Compartir:

habermas.jpgPocos pensadores en la actualidad resultan tan relevantes como J. Habermas, que a lo largo de su extensa trayectoria ha abordado los problemas y los desafíos a los que se enfrentan nuestras sociedades. Podrá estarse en desacuerdo con alguna de sus propuestas, pero lo cierto es que nadie puede negar la seriedad y coherencia de sus planteamientos. En concreto, Habermas ha sido pionero en la crítica a las instituciones europeas, si bien sus aldabonazos están más próximos a la crítica piadosa y constructiva que al euroescepticismo. En definitiva, desde sus primeros escritos sobre el tema, Haber-mas ha apostado por más Europa y no por menos, algo que es de agradecer.

Ahora se presenta en español esta selección de ensayos de temática política que no puede resultar más oportuna en un momento en que Europa constriñe su proyecto a un catálogo de medidas económicas. Es un tópico, pues, reivindicar, como hacen estos ensayos, «más política y menos economía», pero en la voz de Habermas el enunciado adquiere carácter de insistencia: nadie como él previó los déficits institucionales y democráticos de una Unión solo monetaria y económica, déficits que se hacen más evidentes en las circunstancias actuales. Su claridad previsora debería hacernos reflexionar ahora en sus nuevas advertencias, sobre todo en sus recelos frente a las soluciones de emergencia, de cariz exclusivamente económico, que no atajan, a su juicio, un problema que tiene naturaleza política.

De fondo, aparece el monstruo de Bruselas como una maquinaria desengrasada y que actúa de espaldas a la ciudadanía, ya que no ha sabido sumar a la sociedad civil a su proyecto meramente económico. Hay una distancia insondable entre quienes toman las decisiones y quienes son afectados por ellas, entre el poder y la ciudadanía. Fenómeno de ello es lo que se ha llamado la comitocracia y el predominio de intereses nacionales por encima de los europeos. Habermas, sin embargo, presiente Europa como una camino hacia un mundo cosmopolita y, por ello, busca revertir la tendencia hacia la esclerosis política y recuperar una sociedad civil madura y, sobre todo, influyente.

Si vamos o no hacia un modelo cosmopolita, el tiempo lo dirá. Sin embargo, para Habermas es ya sintomático que existan sus estructuras: la política mundial es hoy posible gracias, entre otras cosas, al poderoso flujo comunicativo que alimentan los adelantos tecnológicos, hasta el punto de que es visible una erosión del modelo moderno (Estado-Nación), cada vez más en retirada. Lo que hay que hacer, según el conocido pensador alemán, es desenmascarar las fuerzas regresivas del poder, tanto económico como administrativo.

En lo que concierne al mercado, Habermas busca domesticarlo políticamente, de forma que los intereses públicos tomen las riendas de la dinámica económica. No es de extrañar que la lógica económica se oponga a la influyente opinión de la sociedad civil. Por lo que respecta al poder administrativo, también obedece a una lógica interesada y alejada de los intereses e intuiciones que nacen en la esfera pública. La propuesta habermasiana se resume en lo que ha denominado democracia o política deliberativa, que consiste en una reconducción del poder a sus orígenes sociales y comunicativos. Gracias a esa capacidad de la sociedad por autodirigirse democráticamente se equilibrarían las desviaciones tecnocráticas y economicistas que nublan el interés común y consagran el individualismo.

También la política comunicativa tiene sus riesgos: la sociedad está cada vez más conectada y cada vez más informada, pero esto no coincide necesariamente con una mayor madurez; en la medida en que la balanza se inclina hacia el lado de la opinión pública, se corre el riesgo de sojuzgar el disenso con las decisiones mayoritarias; la sociedad está formada por hombres razonables, pero cada vez está más atrapada en el inconsciente emotivo y resulta más manipulable. En última instancia, ¿cómo diferenciar en el modelo de política deliberativa el nacimiento de intereses universales y positivos de otros más particulares y poco inclinados a la solidaridad? El diálogo no reprime siempre la fuerza.

En cualquier caso, las reflexiones de Habermas son importantes porque realizan un diagnóstico certero que debería servir a los políticos profesionales para enmendar algunas de sus decisiones y recuperar el proyecto político original de la UE. Hay particularmente algunos textos que también son una llamada de atención a la posición intransigente de Alemania que viniendo de un coterráneo adquieren mayor significación. Frente a quienes apuestan por una Europa germanizada, Habermas aboga por una Alemania europea, es decir, por más Europa.

La constitución de Europa reúne también otros textos sobre los derechos humanos y la sociedad cosmopolita, que en la mente del filósofo alemán se encuentran especialmente vinculados. En efecto, la política mundial, según Habermas, solo puede ser configurada a partir de la existencia de un núcleo social también de alcance mundial (al que hacíamos referencia anteriormente). Y solo la sociedad puede alcanzar dimensión mundial en la medida en que sea realmente inclusiva, es decir, en la medida en que la pertenencia del individuo quede garantizada con el reconocimiento de sus derechos inalienables. En todo este marco especulativo, Habermas recupera también la noción de dignidad humana, que adquiere una dimensión también jurídica y no solo moral. La dignidad, base de toda legislación, es el fulcro que utiliza la moral para penetrar y completar el derecho positivo.


Compartir: