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La reciente publicación en español de la primera traducción directa del polaco de su obra principal, Persona y acción (Ediciones Palabra), supone una contribución significativa en este sentido puesto que, hasta el momento, solo existía una traducción de una traducción inglesa (The acting person) en la que, además, la editora A. T. Tyminiecka, intervino de manera algo intrusiva. En su momento, esta versión contribuyó a la difusión de la filosofía de Wojtyła pero, hoy en día, estaba completamente desfasada y, por supuesto, resultaba inutilizable para los investigadores. La reciente edición, realizada por Rafael Mora (traductor) y Juan Manuel Burgos (introductor y revisor) ha resuelto estos problemas al partir de la tercera y definitiva versión del texto original polaco, por lo que pone a disposición de los hispano-hablantes, con exactitud y también con atención al estilo, el gran proyecto antropológico que Wojtyła diseñó en Persona y acción.

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Este proyecto se caracteriza tanto por su hondura como por su originalidad, por lo que no siempre es comprendido adecuadamente. Se tiende a ver a Wojtyła o como un fenomenólogo o como un tomista, cuando no es ninguna de las dos cosas. Y esta precomprensión (prejuicio en este caso) impide un acceso límpido a su pensamiento que se torna incomprensible y distante.

Para superar esta dificultad es necesario ajustar la mira desde el principio, entender qué pretende Karol Wojtyła en esta obra, introduciéndose así desde el inicio en el camino correcto y no en uno paralelo incurriendo en la objeción agustiniana. Y, nada mejor para ajustar la mira con exactitud, que recorrer los pasos intelectuales que le llevaron a diseñar este texto, pues Persona y acción no es otra cosa que su respuesta a los enigmas y retos que se encontró a lo largo de su carrera filosófica.

El itinerario intelectual

El primer contacto serio de Wojtyła con la filosofía surgió a raíz de su decisión de ser sacerdote, ya que previamente se había dedicado a la filología polaca y al teatro. Y, de acuerdo con los planes de estudio de la época, recibió una formación sólidamente tomista que culminó, en 1948, con la defensa de una tesis sobre el concepto de fe en San Juan de la Cruz dirigida por el eminente tomista Garrigou Lagrange en el Angelicum de Roma.

La vuelta a Polonia, sin embargo, trajo consigo un cambio de rumbo determinante a raíz de la realización de una tesis de filosofía sobre Max Scheler, muy de moda por entonces, con el objetivo de evaluar la validez de su ética para la ética cristiana. Más allá de los resultados concretos que alcanzó, esta investigación fue decisiva porque modificó su itinerario intelectual, como él mismo afirmó en diferentes oportunidades: «Debo verdaderamente mucho a este trabajo de investigación [la tesis sobre Scheler]. Sobre mi precedente formación aristotélicotomista se injertaba así el método fenomenológico, lo cual me ha permitido emprender numerosos ensayos creativos en este campo. Pienso especialmente en el libro Persona y acción. De este modo, me he introducido en la corriente contemporánea del personalismo filosófico, cuyo estudio ha tenido repercusión en los frutos pastorales» (Don y misterio).

En efecto, Scheler introdujo a Wojtyła en el movimiento filosófico de la fenomenología y, a través de él, en el pensamiento moderno. Y el contacto profundo con esta filosofía le permitió advertir que encerraba propuestas teoréticas de una gran relevancia que merecían ser atendidas: la reivindicación del sujeto, de la subjetividad, de la autonomía, la visión profunda de la conciencia, etc.

