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Hace relativamente poco, se han reeditado en castellano las memorias de Aron, por primera vez íntegras. En ellas, el pensador francés no solo repasa su vida, sino también gran parte de la historia política del siglo XX. Lo importante es, sin embargo, leer las consecuencias que tuvieron sus ensayos: sin comprometerse con nadie, Aron fue un lúcido analista encargado de desmontar las ideologías totalitarias del siglo XX y en lo que tal vez fue su obra más famosa denunció la connivencia de ciertos intelectuales con las mismas.

Jerónimo Molina, profesor de la Universidad de Murcia, y experto en la obra de Aron y en el realismo político, realiza en este breve pero intenso libro un recorrido por sus principales aportaciones, rescatando lo más relevante de su pensamiento y su conexión con esa visión política moderada y atenta a la perentoriedad, el fracaso y la corrupción del poder. Molina espiga entre los ensayos de Aron lo que puede componer una teoría política —aunque es claro en afirmar que no hay una propuesta sistemática— y descubre al sólido pensador también en sus comentarios políticos más periodísticos o divulgativos. A juicio del autor, son tres los aspectos esenciales del pensamiento aroniano: el liberalismo político, alejado de la dogmática economicista; la apertura a la realidad de la política y la autonomía y primado de lo político. Este último es un punto esencial para comprender la altura intelectual del pensador francés. Se trataría, en última instancia, de señalar la omnipresencia de la política, que sintetizaría Aron en tres puntos: el de lo político —referido a la acción humana—, el de la política propiamente dicha —que provee de contenido a la acción— y el de ciencia, teoría o filosofía política, que vendría a ser la reflexión sistemática sobre aquellas dos instancias.

En este contexto, se entiende perfectamente la lucha de Aron frente a las ideologías, que constituyen elementos que contaminan y depauperan lo político. En el segundo capítulo, el profesor Molina reflexiona sobre este tema al hilo de los escritos aronianos. El fin de las ideologías supone, a su juicio, el aquietamiento de las pasiones. A él, por tanto, le es inherente cierta expansión de la mentalidad escéptica así como la convergencia de los sistemas políticos contemporáneos. El profesor Molina destaca que El opio de los intelectuales marcó un antes y un después, y casi se ha convertido en profética, al revelar el «poder cultural» que irrumpió tras su publicación. Ese poder es el que ha sabido moverse en las bambalinas de las discusiones y ha ocupado, primero de forma subrepticia, el espacio dejado por el abandono de las ideologías. Se pueden reconocer sus raíces marxistas-leninistas y sus mutaciones estratégicas. «El vacío ideológico —escribe Molina— que acompaña al escepticismo occidental propicia, al principio de una manera imprecisa, el éxito de la socialdemocracia, cuyo camino allana la difusión de la vulgata marxista, evangelio del progresismo». Y concluye: «El gran misterio del más feroz de los maquiavelismos modernos, el soviético, consiste en que la fe ha permanecido aunque los ídolos han sido derribados».

Haciéndose eco de una tradición de pensamiento plural, el profesor Molina define el realismo político como la imaginación del desastre, bajo cuya categoría englobaría a autores comenzando por Tucídides y llegando, cómo no, hasta Aron, sobre el que discute si pertenecería o no a esa dicha corriente filosófica; termina revelando así lo más imperecedero de aportaciones del francés en sus análisis de la realidad política de su tiempo. Aron, según Molina, fue convirtiéndose poco a poco y convenciéndose de la política realista, sobre todo tras percatarse de la amenaza existencial que representaba para Occidente la pervivencia del estalinismo durante la segunda mitad del siglo XX.

El último capítulo es, a mi juicio, el más interesante y está destinado a analizar la cuestión de las religiones políticas, es decir, de la búsqueda de la redención en la inmacencia y el mensaje mesiánico de algunas ideologías. Hace bien el profesor Molina en buscar la genealogía de las religiones políticas en ese trasunto civil de lo religioso que propusieron tanto Rousseau como Condorcet y rastrea con exactitud el desarrollo de la sustitución de lo religioso por la fe socialista a lo largo del siglo XIX. Por eso, aunque resta importancia al término religiones políticas, tan atinadamente aludido en la famosa obra de E. Voegelin, se refiere al uso que hace Aron del maquiavelismo para estudiar el fenómeno totalitario, en la década de los treinta. Aron, que propugnó la desacralización de la política, tuvo que vérselas con el apasionamiento existencial que implican las religiones seculares y vio el mecanismo sustitutivo por medio del cual enaltecen la comunidad y prometen redenciones falsas.

Raymond Aron, realista político es un libro que reivindica la figura y el potencial intelectual de un autor que, desgraciadamente, no está bien visto por quienes cultivan la corrección política. En un momento como el actual, en el que aparece la sombra de una nueva contienda política de tipo más instintivo, recordar la precariedad de cualquier forma de gobierno y la futilidad de imaginar paraísos políticos perdidos no está de más. • 


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