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La Celestina es una obra-isla desde el punto de vista teatral, que me parece, amén de pertinente, el más interesante. Rodeada de agua por todas partes, de nada que permita explicarla en su radical y soberbia singularidad, como si de nada procediera, ni siquiera de su autor, ni condujera a nada, se levanta solitario e inaccesible este monumento literario y teatral —sobre todo teatral— que alcanza las alturas de las creaciones míticas.

El primer prodigio es la creación de ese gran personaje que acaba apoderándose también del título. Y siendo de los raros que pasan a la lengua como nombres comunes. Cualquier hispanohablante, aunque no haya leído un solo libro y menos esos, entiende lo que es ser un quijote, un donjuán o una celestina… Y poco más: sí, con menor alcance, un lazarillo, pero no un segismundo ni una anaozores ni un maxestrella, etc.

El checo Jirí Veltruský elige con astucia La Celestina para demostrar su tesis de que el drama se lee exactamente igual que la novela y el poema, como pura literatura.No es verdad, pero sí un buen estímulo para descubrir,a la contra, la apabullante y misteriosa teatralidad de la obra. Qué importa que fuera escrita para ser leída en vo zalta. Lo que cuenta es que rezuma teatro por todas sus costuras, que está pidiendo a gritos —y consiguiendo a veces— escenarios y actores en los que revivir.

La Celestina es un clásico entre los clásicos. Eso nadie lo duda, pero quizás tampoco acierte nadie a explicar el porqué. Además de la creación de ese personaje gigantesco que rebasa la talla de la obra y se escapa de ella, nada justifica el lugar eminente que ocupa, con toda pero enigmática justicia, en nuestra cultura: ni la dicción, excelente pero no sublime, ni la ficción, que deja mucho que desear, con una trama regida por la casualidad y unos personajes —los demás— olvidables fuera del universo mágico de la obra.

Ante las especulaciones sin cuento que ha suscitado el concepto de clásico, la idea más sencilla y cierta es la de algo que sigue vivo, en uso. El concepto se torna aún más preciso para el teatro. Son clásicas las obras que siguen superando la prueba de la escena. Y, que yo sepa, La Celestina ha dado siempre muestras de la máxima vitalidad sobre las tablas; la última que recuerdo, la dirigida por Robert Lepage y protagonizada por Núria Espert.

El enigma de La Celestina se cifra en una palabra. Vida es la respuesta a todas las preguntas. Ninguna obra entabla una relación más honda y más directa con la vida, la refleja y se nutre de ella con tanta intensidad. Y el teatro es el arte viviente por excelencia.


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