En muchos casos, los gobernantes difuntos obtienen en este libro un veredicto que les da derecho a tener un asiento entre los Inmortales, aunque otros son merecedores del purgatorio o del infierno. Y un detalle de la sensibilidad de Mahfuz: su tribunal de antiguos dioses egipcios no juzga la conducta moral de políticos cristianos o musulmanes. Deja ese cometido en el ámbito de sus respectivas confesiones.

En definitiva, el principal requisito para alcanzar la inmortalidad es haber contribuido a la grandeza de Egipto, algo no incompatible con errores y arbitrariedades cometidos durante la vida terrena. Es llamativo que en el capítulo final, algunos de los gobernantes que han alcanzado su lugar entre los Inmortales proclamen una especie de decálogo de buen gobierno para Egipto. Entre esos preceptos destacan la unidad de las tierras y del pueblo, la creencia en el trabajo, la ciencia, los saberes y la literatura, aunque también se señala la importancia de creer en el pueblo y en la revolución, la potencia, el gobierno del pueblo y para el pueblo… Destaquemos que los presidentes Gamal Abdel Nasser y Anuar el Sadat exponen en el texto su contribución a estos diez mandamientos. Mientras el primero defiende que las relaciones entre las personas deben estar basadas en una absoluta justicia social, el segundo insiste en el que el objetivo del gobierno de Egipto consiste en la civilización y la paz.

Tenemos que coincidir, por tanto, con el conocido columnista de The New York Times, Thomas L. Friedman, en su artículo I am a Man (15-5-2011), en que Naguib Mahfuz habría hecho oír su voz de «conciencia de la nación» en los sucesos de la Primavera Árabe que tuvieron lugar cien años después del nacimiento del escritor. Mahfuz hubiera defendido un cambio político y social en busca de la paz y la prosperidad, juntamente con el orden y la seguridad.

Habría sido un defensor de la unidad nacional, por encima de las diferencias de credos, y en cualquier caso, compaginaría la piedad religiosa con una enérgica defensa de la justicia social y la democracia. En definitiva, podría encarnar como pocos el espíritu que animaba a la multitud congregada en la plaza Tahrir de El Cairo en la revuelta contra Mubarak.

EL JUICIO DE NASSER

Hay quien afirma que Before the throne fue escrita para apoyar el trascendental acuerdo de paz de Camp David (1978), entre Egipto e Israel, y que supuso la recuperación por los egipcios de la península del Sinaí. Lo cierto es que la novela se publicó dos años después del atentado mortal contra Sadat, que se ganó el odio de los islamistas radicales y la marginación de su país por los demás miembros de la Liga Árabe. Mahfuz no oculta en su obra el apoyo a la iniciativa del presidente asesinado, lo que traería como consecuencia el veto a sus libros en numerosos países árabes hasta que le fuera otorgado el Nobel. El apoyo a Sadat sirvió al escritor para subrayar sus críticas a Nasser. No solo le decepcionó de la revolución egipcia de 1952 el aumento de la burocracia y la persistencia de la corrupción sino también los planteamientos políticos y sociales del nasserismo. Mahfuz no priva, sin embargo, a Nasser de un lugar destacado en la memoria colectiva, aunque le reprocha su convicción de que la historia de Egipto comenzaba el 23 de julio de 1952. Había que valorar positivamente que, tras el derrocamiento del rey Faruk, hombres de auténtico origen egipcio habían tomado el poder, pero los nuevos gobernantes no se reconocían en el rico pasado de su país sino que esgrimían consignas políticas de modelos para el tercer mundo en su lucha contra fuerzas colonialistas e imperialistas. Ni siquiera la aplastante derrota en la Guerra de los Seis Días (1967) frente a Israel, que supuso la pérdida de la península del Sinaí, sirvió para cambiar la estrategia de Nasser. Antes bien, supo transformar su derrota en victoria ante la opinión pública al asumir el papel de «egipcio árabe mártir». A este respecto, Mahfuz hace un símil histórico con Ramsés II, que no salió muy bien parado de la batalla de Kadesh (1274 a. de C.) contra los hititas, aunque intentó disfrazar su derrota.

