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José del Río Sainz (Santander, 1884-Madrid, 1964) estudió Náutica en su ciudad natal y navegó durante muchos años como capitán de barco por esos mares de Dios, aprehendiendo la variedad del mundo y la inanidad de las cosas. Se dedicó más tarde al periodismo, popularizando el pseudónimo de «Pick» tanto en la prensa cántabra como en la nacional. En el ínterin, había ido publicando libros de poemas como Versos del mar y de los viajes (1912), La belleza y el dolor de la guerra. Versos de un neutral (1922), Hampa (1923) y Versos del mar y otros poemas (1924 y 1925). Es autor, también, de una estupenda obra de teatro (La amazona de Estella, 1926) y de documentadas biografías de Nelson, Zumalacárregui y Churchill. Tradujo, entre otros libros, La maga de la montaña, de Sir Walter Scott.

Si bellos son los poemas de asunto marinero de José del Río, aún lo son más los que componen la serie de Hampa, uno de los libros más frescos, originales y divertidos de la poesía española del siglo XX (además de un objeto memorable, adornado con unas bellísimas maderas que constituyen la única obra gráfica conocida de Pancho Cossío). En Hampa, del Río, desde su experiencia de marino desengañado, nos habla de ese lado oscuro que todos intentamos ocultar, muy en la línea postmodernista de la “poesía canalla”. Ofrezco a continuación el último poema de Hampa, «Apelación» (págs. 103-105), en el que el poeta justifica la hechura de su libro, y un maravilloso soneto publicado en el raro volumen colectivo Sonatina al soneto (Santander, Talleres tipográficos de El Diario Montañés, 1935, pág. 59).

APELACIÓN

Burguesitas románticas, sensitivas Ofelias,
que lloráis viendo La Dama de las Camelias;
a vosotras someto mi libro taciturno,
que los hombres sin alma tacharán de inmoral
porque pinto un estado social que, cual Saturno,
a sus hijos devora en un festín bestial.
Muchachitas de tierno corazón, sed mis jueces;
si el cáliz de la vida muestro lleno de heces,
no es para recrearme con el licor viscoso,
sino por ver si presto un latido piadoso
al corazón del mundo.
La vida es una sima y en su fondo profundo,
oculta por la capa de un espejo radioso,
de un rosicler jocundo,
hay mucho negro légamo, hay mucho turbio poso.
Margarita Gautier, la de tierna raigambre,
no es la más desgraciada flor de este mundo abyecto;
ella no sufrió apenas los mordiscos del hambre
y murió consolada por un amante afecto.
¡ Ay, las que caen comidas de tisis y gangrenas
en salas de hospitales frías cual catacumbas,
y el ansia de ser puras y el ansia de ser buenas
como un sueño imposible se llevan a las tumbas!
Esas hoscas mujeres, pesadillas que oprimen
el ánimo y que a veces resbalan hasta el crimen,
quizá dentro llevaban un ángel del hogar
y empezaron su vida con un ingenuo idilio.
¡Ay, si hubieran tenido quien les prestara auxilio,
como se salva a un náufrago de la furia del mar!
En casi todas ellas, intactos y latentes,
se hubieran encontrado de la virtud los rasgos;
la mayor parte de ellas, víctimas inocentes,
fueron pasto de monstruo y carnaza de trasgos.
Yo llevo en mi conciencia como un remordimiento
el grito que mil veces oí en un meretricio,
el doliente lamento:
“¡Sácame de este infierno, redímeme del vicio!”
Y yo salí cobarde y me alejé del corro
de tristes suplicantes sin hacerles ni caso,
como cuando escuchamos una voz de socorro
de noche y apresura el miedo nuestro paso.
Yo digo que se ha visto
a las que algún milagro libró de sus vergüenzas,
como la Magdalena ante los pies de Cristo,
arrastrar por el suelo las penitentes trenzas.
Al juicio yo no intento
apelar de los hombres que la moral confunden
y que tranquilos duermen sin oír el lamento
de las blancas palomas vencidas por el viento
que con las alas rotas en el fangal se hunden,
y que luego, inflexibles,
al mirarlas de aprobio y deshonor cubiertas,
las condenan con esos anatemas terribles
que les cierran del mundo para siempre las puertas.
Yo apelo a las mujeres que saben del dolor
de vivir sin abrigo, sin pan y sin amor
cuando se tiene una graciosa juventud
y ríe un diablillo hábil y tentador…
Ellas, las que han vencido por gracia del Señor,
a las que fueron débiles y falló su virtud
comprenderán mejor
que el frío pensador,
que la hosca multitud,
y verán que no es éste un libro pecador.

SONETO

Catorce versos de bruñido acero
sobre un paño de mármol que al sol brilla,
panoplia del idioma que Castilla
labró al pulir el tosco Romancero…
Es el soneto. En cada puño fiero,
de cada espada tersa y sin mancilla,
una rosa de plata se atornilla
o un amorcillo ríe prisionero.
Es el soneto. Sus catorce espadas
se entrechocan y forman enlazadas
el dosel de la musa pensativa…
Y así el símbolo puro se completa:
fulgor de hierro en el dosel de arriba,
y abajo la humildad de la violeta.


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