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Libro a libro, el ensayista y filólogo Jordi Amat (Barcelona, 1978) ha buceado a lo largo de estos últimos años en el ADN histórico del catalanismo político y cultural. Ahora, en su nuevo libro, La primavera de Munich, Amat se adentra en el papel que desempeñó el conocido “contubernio” en la construcción de un relato democrático que hizo posible, más adelante, la Transición. En esta larga entrevista con Nueva Revista, Jordi Amat reflexiona sobre todos estos temas que iluminan nuestro problemático presente.

 –Quería preguntarle en primer lugar por la importancia de la tradición a la hora de configurar la memoria política y cultural de un país. Usted ha trabajado sobre tres líneas de investigación que confluyen en la España democrática: el catalanismo político, el diálogo entre los escritores en catalán y en castellano durante el franquismo, y sobre el papel que desempeñó Munich –o no– en la construcción  de un relato democrático en nuestro país. Hablaremos de estos tres ámbitos, pero me gustaría empezar por el catalanismo, al que usted ha dedicado un libro importante: El llarg procés. En su opinión, ¿qué trascendencia ha tenido la tradición política del catalanismo en la construcción de la memoria democrática española en general y catalana en particular?

En la catalana dicha tradición, que es transversal en lo ideológico, constituye, casi es obvio decirlo, su columna vertebral. En la española, desgraciadamente, diría que a día de hoy actúa como un apéndice que ya no es necesario leer. Y no lo lamento sólo porque yo siga siendo algo parecido a eso que tradicionalmente implicaba ser catalanista –concebido como una variante del regeneracionismo español–. Lo lamento porque, así lo creo, la corriente central de la tradición política del catalanismo aportaba un ingrediente básico que podía ir enriqueciendo esa memoria democrática común.

 Pero, antes de enumerar esos ingredientes, valdría la pena, tal como usted ha planteado la entrevista, apuntar qué entiendo por memoria civil. No creo que sea una definición canónica, ni mucho menos, sólo digamos que a mí me sirve. A diferencia de la historia, cuyo propósito es elaborar un relato no fijo pero sí más o menos estable para saber cómo sucedió el pasado, la memoria civil –como la memoria individual- cambia permanentemente porque es el relato vivo del que una sociedad se va dotando para comprenderse a sí misma y proyectar la imagen de la sociedad que querría ser. En la medida que la historia nos vaya precisando cómo fue desarrollándose la tradición de la cultura política democrática en España, contaremos con más elementos para elaborar un relato que actúe como un espejo para determinar el grado de profundidad de nuestra democracia presente. Esa es la función de la memoria democrática.

 Y, en ese relato, la tradición del catalanismo regeneracionista, como decía, aporta un ingrediente clave: el del reconocimiento pleno de un otro con el que se han establecido lazos de convivencia fecundos y complejos. Reconocimiento del otro que habla una lengua distinta, con los mismos derechos que la propia. Del otro que, de modo natural, se siente miembro de una cultura distinta, pero que debe tener el mismo reconocimiento institucional que la mayoritaria. El reconocimiento, en fin, de un ciudadano del mismo país pero que tiene como atributo definitorio una identidad nacional que es distinta a la propia. Digamos que en esa memoria democrática la tradición del catalanismo podía actuar como un disolvente más del macizo de la raza porque exigía el hondo ejercicio  de tolerancia del que asume como riqueza y no como estorbo que su realidad es plural.

–El llarg procés nos lleva de Cambó a nuestros días y, sobre todo, a una figura central en la Cataluña contemporánea como es Jordi Pujol. ¿Cómo cree usted que le juzgará la Historia? ¿Fue básicamente un corrupto o un corruptor? Y, al mismo tiempo, ¿de qué modo su personalidad forjó un país distinto?

 Cualquier respuesta a su primera pregunta, que es una pregunta tan inquietante como fascinante, debe ser provisional. Porque a día de hoy aún desconocemos las dimensiones de la cara oscura del pujolismo en el poder. No sabemos hasta dónde llegó la corrupción del patriarca, de su familia y de su núcleo de colaboradores en el partido y el gobierno durante un cuarto de siglo; no sabemos hasta qué punto, por ejemplo, su actividad corrupta –o la de su primogénito– estuvo ligada en algún momento a la financiación de Convergència Democràtica. Pero hay algo que sí sabemos.