En el juicio a Nasser, los personajes del antiguo Egipto le hacen toda clase de reproches. El primer faraón, Menes, le dice que tenía más interés por la unidad de los árabes que por la integridad territorial de su país. Abnun, que encabezó una revuelta popular durante la sexta dinastía, pone en duda la pureza de la revolución nasserista, pues fue una época en la que corrieron ríos de sangre. Tutmosis III le acusa de no haber sido nunca un líder militar en sentido estricto sino más bien un líder político. No obstante, Nasser justifica su derrota ante Israel por la superioridad técnica de un enemigo equipado por la primera superpotencia mundial.

Sin embargo, el mayor de los reproches viene de Saad Zaghlul, líder de la revolución de 1919 frente a la ocupación británica. Este liberal egipcio, dirigente del partido Wadf, no solo está en desacuerdo con Nasser por haber pretendido borrar de la Historia su recuerdo. Su principal objeción al presidente es la de no haber sido un auténtico líder de Egipto, pues un líder es quien sabe unir a todos los egipcios por encima de su religión. Algo similar le dice el antiguo primer ministro y líder del Wadf, Mustafá al Nahhas, al criticar el sistema autocrático implantado por Nasser. Censura la falta de libertades y la violación de los derechos humanos, y asegura que el régimen creó una mitología política vacía de contenido. Pero Nasser insiste en que la verdadera democracia consiste en la liberación del colonialismo, la explotación y la miseria. Pese a todo, al Nahhas le sigue reprochando no haber sido más modesto en sus ambiciones, pues parecían preocuparle más las revoluciones a escala mundial que el bienestar concreto del campesino egipcio. De ahí que el veredicto de Osiris para permitir a Nasser sentarse entre los Inmortales no sea definitivo, aunque reconozca sus cualidades de primer gobernante de origen claramente egipcio y de preocupación por la condiciones de vida de los trabajadores.

EL JUICIO DE SADAT

El último gobernante juzgado en Before the throne es el presidente Anuar el Sadat, el hombre que quiso redimir el honor de los árabes al atacar por sorpresa a Israel en octubre de 1973, pero que apostó por la paz en los acuerdos de Camp David cinco años después. Mahfuz le alaba por haber contribuido a la recuperación económica de su país y haber dado algunos pasos hacia un gobierno representativo. Sin embargo, Sadat murió asesinado por fanáticos religiosos durante un desfile militar en El Cairo en 1981.

El juicio del escritor sobre el presidente egipcio no es demasiado negativo, pues la mayoría de los personajes históricos que desfilan ante él justifican sus actuaciones. Akenatón, el faraón monoteísta, le considera un apóstol de la paz y le recuerda que también a él le llamaron traidor. Por su parte, Ramsés II considera la paz con Israel muy similar a la que tuvo que suscribir con los hititas tras la batalla de Kadesh. Y Sadat responde con la afirmación de que continuar con una política basada en la guerra resulta inútil. El general Horemheb, último faraón de la decimoctava dinastía, le reprocha, por el contrario, su poca energía en combatir la corrupción. No falta tampoco Nasser, su antiguo compañero de armas, que critica a Sadat por haber desprestigiado su memoria, y añade que la victoria inicial egipcia en la guerra de 1973 no habría sido posible sin los preparativos bélicos de su época de gobierno, aunque lo peor fue la firma de una paz vergonzosa con Israel que condenó a Egipto al aislamiento y la exclusión. Por lo demás, la definición más concluyente de la presidencia de Sadat corresponde a Mustafá al Nahhas: era un gobierno democrático en el que el líder ejerce una autoridad dictatorial. El resultado final es que el presidente terminaría ganándose la enemistad de los moderados y de los extremistas. Pese a todo, Osiris concede a Sadat un lugar entre los Inmortales.

¿CÓMO HUBIERA JUZGADO MAHFUZ A MUBARAK, MOSI Y AL SISSI?

Tras la lectura de los diálogos de la novela de Mahfuz, no es difícil imaginar al tribunal de Osiris juzgando a los tres últimos presidentes de Egipto.

