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José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963) ha publicado las plaquettes El Jsueño del presidiario y Haikus y otras pinceladas y los libros de versos Una extraña ciudad, Días en claro, Canciones y La niebla, además de colecciones de reflexiones y aforismos como Soliloquios y divinanzas y Rememorias. Ha sido incluido en varias antologías y recientemente ha publicado su poesía completa con el título de Reunión.

Se ha prodigado también en el mundo de la edición, el periodismo e incluso la pintura: ha preparado la edición del libro Contraluz de la lírica de Fernando Ortiz, la antología de Juan Gil-Albert Concierto en mí y el libro de arte y literatura Los faros; ha dirigido el suplemento cultural del Diario de Jerez, la colección literaria Cuadernos de La Moderna y la revista literaria Nadie parecía; ha colaborado en periódicos como El Correo de Andalucía, La Nueva España, Diario de Sevilla, Diario de Jerez y en revistas literarias como Fin de Siglo, Renacimiento, Clarín, Contemporáneos, Litoral, Álbum, etc. Como pintor ha realizado diversas exposiciones y ha ilustrado diferentes revistas y libros.

Al pensar en la poesía de José Mateos de inmediato me vienen a la cabeza dos palabras: naturalidad y sinceridad. La primera me habla de una tradición asumida y hecha vida propia, al margen de modas efímeras y de todo efectismo; la segunda, de una idea de la poesía como indagación, a la zaga de las grandes preguntas sobre la existencia, pero sin gestos de sumo sacerdote. Ambas ideas, hábilmente conjugadas, dan como resultado una poesía que está al cabo de la calle del arte, que es lo que sucede cuando uno ha recorrido a su modo el trecho de esa calle: más allá de la orfebrería de la palabra, del artefacto de metros, ritmos e imágenes, lo que se palpa en un poema de José Mateos es una palabra como una puerta a la trascendencia. Pero sólo una puerta: traspasarla o no es cosa que ya no toca a la poesía.

Junto con poemarios donde predominan el alejandrino y el endecasílabo, Mateos ha reservado un espacio en su obra poética para el verso de arte menor. Canciones reunió los poemas en estos metros que escribió en la última década del pasado siglo; las «Otras canciones» que presentamos aquí continúan aquella senda.

Algunos apuntes

En la literatura española me parece distinguir dos tradiciones paralelas y opuestas; una ingeniosa, vistosa, de poemas difíciles e impecables, que hace alarde de sus hallazgos y subraya ese artificio en que toda obra de arte consiste (Herrera, Quevedo, Calderón, Espronceda, Lorca, Borges, etc.); y otra interior, callada, que busca la naturalidad y el misterio, y de la que forman parte las coplas de Jorge Manrique, San Juan de la Cruz, el poeta anónimo de la «Epístola moral», Bécquer, Antonio Machado, Juan Ramón… Aunque la primera es la que suele gozar de los honores y aplausos de sus contemporáneos, la segunda es una tradición subterránea que no ha desaparecido nunca del todo en España, ni siquiera en nuestro afectado siglo xviii, cuando se asoma en ciertas recopilaciones de cantes populares y anónimos. Hay poetas que oscilan en su obra entre una y otra tradición, como Lope de Vega o Cernuda.

La primera tendencia me interesa poco, a pesar de todo lo que nos puede enseñar, y mis afinidades y gustos están con esa otra tradición que huye de «la literatura», de todas sus yoyerías, para intentar dar vida, para ser la vida.

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Lo terrible y desagradable de la vida es siempre muy aparatoso, muy llamativo y en todas partes mete mucho ruido: la muerte, el dolor, la injusticia, etc. Y todo ese ruido nos puede llegar a convencer de la inutilidad de la vida, del infierno inútil que es la vida. Sin embargo, pasan por dentro de nosotros a veces instantes de una plenitud extraña -al oír una música, al contemplar un paisaje, un rostro…- y son tan callados esos instantes que no nos damos cuenta de lo que nos dicen. Mis poemas nacen a partir de alguno de esos instantes y, en el fondo, todos ellos quieren decir lo mismo: que hay que escuchar esos instantes, escucharlos y tratar de comprender un poco más las palabras de esperanza que nos traen en medio del gran No de la muerte.

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El mal siempre ha visto en el artista a su mejor aliado; por eso ha buscado en sus puntos flacos -la vanidad y la abnegación- el medio para seducirlo con la promesa de un radiante futuro común, de un reino afortunado por cuya conquista debe él, heroicamente, sacrificar la intimidad y la trascendencia. Pobre negocio. Porque ese reino acaba en la papelera de una oficina, de una asamblea o de un ministerio. Y porque al mal lo que le interesa y le pide al artista es justamente aquello que lo rebaja y estropea, aquello que lo convierte en un pobre charlatán de barraca: esa destreza para el trampantojo político, esa capacidad para forjar, como decía Hesiodo, «muchas mentiras que parecen verdades».

