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En su sentido europeo clásico el liberalismo es un orden social basado en la primacía de la libertad individual, el gobierno limitado por el imperio de la ley y el libre mercado. Su fundamento es la dignidad de la persona y el ideal platónico clásico de la búsqueda de la vida correcta a través de la discusión racional. Es el ideal que defienden, entre otros, Tocqueville, Lord Acton, Constant, Montesquieu, Jefferson, Madison o Burke. Un liberal no olvida que, como afirmó Milton, “una larga permanencia en el poder podría corromper al más honesto de los hombres”. El liberalismo sigue siendo el más alto sistema de valores que la civilización occidental, y que la civilización sin más, ha producido. En el siglo que declina ha sufrido con éxito los asaltos del fascismo y del comunismo, la rivalidad del socialismo y la hostilidad de los viejos nacionalismos e integrismos. En el terreno de las ideas, después del fracaso del comunismo, solo ha recibido el desafío comunitarista, cuyo manifiesto fundacional es quizá la obra de Amitai Etzioni, El espíritu de la comunidad. Este libro de los profesores de Oxford Mulhall y Swift, cuya primera edición inglesa fue publicada en 1992, es una excelente exposición del reciente debate entre liberales y comunitarístas.

Quizá su principal defecto resida en el excesivo papel conferido a la influyente teoría de John Rawls, al convertirla en el paradigma del liberalismo contemporáneo, cuando, desde la perspectiva de los autores citados antes, sería dudosa su consideración de liberal. El libro expone los principios fundamentales de la teoría de la justicia de Rawls, las críticas comunitarístas de Michael Sandel, Alasdair Maclntyre, Charles Taylor y Michael Walzer, la réplica de Rawls (y la notable modificación de sus posiciones teóricas) en su reciente libro El liberalismo político, y las posiciones liberales de Richard Rorty, Ronald Dworkin y Joseph Raz. La tesis que quisiera solo apuntar aquí es que, a mi juicio, el apasionante debate del que dan tan cabal y documentada cuenta los autores deja en lo esencial intocado al liberalismo clásico tal como lo he caracterizado al comienzo de estas líneas. Las críticas comunitaristas afectan, y notablemente, a las posiciones teóricas de Rawls. Hasta el punto de que se ha visto obligado a modificarlas sustancialmente. Pero no, por poner un ejemplo, a Tocqueville que, siendo genuinamente liberal, anticipa algunos elementos esenciales del pensamiento comunitarista, como puede comprobarse en el excelente libro de Robert Bellah y otros, Hábitos del corazón. Al margen de esto, el debate analizado es apasionante y gira en torno a cinco problemas fundamentales: 1) la concepción liberal de la persona ignoraría que éstas están constituidas por la concepción del bien que asumen y que procede básicamente de la comunidad en la que están insertas; 2) los liberales defenderían, según sus críticos, un individualismo asocial que reduce la sociedad a una mera cooperación entre individuos e ignora que es la comunidad la que forja a los individuos; 3) El liberalismo habría ignorado, en sus pretensiones universalistas, el hecho de que las diferentes culturas encarnan valores diferentes e inconmensurables (Sin embargo, paradójicamente, son más bien los liberales, aunque solo entre los tratados en esta obra, quienes defienden la relatividad de los ideales de vida, mientras que muchos comunitaristas se adhieren a la correcta tesis de la objetividad de los valores); 4) Por esto, los comunitaristas reprochan a los liberales (quizá mejor a Rawls) su subjetivismo frente al objetivismo que ellos defienden; y 5) Los liberales defienden que el Estado debe ser neutral en lo relativo a los ideales de vida individuales y abandonar toda pretensión perfeccionista.

La polémica, además de replantear el viejo problema de las relaciones entre justicia, libertad e igualdad y la cuestión de los límites del individuo frente a la comunidad, desafía las tradicionales distinciones entre derecha e izquierda, pues si, para unos, el desafío comunitarista es la nueva versión del pensamiento reaccionario, para otros, se trata de una especie de neomarxismo, de un contraataque de la izquierda contra el ideal liberal. Los autores concluyen que el ataque comunitarista es serio y que al liberalismo no le bastará en el futuro con una mera estrategia abstencionista. A mi juicio, esto es muy cierto respecto del liberalismo rawlsiano y, en gran medida, del defendido por Rorty, Raz o Dworkin. Pero la inteligente crítica comunitarista apenas roza al ideal liberal clásico, al que considera que el viejo ideal europeo de la libertad y la autonomía individuales es algo más que un principio relativo propio de una determinada civilización, que expresa el ideal irrenunciable de la humanidad.


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