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Resulta sorprendente que, al cumplir los cincuenta años, hiciera constar en su diario estar celebrando “la mitad de la vida, no cuando se la mide con la vara, sino al pesarla con la balanza”. Incluso medidos con la vara, lo han sido en su caso.

Jünger había nacido en Heidelberg el 29 de marzo de 1895. Su padre era químico-farmacéutico. Ernst es el primogénito de siete hermanos, uno de los cuales, Friedrich Georg, será también un escritor célebre. En la adolescencia sueña con grandes aventuras. Anhela la vida salvaje. África en particular le fascina, hasta el punto de escaparse de casa en 1913 y marchar a Francia para apuntarse en la Legión Extranjera; desde allí partirá luego para Argelia. La aventura durará apenas cinco semanas, al cabo de las cuales su padre consigue repatriarlo, pero dará lugar en 1936 a esa pequeña obra maestra que es Juegos africanos.

Al año siguiente de su escapada, estalla la Primera Guerra Mundial. Inmediatamente, se alista como voluntario. Combate en el frente de Francia, es herido siete veces y alcanza la más alta condecoración del ejército alemán, la obra Pour le Mérite, creada por Federico II de Prusia, y de la que era al parecer el último titular vivo. Termina la guerra como lugarteniente de las tropas de choque. Mucho después, invitado a desayunar por el presidente Mitterrand, éste le asegurará: “En tiempos de Napoleón, indudablemente usted hubiese llegado a mariscal”. De sus experiencias en el frente brotará su primera obra, Tempestades de acero. El libro se publica en 1920 por cuenta del autor, y encuentra un éxito inmediato. André Gide lo calificará como el más bello libro de guerra que haya leído nunca.

Estudia zoología en la Universidad de Leipzig. Se relaciona con los círculos nacional-bolcheviques de Ernst Niekisch, al que Hitler encerrará en un campo de concentración. En 1932, un año antes de la llegada de los nazis al poder, publica El trabajador. Cortejado por los nazis y admirado por el propio Hitler por sus escritos sobre la Gran Guerra, mantiene sin embargo las distancias frente al régimen, unas distancias que se manifiestan en forma de parábola en Sobre los acantilados de mármol, la primera de sus grandes novelas utópicas, aparecida en 1939.

Participa como capitán del ejército alemán en la campaña de Francia. Sus diarios sobre el París de la ocupación son un testimonio excepcional, que ocupa un lugar de honor en el género autobiográfico. Se relaciona con los oficiales que, encabezados por el conde Stauffenberg, planean el frustrado atentado contra Hitler el 20 de julio de 1944, después de cuyo fracaso se ve obligado a abandonar el ejército. Acabada la guerra, los aliados prohiben la publicación de sus obras hasta 1949. En 1950, la familia Stauffenberg le ofrece, en sus posesiones de Wilflingen, en la Suabia, la casa del guardabosque, donde ha residido hasta su muerte.

Viajero infatigable y siempre memorialista, nos legará el recuerdo de sus peregrinaciones en sus sucesivos diarios, publicados ahora bajo el título general de Pasados los setenta. Recibe multitud de premios. El círculo de sus admiradores no cesa de crecer, algunos tan ilustres como el mencionado Mitterrand; por otra parte, nunca dejará de despertar suspicacias y recelos.

En efecto, multiforme y contradictoria, aunque al mismo tiempo poseída por una íntima unidad, la obra de Jünger creció hasta convertirse en una de las grandes aportaciones de nuestro tiempo. Quizá porque había sabido crecer con las derrotas. Por eso no tiene nada de particular que, en muchos aspectos, hubiese acabado por adoptar posiciones antagónicas con las que en un principio había mantenido.

Así, el militarista exaltado que veía en el combate “una experiencia interior” terminó ensalzando la paz, a la que dedicó un ensayo al final de la Segunda Guerra Mundial. Primero glorificó las figuras del Soldado y de su prolongación: el Trabajador, y luego pasó a defender al Rebelde y al Anarca. Absolutamente ateo en la Primera Guerra Mundial, en la Segunda descubre la Biblia y, aunque reconoce que “en nuestro tiempo el camino que lleva a Dios queda enormemente lejos”, deriva hacia posiciones inclasificables, pero cercanas quizá a una especie de cristianismo esotérico. En fin, resumiendo de algún modo el sentido general de su trayectoria: nietzscheano furibundo en su juventud, que exaltaba a “la Guerra, nuestra madre”, terminó convirtiéndose en un platónico, reconociendo que la contemplación está por encima de la acción, y que el orden de lo verdadero está más allá de las apariencias.

No podríamos encerrar en esas breves líneas las múltiples facetas de su personalidad. Está el Jünger apasionado del mundo de los insectos, el que se aventura con las drogas, el coleccionista de relojes de arena, a los que dedica un muy curioso ensayo. Está también el iniciado, el experto descifrador del significado oculto de los símbolos del mundo. Con Mircea Eliade codirigió durante muchos años una revista, Antaios, pero Jünger no es un simbolista erudito como Eliade, sino un visionario que no confunde la emoción con la visión, porque sabe que a esta última solo se accede con la inteligencia. Está, en fin, por encima de todo, el escritor. Algunas de sus obras principales las hemos mencionado ya. No podemos dejar de mencionar otras de sus grandes novelas: Heliópolis, Abejas de cristal y Eumeswil. Como novelista, ocupa un lugar completamente singular en la literatura contemporánea. Sin perder en ningún momento la inmediatez narrativa, Jünger narra una serie de hechos y, al mismo tiempo, va descifrando el significado de estos mismos hechos. Es un mundo que no ha perdido del todo el sentido de la alegoría, un mundo pletórico de significados transcendentes, aunque quizá, como no podía ser menos, no lleguemos a saber nunca cuál es el significado último de todo. Con Heidegger polemiza sobre el nihilismo, para el que en El problema de Aladino nos propone una triple salida: el eros, la metafísica y las musas. Frente al Soldado cantado en su juventud, en el otro arco que cierra la trayectoria se encuentra el hombre de las Musas, el escritor, al que dedica otro de sus ensayos, El autor y la escritura.

Ahora todo ha terminado. Su vida centenaria, cumpliendo a rajatabla el mandato goethiano de durar, parecía haberse sustraído de alguna manera al imperio de lo efímero que banaliza nuestro mundo. A Jünger le gustaba citar a Léon Bloy. Cuando le preguntaban qué experimentaba al pensar en la muerte, respondía Léon Bloy: “Una enorme curiosidad”. También Jünger ahora ha satisfecho al fin su curiosidad.


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