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¿Cuál fue en realidad la participación de los anarquistas durante la República? A esta pregunta trata de responder Juan Pablo Calero en un libro que recuerda que, en el momento de su implantación, la derecha, por motivos obvios, se oponía a la línea anarcosindicalista, pero que también la izquierda veía en la CNT y la FAI organizaciones que comprometían el proyecto republicano. En cualquier caso, la pretensión de El gobierno de la anarquía es determinar la implicación de esta ideología en la decantación del régimen y aportar así datos sobre sus fracturas ideológicas.

El anarquismo estuvo implicado, ciertamente, en la Revolución de Asturias y alimentó la insurrección de Octubre, de forma que su fracaso fue también una certificación anticipada de que un movimiento ácrata, antiparlamentario y que desconfiaba de los cauces institucionales tradicionales requería de un mayor potencial para realizarse. Por ello, tampoco la CNT hizo nada por colaborar con la organización del Frente Popular en 1936, en la que ni se movilizó ni pudo aceptar un manifiesto que consideraba «raquítico». Se percibía en el Frente Popular no un programa revolucionario, sino un proyecto de cambio superficial que, en el mejor de los casos, dejaría las cosas tal y como estaban. Porque las propuestas de los oficiales de la II República eran, a su juicio, la garantía de continuidad de un régimen como el burgués, centrado en la economía y la primacía del comercio e injustamente desigual para las clases trabajadoras.

La insurrección del bando nacional fue un motivo para que la izquierda más libertaria se aunara y promoviera inicialmente una unión de los esfuerzos. El autor subraya el papel estimulante que la propaganda anarcosindicalista ejercía sobre la población, aunque en general, unos y otros no tuvieran conocimiento de cómo se desarrollaba la situación en las diferentes líneas de combate. Una vez que los acontecimientos se precipitaron, en noviembre de 1936, la CNT renunció a iniciar su propio proyecto revolucionario ácrata. ¿Lo hizo por razones ideológicas? Más bien, como explica Calero Delso, la decisión fue fruto de un ejercicio de racionalidad política: hubiera tenido pocas garantías de éxito. Además, tras la guerra, «anarquistas y socialistas salieron profundamente divididos» y el movimiento anarquista no pudo mantener la unidad entre las dos líneas: una que hablaba de colaborar con la burguesía en el plano político y otros que exigían una vuelta al sindicalismo tradicional, oponiéndose a las instituciones del nuevo régimen.


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