 Desde su más lejana prehistoria como futuro líder del catalanismo, es decir, desde su juventud (a los veinte muy pocos, vaya), el antifranquista Jordi Pujol socializado en el nacionalismo católico tuvo clara la ligazón existente entre poder, política y dinero. Supo también que el catalanismo democrático había sido derrotado y era perseguido. Y supo que, sin dinero, no podía ejercer política o prepolítica (la que desarrolla desde 1965 hasta 1975) y que su afán de mando, que es un rasgo definitorio del carácter del personaje (como el de toda bestia política de raza), le exigía, por tanto, mantener relaciones, aunque fuesen opacas o ambiguas, con el dinero, porque sin dinero no hay poder. Tiendo a pensar que, más que un político corrupto que buscó el beneficio propio de manera ilegal, toleró la corrupción –lo que más bien lo convertiría en un corruptor-.

 Insisto, la respuesta sobre el juicio de la Historia es provisional. Pero permítame un contraejemplo. Probablemente no haya figura política más influyente en Francia que el Cardenal Richelieu, uno de los políticos más corruptos de la historia de Francia. No es una paradoja. Para bien y para mal, y esos son los matices que la Historia deberá perfilar, Jordi Pujol ha sido el político catalán más influyente del siglo XX. Algunos hechos, en este sentido, son indiscutibles. Durante su mandato se dio forma al autogobierno, implementó en ese período políticas de nacionalización sostenidas (esa sentía que era su misión desde principios de los cincuenta, revertir la desnacionalización impuesta a través de la violencia por la dictadura y luego ahondar en ella, y así forjó un país distinto) y, además, en dos momentos –durante la última legislatura González, durante la primera de Aznar-, fue un personaje clave en el desarrollo de la política general española, dando estabilidad al sistema en un momento crítico y posibilitando luego la alternancia.    

– La segunda de sus líneas de investigación nos conduce al libro Las voces del diálogo, un ensayo en el que usted recupera los encuentros que tuvieron lugar en la década de los cincuenta entre los grandes maestros de la literatura catalana del siglo XX (Carles Riba, J. V. Foix, Josep Mª de Sagarra, Marià Manent, Josep Pla, etc.) y una serie de escritores en castellano, entre los que destacan Dionisio Ridruejo, Vicente Aleixandre o Pedro Laín Entralgo. Esto nos remite también a una tradición que pervive en circunstancias históricas muy complejas y a una voluntad de entendimiento. ¿De qué modo las voces del diálogo iluminan la Transición que llegaría veinte años más tarde? ¿Sus lecciones siguen siendo válidas?

 Sus lecciones siguen siendo válidas, por supuesto, porque suponen un magnífico ejemplo de convivencia por la libertad intelectual en un momento en que dicha libertad estaba encarcelada por la dictadura. Situémonos en ese momento. Segovia, junio de 1952. Un poeta que había sido clave en el diseño de la fachada totalitaria del franquismo durante la guerra –el falangista Dionisio Ridruejo-, fruto de una maduración personal, entiende que la reforma moral del país –en ese reforma la cultura es esencial- necesita integrar el discurso y los referentes de una cultura proscrita. Esa propuesta es atendida por Carles Riba, un poeta catalanista, que, a pesar de su prestigio (reducido pero indiscutible), malvive en el exilio interior, pero que, precisamente por ser fiel a ese exilio y a su lengua proscrita, se ha cargado de legitimidad moral, diría incluso que de legitimidad democrática por su fidelidad a la tradición republicana. Es un ejemplo modélico, por puro quizá poco político, de lo que es un ejercicio de reconciliación auténtico. Una reconciliación fecunda, creo, porque partía de un examen de conciencia honesto por parte de Ridruejo. Digamos que esas voces del diálogo, cada vez me parece más claro, se escucharon poco durante un proceso de Transición que, como acertó hace bien poco nuestro admirado Antoni Puigverd, tuvo más de olvido necesario que de reconciliación efectiva.  


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