Hosni Mubarak (1981-2011) debió de gozar del apoyo inicial del escritor como continuador de Sadat. Este presidente, que unos años antes le condecoró con la Orden del Nilo, rindió homenaje al premio Nobel tras su fallecimiento y alabó tanto sus valores de ilustración y tolerancia como su papel en la difusión de la cultura árabe. El escritor nunca criticó públicamente al presidente. Después de experimentar que la revolución de 1952 no trajo una auténtica democracia para Egipto, el gobierno de Nasser le hizo vivir con una cierta sensación de miedo, aunque eso no le sucedió ni con Sadat ni con Mubarak. Reconocía que la constitución egipcia no era democrática, pero no se sentía a disgusto en el Egipto de la década de los noventa porque, en su opinión, existía más libertad de expresión que en otros tiempos. Sin embargo, el peligro no vendría del poder establecido sino de una violencia desencadenada por consignas mecánicas e irracionales. El 16 de octubre de 1994 un islamista fanático intentó asesinar a Mahfuz apuñándole en el cuello y en el vientre. Su brazo derecho quedó prácticamente paralizado y perdió parte de la visión y la audición. Se cuenta que, desde el hospital, el escritor recordó este conocido proverbio árabe: «Los perros ladran, la caravana sigue su camino».

Nadie doblegaría al novelista, conciencia del pueblo egipcio. Su salud se deterioró, pero su palabra, con la que expresaba sus emociones y se esforzaba por comprender las ajenas, no se apagó en los años finales de su vida. Al conocer muy de cerca el entramado social de Egipto, marcado por la pobreza, la corrupción y una economía estancada, Mahfuz habría apoyado la revuelta contra Mubarak como objetivo para alcanzar el régimen moderno, laico y auténticamente democrático que había soñado en su juventud. Y en el tribunal de Osiris de su libro quizás se leyeran reproches contra el inmovilismo de Mubarak, por intentar perpetuar el poder en su familia, no haber luchado decisivamente contra la corrupción e incluso haber contribuido, sin buscarlo, al ascenso político y social de los Hermanos Musulmanes.

Ni que decir tiene que el juicio de Mahfuz contra el presidente islamista Mohamed Morsi (2012-2013) habría sido negativo. La llegada al poder de los Hermanos Musulmanes, con un presidente que alcanzó un ajustado 51% de los sufragios frente al 48% del ex primer ministro Ahmed Shafiq, representaría para el escritor una traición a los ideales democráticos de la multitud congregada, un año antes, en la plaza Tahrir. Tampoco habría comprendido el apoyo inicial de Obama a Morsi, pues, con independencia de la aritmética de los sufragios, consideraba a los Hermanos como una amenaza para las libertades. El enfrentamiento de Mahfuz con el ideólogo islamista Sayyib Qutb, por un tiempo amigo suyo, está en la raíz de ese rechazo. Nunca aceptó la visión de Qutb de considerar el islam como un todo inamovible, y le retrató en su novela Espejos (1972) como alguien ante cuya mirada no podía sentirse cómodo.

Mayor aprobación le despertaría el presidente Al Sisi (2013-), que acaso le recordara a los Sadat y Mubarak de otros tiempos. La comparación con el general del antiguo Egipto, Horemheb, no habría faltado, en opinión de Raymond Stock. Horemheb derrocó a Akenatón, el faraón monoteísta. En Before the throne, este le reprocha su traición. Otro tanto habría podido decirlo Morsi a Al Sisi, y la respuesta del nuevo Horemheb podría haber sido perfectamente la que Mahfuz recoge en su libro: «Te amé más que a ningún hombre, pero amaba más a Egipto». Al Sisi es ahora la encarnación del orden y la estabilidad. Terminó con el gobierno de los Hermanos Musulmanes, a quienes consideraba como una pérdida de prestigio para Egipto, pero, como a otros gobernantes anteriores, se enfrenta a otras amenazas difíciles de erradicar y que Mahfuz denunció a lo largo de su vida: la pobreza escandalosa y la corrupción.


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