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Bien conocido del público lector por su actividad como columnista y crítico literario en La Vanguardia, el filólogo Jordi Amat (Barcelona, 1978), con una copiosa producción bibliográfica a sus espaldas, publica ahora El llarg procés: cultura i política a la Catalunya contemporània (1937-2014) (Tusquets). Desde las postrimerías de la Guerra Civil hasta las recientes manifestaciones del 11-S, y desde Cambó hasta Junqueras, pasando por Pujol y Maragall, Amat, con un pie en la historiografía y otro en el ensayismo político, analiza la construcción de los distintos relatos del catalanismo, desde sus vertientes más posibilistas a la “izquierda ilustrada” de Maragall o la hegemonía pujolista, para así ahondar en las relaciones entre poder político, cultura y comunidad en la Cataluña contemporánea.

–          Quizá no le gustara a todo el mundo, pero parece indudable que la Barcelona del 92 contribuyó a dar resonancia global a una ciudad asociada desde entonces a ideas positivas –modernidad, tolerancia, etc. ¿Quién enterró a Cobi, y por qué habría que lamentar su deceso? ¿Alude a su olvido cuando habla sobre un soberanismo actual que “crece sobre una memoria que se desdibuja?

Durante bastantes semanas El llarg procés debería haberse titulado Matar el Cobi, retomando un largo artículo que publiqué el año 2013 en La Vanguardia. Tal vez Cobi murió de éxito. Los Juegos de Barcelona transformaron la ciudad e incluso la percepción de los barceloneses sobre su propia ciudad, pero lo más trascendente fue la proyección al mundo de un modelo de ciudad creativa que, enraizada en una catalanidad abierta y militantemente mediterránea, podía ser percibida como una alternativa española a la imagen decadente proyectada por el casticismo histórico. Los enterradores han sido múltiples y olvidar ese legado, que es el del Maragall alcalde y su agenda imperfecta como President de la Generalitat, tal vez sea una necesidad del relato rupturista que el soberanismo ha elaborado para legitimarse.

–          Centrándonos en las últimas décadas, parece Ud. constatar que el éxito del pujolismo arrolló otras alternativas posibles: el catalanismo clásico y el catalanismo progresista o, como dice Ud. en algún momento, “la izquierda ilustrada”.

Desde el momento que Jordi Pujol sale de la cárcel con la voluntad de construir una hegemonía política e intelectual (creo haber dado con los documentos que lo atestiguan), sus tensiones con la izquierda ilustrada y con la izquierda marxista pura y dura son reiteradas. Esa tensión tuvo una dimensión creativa y demostró que, incluso durante el franquismo represor, un nuevo catalanismo (clásico y socialdemócrata al tiempo) reelaborado en la postguerra podía construir un consenso amplio. La cuestión sería determinar si el pujolismo asumía ese consenso para, tras un sostenido proceso de nacionalización, superarlo. Yo creo que sí. Y creo también que el bloqueo de alternativas a su maduración definitiva por parte del Estado ha acabado por decantar el grueso del catalanismo a propuestas rupturistas.

–          Afirma ud. que el pujolismo encontró su mejor cómplice en ciertas actitudes del resto de España… Esa misma España que, en las postrimerías del franquismo y el inicio de la Transición, tenía a Cataluña como referente de modernidad y acudir a un concierto de Raimon era todo un síntoma de prestigio cultural…

El mejor cómplice del pujolismo en el resto de España fue, primero, el reformismo franquista, que muy pronto lo identificó como un interlocutor moderado en un contexto –el de la oposición política en la Cataluña de mediados de los setenta– fuertemente escorado hacia posiciones de izquierda dura. Otra cosa distinta es la capacidad del catalanismo de los sesenta para generar un movimiento cultural de masas que expresaba formas más o menos intensas de oposición a la dictadura. Raimon es su mejor paradigma, efectivamente. Fue ese movimiento cultural el que, entre notables capas de población no cegadas por la miopía centralista, adquirió un prestigio hoy, lamentablemente, perdido. Y digo lamentablemente porque, además de representar un empobrecimiento objetivo, su desaparición del sistema cultural español bloquea la posibilidad de articular la pluralidad cultural. Y visualizar esa pluralidad debería ser una prioridad de las políticas culturales del estado cuyo éxito dinamitaría tóxicos prejuicios aquí y allí.