Wojtyła ya había notado algunas carencias del tomismo en ese sentido por su orientación objetivista, pero, el estudio en profundidad de la fenomenología y de sus raíces (especialmente de Kant y Hume) le permitió darse cuenta de que la filosofía moderna proporcionaba indicaciones importantes para resolver esas deficiencias, por lo que no podía despacharse —como hacía una determinada línea de la neoescolástica— con un simple rechazo al entenderla como el derivado erróneo de un cogito tendencialmente idealista desde su origen. Si bien Wojtyła siempre consideró que la perspectiva fundamental de la filosofía moderna —por partir de un sujeto desarraigado del ser— era equivocada y problemática, esto no le impidió darse cuenta de que algunas tesis antropológicas eran atendibles, hasta el punto de que, de alguna manera, reflejaban más exactamente qué o, mejor, quién era la persona, ya que hablaban de ella desde el interior, es decir, desde el yo personal y no de una exterioridad asimilable al mundo de la naturaleza.

Este fue el gran descubrimiento que realizó a través de la tesis sobre Scheler y que influyó de manera gradual pero concluyente en su pensamiento. Inicialmente, afectó a sus estudios de ética, pues, en aquel momento era profesor de esta materia en la Universidad de Lublin. Sus investigaciones, en concreto, se enderezaron en la línea de la creación de una ética personalista que buscaba renovar la ética tomista a partir de las propuestas de Scheler y, en parte, también de Kant. Algunos de los puntos que Wojtyła desarrolló, y que dieron lugar a la denominada Escuela de Ética de Lublin, fueron: la autonomía relativa de la ética en relación a la antropología, la asunción de la experiencia moral como punto de partida de la ética, la norma personalista, la relación entre voluntad y razón práctica, las repercusiones de la subjetividad en la ética, la importancia de los modelos, el perfeccionismo, etc. Los resultados de esos estudios fueron satisfactorios, pero, cuanto más profundizaba en este camino, más patente resultaba que la ética requería una reflexión antropológica previa e ineludible. No solo era difícil, era sencillamente imposible desarrollar una ética de corte personalista si no se disponía de un sólido concepto de persona de las mismas características.

Un primer paso en esa dirección lo constituyó Amor y responsabilidad, un novedoso ensayo de ética sexual concebido a partir de las relaciones interpersonales, en el que Wojtyła escribe ya desde su mundo conceptual propio y personal. Pero, a pesar de todo, el problema de fondo persistía ya que los conceptos antropológicos básicos apenas estaban delineados. De hecho, algunos profesores de la Universidad Católica de Lublin solicitaron una fundamentación antropológica más sólida de las perspectivas éticas que allí se planteaban, y este parece que fue el empujón definitivo que le impulsó hacia la antropología de una manera sistemática.

El proyecto de Persona y Acción

Persona y acción se publicó por primera vez en 1969, y es el resultado acabado de la larga y profunda reflexión que hemos ido describiendo. La ética personalista necesitaba una antropología personalista, y Persona y acción fue la respuesta de Karol Wojtyła a ese formidable reto intelectual. Pretendía, nada menos que refundar la antropología realista a la luz del pensamiento moderno y, en concreto, de la fenomenología. Como ya dijimos, Wojtyła se había formado en el tomismo, y había asumido de esta filosofía muchos de sus presupuestos, en particular, su realismo; pero, con el paso del tiempo, se fue dando cuenta que, simplemente, no era posible elaborar una antropología moderna usando directamente los conceptos técnicos del sistema aristotélico-tomista (sustancia y accidentes, potencia y acto, la naturaleza hilemórfica, etc.). Tales conceptos, empleados como fundamento estructural de la antropología, impedían integrar de manera satisfactoria las novedades que deseaba incorporar: subjetividad, autoconciencia, autorreferencialidad, yo, etc. Al mismo tiempo, era igualmente consciente de que tampoco podía asumir, sin más, los presupuestos modernos, ya que ello conducía al idealismo. Su respuesta a este complejísimo problema fue tan audaz como arriesgada: la completa reconstrucción de los conceptos antropológicos básicos a partir de elementos tradicionales y modernos generando de este modo una nueva antropología de corte personalista. Su punto de partida lo constituyen los presupuestos realistas básicos y parte sustantiva de sus contenidos, pero no los conceptos aristotélico-tomistas. Y, sobre esos presupuestos, integra las aportaciones modernas desactivando su componente idealista. En cada caso, el procedimiento se adapta a las características específicas del concepto en cuestión: conciencia, acción, libertad, potencia, facultad, etc., con lo que el lector puede intuir ya la complejidad y riesgo de la operación puesta en marcha en Persona y acción.