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Los indulgentes artistas postmodernos, ultramodernos, neomodernos, retromodernos, los que presumen de más sensatos entre ellos, a la hora de citar las principales virtudes de una obra de arte suelen dejarse caer -no falla- con la palabra verosimilitud. Y en su calculada vuelta a un orden después del desorden, quizás nada retrata mejor ese bizantinismo de la nada que esta obstinación.

Porque un concepto como el de verosimilitud acepta de antemano que hay una impostura de fondo en toda obra artística, que toda obra artística es una bagatela, una mentira que hay que hacer pasar por verdad mediante artimañas, seducciones y simulacros. Sin embargo, el arte, que ni avanza ni retrocede nunca, es una verdad grande que ciertamente, para ser percibida y aceptada, requiere de algunas pequeñas mentiras. Lo que es muy distinto.

Por eso yo prefiero usar un término más rancio y desacreditado: el de sinceridad. Aun a riesgo de que esa preferencia se interprete como una apología de la exhibición, de la confesión, del desahogo sentimental. Y nada que ver con eso, claro está. La sinceridad que transmite, por ejemplo, un buen poema es previa al poema y consiste en portar una verdad que es anterior al sentido de las palabras que lo expresan.

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Uno de los atractivos que nos brinda el ejercicio de las artes, quizás el que con mayor fuerza nos sujeta a él una vez que comenzamos a practicarlo, es el de permitirnos traspasar los límites de nuestra propia vida y conciencia. Es evidente que para saltar por encima de uno mismo sólo se puede partir de uno mismo. Así que la personalidad de un artista -sus experiencias, su carácter, sus opiniones, etc.- está en mayor o en menor medida en lo que escribe, pinta, compone o hace. Inevitablemente. Pero debería estar como está el cristal en una ventana: para dejar ver lo que hay más allá, lo que hay detrás de él y de lo que él escribe, pinta, compone o hace inevitablemente.

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La poesía es el umbral de la palabra por arriba. Como el insulto lo es por abajo.

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El lenguaje que emplea la poesía, incluso la poesía más chata, más pegada a eso que ciertos reseñistas besugos llaman realidad, pone de manifiesto constantemente, mediante recursos, figuras y técnicas retóricas, su insuficiencia, y debe a esa insuficiencia la constante alusión a lo absoluto, a un más allá de las palabras y los sentidos. Al mostrarnos su incapacidad para alcanzar lo absoluto la poesía nos muestra también su fe -anhelante, vital- en ese absoluto que nunca alcanza.

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La poesía se escribe con palabras que quieren desaparecer, que quieren dejar de ser palabras. Y que no pueden. Y en ese no poder reside todo su poder.

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La música, la poesía, todo eso que despierta esa desconsolada y plena emoción que denominamos belleza, es lo más cerca que el hombre puede estar de Dios sin dejar de estar en el mundo.

Otras canciones

I
En donde el mundo termina,
al otro lado del mar,
este horizonte, ¿qué oculta?
¿qué es lo que tiene detrás?
Parece que acaba y siempre
su más allá es más allá.

A veces, siento el milagro.
Casi toco una verdad.
Pero todo es horizonte
que se aleja más y más.

II
En el reflejo del agua
me miré y no me entendía.

Me miré y no comprendía
por qué era yo y era otro
como las hojas del álamo.

Como las hojas del álamo,
cuando era yo, todo era
de aire y temblaba en el aire.

Cuando era otro, las cosas
caían, secas, al río,
como las hojas del álamo.

Como las hojas del álamo.
El mundo era él y era otro
bajo las hojas del álamo.

III
Era la noche y no era.
Yo andaba por los extremos
sangrantes del horizonte.
Se paró de pronto el viento.

Todo callaba, esperaba,
no sé, algo inminente. ¿Pero
al fin se abriría, roja,
la matriz del gran silencio?

Por detrás de una colina
amaneció un sol enfermo,
ciego y empañado como
las pupilas de los muertos;

Un sol opaco en la niebla,
recién nacido y ya viejo
que derretía y vertía
mi vida en un molde hueco.

Quise huir. Salir de allí

Le tiré una piedra al cielo
para romper la alta bóveda
que acristalaba aquel sueño.

Luego en un cuarto en ruinas
abrí los ojos. Despierto
todo en la noche giraba
lo mismo fuera que dentro.

Falso dios que engendra monstruos,
oscura fuerza del miedo:
no puede haber día sin alba.
Eres mentira. Me niego

a adorar tu cero insomne,
sol vacío, carbón negro
de un fuego antiguo que fragua
y roe la entraña del tiempo.


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