–          Ha recibido alguna que otra crítica por defender el papel de Destino como cauce de catalanidad en tiempos difíciles… ¿tiene algo que ver con que –de Gaziel a Espriu o Pla- tantos escritores catalanes, incluso muy distintos entre sí– se hayan leído a partir de coordenadas más ideológicas que literarias?

Destino, creado en Burgos durante la guerra civil por falangistas catalanes, es una revista de compleja trayectoria y que, relativamente pronto, aprovechó zonas de ambigüedad para rehabilitar formas de catalanidad adaptadas a la Europa democrática de la postguerra mundial. Negar esa función supondría dar por buena la severa condena y dolida interpretación que sobre el semanario forjaron en aquel presente de ceniza exiliados republicanos y resistentes del interior. Pero su óptica, forjada en la desolación de los demócratas derrotados por la contrarrevolución, distorsiona el papel de la revista también como plataforma de rehabilitación de una conciencia liberal ya a finales de los cuarenta. El problema, más bien, es que en buena parte la historia de la cultura catalana ha sido escrita por gentes activas en la oposición al franquismo y es esa militancia la que tradicionalmente ha venido dificultando una interpretación más matizada de autores como Pla o Gaziel. Pero lo cierto es que, durante los últimos años, gracias a profesores serios –pienso en Xavier Pla, por ejemplo- esa tradición desprotegida –la expresión es ahora del Jordi Gracia de Burgueses imperfectos–está siendo cada vez mejor conocida.

–          También reinvidica ud. ese catalanismo progresista que antes citábamos, con Maragall como figura axial.

No es tanto una reivindicación, que en parte también, sino la convicción que el legado de Maragall como alcalde representa uno de los clímax de ese catalanismo progresista que yo estudio –el que catapulta a Edicions 62, el que encarna mejor que nada la sonrisa de Castellet, el que sustentará el modo de sociedad pautado por el Vicens de Notícia de Catalunya o La pell de brau de Espriu-. Una aportación sustancial al catalanismo, la de Maragall, cuya actualización podría ser positiva para desencallar la parálisis actual.

–          Una pregunta quizá algo ruda: ¿se han volcado demasiadas energías intelectuales en el ser y no ser de Cataluña? El “uso de la cultura como creación de comunidad, ¿ha podido domeñar al estamento intelectual? ¿O lo único grave es ese momento en que “o se era de unos o se era de los otros”?

Me permitirá que le diga que las energías intelectuales volcadas en el ser y no ser de España han centuplicado las dedicadas a reflexionar sobre la esencia de Cataluña. El nacionalismo, cuando es esencialista (y su pulsión natural es serlo), pretende la construcción de una comunidad por oposición a otra y eso, al tiempo que sitúa en el corazón de la ciudadanía la lógica amigo/enemigo, lima la potencia intelectual porque se somete la función crítica a lo colectivo. Pero también, en el caso catalán, dicho nacionalismo ha servido de resistencia democrática para protegerse ante la voluntad centralista de asimilación de la diferencia.  

–          ¿Qué es “un catalanista desorientado”, tal y como Ud. se define?

Un catalanista desorientado es un tipo –pongamos por caso yo– que constata preocupado cómo el espacio de convergencia entre el consenso catalanista y el consenso transicional español se ha volatilizado sin que las clases dirigentes, ni catalanas ni estatales, se esfuercen por recomponer ese espacio fundamental sino más bien al contrario. 

–          Esa nueva página que es la Barcelona de Ada Colau, ¿cómo se interpreta desde la perspectiva de El llarg procés?

A la expectativa. Planteado en el plano de las ideas durante el tiempo de deterioro institucional del Constitucional, el procés –como tantas cosas– ha mutado al injertarse en el cuerpo social las toxinas de la desigualdad provocadas por la crisis. Aún es pronto para saber cómo evolucionará dicha mutación, pero aquí está para quedarse porque el sistema aún no ha dado pruebas convincentes de su capacidad de transformación adecuándose a la nueva realidad creada por el debilitamiento severo del estado del bienestar.


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Habitual como firma de periodismo literario, opinión política y dos áreas de su especial interés, la literatura y la cocina, ha publicado sus trabajos en los grandes medios españoles. Ha sido director de la edición digital de Nueva Revista, jefe del proyecto de opinión online de The Objective y articulista en diversos medios. En julio de 2017 fue nombrado director del Instituto Cervantes de Londres. Ha publicado Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (2014) y de La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig (2017). Traductor y prologuista de obras de Evelyn Waugh, Louis Auchincloss, J. K. Huysmans, Rudyard Kipling, Valle-Inclán o Augusto Assía, entre otros.