A pesar de ello, Wojtyła fue capaz de llevar brillantemente a término su propósito ejecutado mediante una premisa metodológica muy precisa: la apuesta por una antropología ontológica que, explícitamente, no es ni metafísica ni fenomenología, si bien toma elementos de ambas. La afirmación de que Wojtyła no hace metafísica puede resultar sorprendente. Pero se trata, simplemente, de un hecho, fácilmente constatable mediante la lectura de los textos y confirmado por él de manera expresa y directa. «Este trabajo ha intentado que emerja desde la experiencia de la acción aquello que muestra que el hombre es una persona, lo que desvela a esta persona; en cambio, no se ha pretendido construir una teoría de la persona como ente, es decir una concepción metafísica de la persona» (Conclusiones).

Pero, teniendo en cuenta lo dicho, los motivos son evidentes. La metafísica, es decir, la metafísica del ser, se expresa categorialmente a través de conceptos como acto, potencia, sustancia, accidentes, etc., que son, justamente, los que Wojtyła quiere evitar porque le impiden su objetivo primario: elaborar una antropología que incorpore la subjetividad. Colocarse o integrarse en una postura metafísica tradicional conllevaría automáticamente la necesidad de asumirlos y, por tanto, el fracaso de su proyecto. Por eso, la evita. No obstante, una vez que la metafísica supera el plano categorial, la cosa cambia. Wojtyła no tiene inconveniente en asumir la perspectiva metafísica en su estrato más radical (esencia/acto de ser, trascendentales, etc.) aunque el tema apenas se apunte porque lo que a él le interesa es la antropología, no la metafísica.

Algo paralelo sucede con la fenomenología. Wojtyła la conoce muy a fondo y se inspira ampliamente en ella pero, en sentido estricto, no es un fenomenólogo: no usa la epoché; no le convence el método de la intuición de las esencias sino que apuesta más bien por la inducción de origen aristotélico; no es partidario de buscar ningún a priori sino de limitarse a indagar en la experiencia (un concepto, aunque pueda parecer sorprendente, rechazado expresamente por Husserl); opta por una perspectiva ontológica muy alejada de la fenomenología, etc.

La síntesis superadora y armonizadora de ambas actitudes es la que determina la configuración de Persona y acción, es decir, una antropología ontológica personalista de fundamentos tomistas y fenomenológicos. Y esta es, por tanto, la perspectiva adecuada para acercarse a ella con provecho.

Es posible, todavía, dar otro paso más y entender también el proyecto de Wojtyła en Persona y acción como uno más de los intentos de los pensadores cristianos del siglo XX (Maréchal, Maritain, Stein, Mounier, Guardini, Marías) de unificar la tradición filosófica clásica, las premisas realistas, con el pensamiento moderno; como un esfuerzo más, brillante y cuajado en este caso, de integrar las dos grandes tradiciones filosóficas, la del ser y la de la conciencia, para alumbrar una antropología positiva y de futuro capaz de dar una respuesta adecuada a los interrogantes del hombre contemporáneo, tanto del cristiano como del no creyente. Una antropología, en definitiva, capaz de ofrecer al no creyente, desde una razón contemporánea, un modelo de persona integrada, equilibrada y abierta a la trascendencia. Y, al creyente, un sistema de pensamiento que le evite la obligación de asumir formulaciones filosóficamente anticuadas como precio por la coherencia con su fe.

Estas ideas, que he esbozado someramente, son las que, a mi juicio, abren la puerta adecuada que lleva al corazón del pensamiento antropológico de Karol Wojtyła / Juan Pablo II tal como fue expresado en su obra maestra Persona y acción.


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